Revista Intemperie

Ceremonias de interior: la experiencia de leer un libro

Por: Mario Valdovinos
reclining woman reading

Mario Valdovinos rememora nostalgias, anhelos y gustos encerrados entre las páginas

 

Para Noelia

 

Visito con frecuencia librerías y permanezco en ellas. Me atenazan el olor de los libros, los diseños de las portadas, los autores; siento también lo que Borges llama: “La gravitación física de los libros”, cuando ingreso a un recinto donde los hay, bibliotecas, editoriales, librerías, bodegas con volúmenes apilados. Los ojeo y hojeo, siento su peso, toco el lomo, acaricio la contratapa, recorro las solapas con la mirada y los dedos, reconozco el logotipo del sello editorial. Es para mí el libro un fetiche y un juguete, un tesoro y una puerta que atravesar. El orden perfecto de las líneas y los párrafos, atiborrados de palabras, la textura del papel, el gramaje y el tipo de letras; el estilo, el modo en que el autor(a) usa el idioma, la foto en la solapa, o su ausencia, la portadilla, el título, las dedicatorias, los epígrafes, los espacios en blanco, la fecha de edición, el colofón. Si los compro, me gusta que quepan en el bolsillo de la chaqueta y caminar con ellos, abrirlos de manera repentina y subrayarlos, no tengo prejuicios contra los comentarios hechos al borde, o entrelíneas, las tachaduras, los subrayados, las interpelaciones a lo escrito por el autor, a veces la diatriba; otras, el homenaje o el lamento porque, al cerrarlos, van a terminar los momentos de dicha. En el fondo, se trata de la edición que hace a su antojo el lector. Cuando los abandono los alojo como huéspedes en mi casa, rara vez transitorios, con frecuencia definitivos, y no me gusta olvidarlos ni dejarlos demasiado tiempo sin una visita, por breve que sea, para comprobar cómo van sus vidas, si la propuesta o la historia contenidas evolucionaron o decayeron; si el autor tiene aún los mismos años que al escribirlo, o si inevitablemente esos títulos leídos en épocas remotas, cuando creía en lo que ya no creo, cuando afirmaba lo que ya no afirmo, o cuando tenía una velocidad de vivir distinta a la de hoy, murieron para mí.

Caminar y detenerse para leer párrafos o capítulos de novelas, cuentos o poemas, escenas y diálogos de una obra teatral, marcar con destacadores las frases inolvidables de un ensayo, de una crónica periodística, de la columna en una inasible revista cultural, son placeres irredentos de la vida urbana. De hecho, se puede trazar un plano de la arquitectura citadina de acuerdo a los libros que se lean en los años de residencia en tal o cual ciudad, una capital o un caserío, un balneario o un puerto, una megápolis o una aldea, una ciudad del futuro o las ruinas de otra bombardeada hace siglos. Cada libro leído, o quizás soñado, remitirá a lugares, a rostros, a sombras, a fantasmas, a rincones, a esquinas oníricas y a ceremonias de interior. Tal vez a veladas literarias públicas o íntimas, a soledades y tristezas confidenciales, a melancolías sin remedio, a nostalgias desoladas; a lluvias y a muros oxidados, a canciones y sonetos. En fin, ya es posible escribir etcétera.

No es recomendable leer en bicicleta, aunque sería un placer doble. Quizás por eso buena parte de los lectores furibundos no maneja automóviles, va de copiloto con quien ama, que hace de conductor. De acuerdo a la frase escrita en las micros anteriores al Transantiago: “Dios es mi copiloto”. Es preciso detenerse y sentarse en un café, previo amarre con candado de la bike, que te aguarda con la paciencia de los caballos a los cowboys refugiados en el saloon. Recordar los cuentos setenteros de Carlos Olivarez y su volumen de entrada en el mundo literario, Concentración de bicicletas. En uno de esos relatos desliza la expresión: “Solo como una bicicleta abandonada en la Alameda”. Sé que hay frases peores, pero en este caso es la frase precisa para un lector que retira la vista de la página del libro para sostener en su interior algo que acaba de desmoronarse.

Después, en un escaño del Forestal, o en los cafés literarios de los parques Bustamante o Balmaceda, recordar el epígrafe del filme Bird, de Clint Eastwood. Sobre un fondo negro se lee: “No hay segundos actos en la vida americana”. F. Scott Fitzgerald. Si todo el filme fuera sólo esa inspirada frase, valdría la pena. O uno de los dos epígrafes de El Perseguidor, de Cortázar. “Sé fiel hasta la muerte”, del libro del Apocalipsis, capítulo II, versículo 10, y continuarlo en la mente: “Y te daré la corona de la vida”.

Ser fiel a los libros hasta la muerte y obtener la corona de la vida.

 

Foto: Reclining woman reading, 1960, Pablo Picasso

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