Revista Intemperie

El discreto encanto de la burguesía según A.S.A. Harrison

Por: Nicolás Poblete

la esposa silenciosa

Nicolás Poblete recomienda una novela póstuma y debut, en que un típico matrimonio burgués “de suburbio” norteamericano, termina por sucumbir a los fantasmas de su vida cotidiana

 

“Todo comienza con la actitud, vale decir: aspecto externo, creencias, la historia que te cuentas a ti misma, como ha dicho Adler”, leemos casi al final de La esposa silenciosa, primera y última novela de la canadiense A.S.A. Harrison, todavía no traducida.

Su debut novelístico la ha catapultado, de manera póstuma, como una referencia clave en la escena literaria actual, en la que también navegan autores que han estado trabajando el thriller en su faceta más psicológica. Las comparaciones con Perdida, de Gillian Flynn no se han hecho esperar, y algunos ya afirman que La esposa silenciosa está haciendo el relevo, superando con creces el éxito editorial de Perdida.

La esposa es Jodi, una terapeuta de clase alta, 45 años, y muy selectiva en el momento de escoger a sus clientes. Su vida es apacible, burguesa, muy satisfactoria. Sus días transcurren entre clases de cocina, pilates, compras en exclusivas boutiques de Chicago, donde acontece la novela. Su pareja de más de veinte años, Todd, es un empresario exitoso, un “self-mademan”, cuyos recuerdos de infancia están plagados de escenas en las que un padre alcohólico abusa de su madre frente a él. Esta pareja, que no está casada, ni tampoco tiene hijos (a pesar de los deseos de él), comparte un departamento de lujo con vista al lago Michigan. Su mascota es un adorable perro que se llama Freud.

¿Qué se puede esperar de este escenario? Pues, una historia acelerada, increíblemente adictiva, en la que nos transformamos en verdaderos voyeristas-testigos de la disolución violenta de la pareja. A pesar de lo pedestre del argumento, la voz narrativa de Harrison es elegante, cautivadora y rica en observación psicológica. Aunque la novela comienza advirtiéndonos que ella terminará matando a su infiel marido, resulta difícil anticipar cómo se desenvolverá el drama. Aquí no hay un detective con la última tecnología ni tampoco la búsqueda de ADN para encontrar asesinos. Así, uno de los aspectos más interesantes de la narración tiene que ver con la mirada psicológica (que jamás cae en un ejercicio academicista o en un discurso omnipotente). Vemos cómo Jodi se relaciona con sus clientes, quienes actúan como imágenes especulares de su propio desarrollo como un personaje de alta complejidad. Ella asigna códigos a cada uno de sus pacientes: Bergman, a quien no sabe si ayuda o no; El juez, un abogado homosexual pero casado y con hijos, Miss Piggy, una mujer adúltera, Sebastián, un chico de 15 años que se ha suicidado justo después de una sesión de terapia con ella.

Todd, por otra parte, es diseccionado de modo equivalente en la novela, cuyo recurso consiste en nombrar un capítulo como “Ella”, y luego “Él”. De este modo, los capítulos de “Él” nos muestran a un hombre incapaz de mantener el pacto monógamo y en constante búsqueda de una satisfacción que, según Jodi, es producto de su erosionada niñez. Él es grande, con un sentido de amplitud; un benefactor, una fuerza en movimiento. Se habla de una depresión que, aparentemente, ha superado, y sus relaciones laborales, sociales, están siempre empapadas de un aura erótica. Atraído por chicas jóvenes (desarrolla una relación con la hija de su amigo de infancia y ésta queda embarazada), por cualquier mujer, Todd asegura que el dinero es la mejor manera de atraer a una mujer; es cosa de ser generoso, pues, dice, a las mujeres les gusta que las atiendan bien, con lujo y despliegues mercantiles. En una de las partes de “Ella”, leemos: “Todd era un niño en muchas formas, en términos freudianos un caso de desarrollo psicosexual tronchado, un chico de cinco años fijado en el falo, preocupado por la ascendencia sexual, aún enamorado de su madre, desplazando su deseo hacia todas las mujeres, la encarnación del complejo de Edipo”.

Hay muchas referencias psicológicas en esta novela. Alusiones a Freud, Jung, Adler (el héroe de Jodi); hay introspección, análisis, transcripciones de diálogos entre Jodi y su propio terapeuta; incluso en los agradecimientos, al inicio del libro, la misma Harrison comenta su deuda para con otros terapeutas. Pero lo que vemos en La esposa silenciosa es un estudio profundo de lo que significa el deterioro de la pareja. Vemos, aunque no sea nada nuevo, cómo dos personas que comienzan una relación de la nada (de hecho se han conocido en un accidente de auto) terminan planificando la destrucción, de un modo frío y perverso, de su propio pacto.

Qué riesgos tomamos, de qué manera anticipamos sus costos; hasta qué nivel podemos manipular a quien está más cerca de nosotros, cómo nuestro pasado afecta nuestro presente, qué significa la experiencia y cómo seguimos sin poder cambiar; qué es la disolución que culmina con una catástrofe. Y, cómo se organiza de manera impecable una novela que lleva el thriller al espacio doméstico, sin aspavientos ni explosiones. Todas estas preguntas encuentran (tentativas) respuestas en La mujer silenciosa.

 

The Silent Wife

A.S.A. Harrison

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