Revista Intemperie

Cinco momentos para las sombras en la literatura

Por: Pablo Torche
sergio larrain

Pablo Torche realiza un recuento personal de la presencia de las sombras en cinco lecturas escogidas

 

Dice verdad quien dice sombras, declara el poeta rumano-alemán Paul Celan, en una sentencia celebre, refiriéndose quizás al fondo lúgubre del alma humana, o aludiendo tal vez a una visión aún mas inquietante: que lo que prima es la incerteza, la zozobra, la incapacidad de obtener una versión solida o definida sobre nada. No hay un punto fijo sobre el cual reposar.

Alargadas o menguantes, las sombras nos acompañan en todo momento, pero se reservan para aparecer los mas inesperados, también en la literatura. Yo recuerdo, al menos, cinco de ellos, que marcan su presencia con ese gesto que tiene algo de indeleble. Pero ante todo, un consejo: tanto en la literatura como en la vida real, no conviene convocar las sombras por mero efectismo.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Una amiga casual de la infortunada esposa de Humbert Humbert recuerda como por azar una escena que alguna vez vio, y que proyecta su signo ominoso sobre la tragedia en ciernes.

Una vez vi -dijo ella- dos chicos, hombre y mujer, aquí mismo, haciendo el amor. Sus sombras eran gigantes.

El poeta, de Isak Dinesen. Esta noble danesa, casada con el hermano gemelo de su amor de juventud, contagiada de sífilis por su marido, tenaz patrona de una plantación de café en África, que se dirigiría ineluctablemente a la ruina, comenzó a escribir en serio a la edad de los 45 años. Sus cuentos, impregnados del modernismo ingles, recogían también una sensibilidad gótica llena de emociones raras y finas. En uno de ellos, sobre un poeta desesperado e intrascendente, se despacha como por error la siguiente espléndida metáfora:

Maniobradas por sus pensamientos, las cosas se volvían gigantes, como esas enormes sombras de si mismos sobre la niebla, con las que los viajeros en las montañas se enfrentan aterrorizados, gigantes y de alguna forma grotescas, como objetos danzantes y juguetones, de alguna manera fuera del límite de la razón humana.

Tercer Pastoral, de Alexander Pope. En estas tardías estrofas renacentistas, que eran las delicias de los oídos de esos días, el genial versificador ingles culmina una égloga casi pastoril con las siguientes líneas ominosas.

Así cantaban los pastores mientras se acercaba la noche,
Los cielos todavía encendidos con la luz que partía,
Cuando el rocío adornaba cada hierba
Y el sol del crepúsculo alagaba todas las sombras

Victoria, de Joseph Conrad. Gran maestro de los juegos de sombras en la construcción de atmósferas, el marinero polaco, devenido sir ingles, las convoca casi como un personaje más, en medio de la conversación de dos piratas, que meditan sobre cómo asesinar a un hombre, a la luz frágil de una vela.

La vela del otro lado del cuarto proyectaba su monstruosa sombra negra sobre la pared.

Y luego:

Ricardo miro aquí y allá, como temeroso de que pudieran oírlo las pesadas sombras que la débil luz de la vela, expandía por toda la habitacion.(…). En esa posición, las sombras reunidas en las cavidades de sus ojos los hacían parecer completamente vacíos. 

Una de las manos de Ricardo, reposando con la palma hacia arriba en sus rodillas flectadas, hizo un rápido gesto hacia abajo, repetido por la enorme sombra fluctuante de un brazo, en la parte baja de la pared. 

Sueño y extravío, de Georg Trakl. El destino oscuro  de este joven poeta y químico austríaco, enamorado de su hermana y trágicamente muerto suicida a la edad de 27 años, se revela con fuerza en cada uno de sus poemas duros y crepusculares, cargados de significados. A mí siempre me han resonado las líneas con que cierra una de las escenas de uno de sus poemas más potentes, el fragmento en prosa ‘Sueño y extravío’.

Dolor, esa noche por la ventana, cuando un horrible esqueleto, la Muerte, emergió de las flores violetas. Oh, torreones y campanas. Y las sombras de la noche cayeron como piedras sobre el.

 

Foto: Sicilia. Corleone. Italia, 1959. Sergio Larraín

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