Revista Intemperie

C o “El sexo es cubrir una insatisfacción con otra insatisfacción”

Por: Oscar Orellana
jan saudek

Oscar Orellana explora una sexualidad mecánica e insatisfactoria, que recuerda la famosa escena de ‘El sermón del fuego” en La tierra baldía.

 

¿Siempre te has preguntado como culiarán los doctores? Lo haces incluso ahora, mientras el hombre de gorro y uniforme verde, habla sobre su vida de estudiante en Wisconsin, entre gringos con sobrepeso que juegan squash y parejas exitosas que no se tocan porque toman demasiada paroxetina. Te gusta la sala donde te hacen la biopsia; esa estructura compacta; sin belleza, sin fealdad, sin envejecimiento. La ausencia de emoción. La mascarilla que no deja ver si la enfermera sonríe o no, cuando el doctor le pide que acerque un poco más la lámpara a tu piel abierta. Te gusta ese cruce de miradas, las caras desprovistas de rasgos, la voz que ordena; su erotismo científico.

Tú no eres un crítico de la sociedad contemporánea. Tú eres sólo un oficinista que saluda amablemente al conserje cada tarde. Un tipo separado, con dos hijos pequeños y horribles, a los que alimentas con pizza y Coca-Cola cada dos fines de semana. Un vecino que se queda dormido escuchando discos de A-ha, después de masturbarse con videos donde falsos pacientes mantienen las piernas levantadas y abiertas sobre camillas de obstetricia mientras alguien con delantal blanco le introduce un espéculo en el ano o la vagina. Te quedas ahí, iluminado por la pantalla del computador, con los pantalones abajo y el paño de cocina entre las piernas. Entre paja y paja, las piernas se te acalambran. Lees un artículo sobre los avances en clonación, y después, una lista muy bien documentada de actores y actrices porno que se han suicidado.

Bajas la ventana del taxi. La gente en la calle te parece hecha de un material flexible. Es de noche y vas al departamento de C. Hasta ese día, ella es sólo un avatar que te provoca algo semejante al entusiasmo cuando aparece. La sigues hace más de un año en Twitter. Te alivia la falta de humanidad, de cualquier cualidad física en ese intercambio de mensajes entre tú y ella. Preferirías que todo fuese de ese modo: codificado, lejano. Te toma poco tiempo darte cuenta que C. no tiene ningún interés en ti, por lo que te resulta aún más perfecta.

Nos va a faltar tiempo esta noche, repite C. La ves regresar del dormitorio vestida con una malla negra. Elonga con los ojos cerrados sobre la alfombra. Es un organismo que comienza a descomponerse y cuya destrucción se ha reservado sólo para sí. Te pide que la fotografíes con el teléfono. Ya casi desnuda, todo en ella es premeditado. Las contorsiones, el ángulo de las piernas. La vagina geométricamente depilada. Flota sobre la superficie de sí misma. Toma un ridículo libro de Saudek que hojea boca abajo tirada en el sofá: el sexo es cubrir una insatisfacción con otra insatisfacción, finge leer C.

C. está de pie frente a la ventana. No sabe por qué siempre ha pensado que se ve mucho mejor en el reflejo de una ventana que en un espejo. Tú estás tirado en el suelo, con el celular en la mano que no para de fotografiar su culo redondo y duro como un guante de boxeo. El cuerpo delgado y liso. Las tetas pequeñas, que oculta bajo un suéter negro. Su cara sin expresión, traspasada por un deseo de exhibirse que no tiene nada de sexual. Es bella C. Tiene esa belleza depresiva de los seres empeñados en romper cosas.

Te habla de lo fantástico del pico de tal o cual. De lo bien que culiaba con X por horas sin cansarse. Del aburrimiento de los tríos (las mujeres no le atraen aunque lo ha intentado). Se ríe, mientras posa copiando la rigidez mecánica, fascista, de las revistas de moda. Idea un plan en el cual tú serías su proxeneta y te encargarías de ofrecerla mostrando esas fotos a posibles clientes. Al rato se arrepiente. Hay en C. una nostalgia que confunde con placer. Un vaho de repugnancia inducida. De estar sucia y ser deseada como en un anuncio publicitario. Te quedas mirando el hielo que se deshace en el vaso con vodka. Te gusta ver cómo todo cambia sin ti.

Al día siguiente le envías fotografías. Te responde en un correo breve que sólo le han gustado algunas. Y termina con lo siguiente:

“Sé que quieres morir pero te quedas en silencio porque crees que eso te hace más interesante.”

Más abajo y entre paréntesis: es la frase del personaje de una película El hombre del cráneo rasurado. Búscala. Eres tú.

 

C.

 

Foto: Jan Saudek

Un comentario

  1. WAT dice:

    no hay relación sexual.
    ya lo dijo lacan y de una manera mucho mas elegante.

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