Revista Intemperie

Alice: el país de la maravilla

Por: María José Navia
alice munro por jody hewgill

La escritora María José Navia se reconoce groupie de Alice Munro, celebra su estilo único y el retrato que sus cuentos hacen de la felicidad, la infelicidad y los momentos breves que le dan sentido a la vida

 

Soy fan de Alice Munro y estoy eufórica. Como esa escena en Love, actually cuando el personaje de Laura Linney vuelve de una cita y salta de felicidad en la escalera. Así de contenta. Se los digo desde la primera línea. Escribir esta nota es parte de mi euforia. (Mis saltitos de Laura Linney).

Y acá va.

El universo de Alice Munro se puede describir en un par de líneas. Una, incluso: Mujeres, por lo general de clase media, que llevan vidas que no las hacen felices. Dicho así, a usted probablemente no le dan ganas de leerla. Pero hágalo igual. Vaya, sea bueno. Porque detrás de esa línea se esconde uno de los universos literarios más maravillosos y profundamente brutales a los que se puedan tener acceso. Porque detrás de esa línea se esconde un mundo inconfundible. Recién comenté en la radio en México que a uno le pasan un cuento de Munro sin decirle de quién es y uno lo distingue de inmediato. Es como despertar dentro de una catedral. No necesitas salir al exterior para corroborarlo, sabes que estás ahí, dentro de una catedral. Así de grande es Munro.

En el mismo programa de radio, me pidieron que comparara a Munro con Atwood, otra gran escritora canadiense y lo cierto es que son tan distintas. El universo de Munro es personal, el de la miniatura; el de Atwood es un parque de diversiones que toca todos los temas (o lo intenta), que admite lo sobrenatural, la crítica a modelos económicos, lo grandioso. En Munro, en cambio, está la grandiosidad del instante, la tragedia contenida en un gesto, esos “momentos” de los que hablara Virginia Woolf, los momentos, pocos en cada vida, en que todo pudo haber sido distinto, esos momentos que contienen todas las posibilidades (dice Munro en uno de sus cuentos: “In your life there are a few places, or maybe only the one place, where something happened, and then there are all the other places” / “En tu vida hay solo algunos lugares, o tal vez solo ese único lugar, en el que algo pasó, y después están todos los demás”).

Más que Atwood, la cercanía de Munro es más clara con grandes cuentistas norteamericanas como Grace Paley e incluso Shirley Jackson. Cuentistas que te deleitan con una prosa maravillosa, con oraciones construidas en perfecto equilibrio, y luego te dan el golpe de gracia: la descripción o el diálogo que te dejan de rodillas, pidiendo perdón. Porque las historias de Munro son brutales en su humanidad, en esa honestidad que no intenta, ni por un segundo, esconder la suciedad bajo la alfombra. Como en su cuento “Fiction” en el que se nos dice: “Love. She was glad of it. It almost seemed as if there must be some random and of course unfair thrift in the emotional housekeeping of the world, if the great happiness – however temporary, however flimsy – of one person could come out of the great unhappiness of another. Why, yes, Joyce thinks. Yes” / “Amor. Estaba feliz por él. Casi parecía como si debiera haber un azaroso y, por supuesto, injusto ahorro en el orden emocional del mundo, si la gran felicidad – aunque temporal, aunque vulnerable – de una persona pudiera venir de la gran infelicidad de otra. Bueno, sí, pensó Joyce. Así es.”

Munro ha sido llevada al cine por otra canadiense maravillosa: Sarah Polley. El cuento se llama “The bear came over the moutain”; la película: Away from her (2006). Una mujer sufre de alzheimer y debe ser llevada a un asilo. Su marido la adora y ve – con dolor, con rabia, con impotencia – cómo ella lo va olvidando y comienza una relación con otra persona. Un cuento tremendo, una película bellísima, aunque leerlo y verla es quedar bajo el agua, es querer volver a la cama y apagar el día por un rato.

Escribo esto y la euforia por Munro no disminuye ni un poco. (¿Dónde y cómo se celebra un Premio Nobel de literatura tan afortunado?) No soy la única. Leer a Munro desborda, dan ganas de recomendarla a los cuatro vientos. Y a los gritos. Jonathan Franzen, cuando tuvo que escribir una reseña sobre ella para el New York Times (y que luego publicó en su última colección de ensayos Farther Away) dijo, en medio de su análisis, también desbordado, también (y tan buen) fan: Read her! Read her! Una reseña que termina con (mi traducción): “Puede un mejor tipo de ficción salvar el mundo? Siempre hay una pequeña esperanza (cosas más extrañas han pasado) pero la respuesta es, casi con certeza, no, no puede. Sí hay una posibilidad razonable, sin embargo, de que pueda salvar tu alma”.

Léanla, léanla. Franzen no pudo evitar el comentario. Lean Runaway, lean Demasiada felicidad. Están traducidos al español, ahí, esperándolos en las estanterías de su librería favorita. Es más, vayan a la librería o biblioteca, tomen Demasiada felicidad y lean, enterito, ese primer cuento – “Dimensions”- esa belleza de paliza.

El último libro de Alice Munro se llama Dear Life (ver mi breve reseña aquí). Tan magnífico como terrible el anuncio que siguió a su publicación de que su autora ya no escribía más. Ojalá el premio Nobel la haga cambiar de opinión. Es un deseo egoísta, probablemente. ¿No lo son todos? (Munro diría que sí).

 

Foto: Alice Munro, por Jody Hewgil, The New York Times

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