Revista Intemperie

Mujer anónima

Por: Letras Anónimas
© Emilio Fernandez 2010

Recuerdo de un encuentro casual en la micro y una agria y reveladora sorpresa

 

Los hechos que voy a relatar transcurrieron en Dictadura, en los inicios de los años 80 en Santiago. Yo era en esa época un estudiante universitario, tímido y con mínimas capacidades para entablar conversación con mujeres, conocidas y desconocidas. Todo lo que sabía, después de estudiar toda mi enseñanza media en colegios de hombres, era el entrenamiento básico recibido de un amigo, que tenía la práctica de conocer mujeres a un nivel superior.

Lo que ocurrió aquella tarde, un día cualquiera, de regreso a casa, comenzó cuando vi sentada en la micro a una mujer que me había mirado fijamente al momento de subir al bus. Tenía unos treinta y tantos años, era atractiva, de tez morena, y por sus rasgos y su vestimenta, se podía deducir que era de origen popular. Iba sentada en el asiento delantero del bus, en la primera fila. En este punto es importante aclarar que este tipo de micros de la que estoy hablando, era de un modelo particular que existía en esa época. Se trataba de unos buses de la Empresa de Transportes Colectivos del estado (E.T.C. del E.) marca Mercedes Benz, de color celeste, en el cual los primeros asientos estaban dispuestos en una fila, enfrentando al pasillo y no perpendiculares a él como en el resto de los buses de transporte colectivo. Por decirlo de una forma gráfica, los primeros asientos eran del tipo de los carros modernos del Metro.

Como la micro tenía todos los asientos ocupados y el pasillo estaba lleno de pasajeros, me instalé de pie en un lugar desde el cual, si miraba en diagonal, podía ver a la mujer. Desde esa posición, que mantuve todo el viaje, me entretuve intercambiando miradas con ella.

A medida que transcurría el trayecto, más que su belleza sí, lo que más me comenzó a entusiasmar fue la forma en que me miraba. Primero subrepticiamente, luego en forma abierta y descarada, fijando sus ojos en los míos y después bajando su mirada hasta la altura de mi cinturón. Cuando me di cuenta lo que hacía, decidí seguirle el juego: la miraba con descaro e incluso me atrevía a abrir mi chaqueta, para permitirle mirar mejor su objetivo. Este juego de seducción duró todo el viaje.

Resultó tan excitante, que el tiempo pasó volando y solo me percaté de que así había sido, al momento que ella se levantó de su asiento, para descender del bus. Sólo entonces me di cuenta que habíamos llegado a mi barrio y que me encontraba muy cerca del paradero donde yo también debía descender del bus.

En vista de esto, y empujado por la curiosidad y excitación, decidí bajarme tras ella e intentar una conversación. Dicho y hecho, una vez fuera del bus  me di valor para acercarme y hablarle. No recuerdo los detalles de la charla, solo sé que fue efectiva porque ella accedió a que caminara a su lado. Como la conversación fluyo de buena manera, fui tomando más valor y después de unos minutos, me atreví a invitarla a entrar en un lugar que quedaba muy cerca de donde estábamos en ese momento.

El sitio, dónde alguna vez había estado con mi amigo casanova y un par de sus amigas de conquista, se trataba de una especie de discoteca-motel donde se podía tomar un trago en alguno de los rincones oscuros que rodeaban el salón de baile, o se podía también, por un poco más de dinero, ingresar a uno de los privados que permitían mayor intimidad.

Al hacerle la proposición a la mujer, me sorprendió la facilidad con que ella aceptó. Dada mi suerte, no lo pensé dos veces y cuando el mozo preguntó si queríamos un sillón en el salón o un privado, me decidí rápidamente por la segunda opción, verificando disimuladamente que tenía suficiente dinero para pagar la cuenta.

Al entrar a la pequeña salita alfombrada y a media luz, con un sofá y una pequeña mesa, y luego de recibir las bebidas solicitadas, volví a sorprenderme cuando, sin mediar palabra, la mujer comenzó a desvestirse. En este punto yo decidí calmar las cosas. Amablemente le dije a la mujer, que no había apuro, que conversáramos un poco primero, que no se sacara la ropa todavía. Al escuchar esto, la mujer, que ya estaba sin falda y con la blusa a medio sacar, se detuvo y mirándome directamente a los ojos me dijo: “yo sé quien eres tú”.

Esta frase me intrigó y, desconcertado, solo atiné a preguntarle qué quería decir con eso. Como si no hubiera escuchado mi pregunta, volvió a repetir “yo sé quién eres tú” y continuó diciendo, “te vi cuando me mirabas en la micro, y me abrías tu chaqueta, para mostrarme la pistola que llevas ahí en el bolsillo”.

Por un instante me sentí absolutamente anonadado. Lo único que atiné a hacer en ese momento fue guardar silencio. Mientras tanto ella, mirando hacia el piso, y de manera casi mecánica, decía “yo a ustedes los reconozco apenas los veo; lo aprendí a hacer el día que fueron a mi casa y se llevaron a mi marido”.

En ese preciso momento entendí todo lo que había ocurrido, se me hizo claro por qué me miraba, por qué había aceptado tan fácilmente conversar conmigo, por qué me había seguido hasta ese lugar.

Simultáneamente con la comprensión alcanzada, empecé a sentir una profunda tristeza, que  fue tomando control de mi emoción. Casi como un zombi, recogí su ropa desde el suelo, y se la entregué lo más delicadamente que pude, pidiéndole que por favor se vistiera. No sabía muy bien qué hacer, sin lugar en ningún momento de lo que acababa de contar, solo se me ocurrió preguntarle qué había pasado con su marido, después que se lo llevaron. Ella me dijo que nunca más lo había vuelto a ver. Después de eso, solo atiné a pedirle que por favor me perdonara, y a decirle que me creyera, que yo no era quien ella pensaba, que sí estudiaba en la Universidad, que viera que no tenía ninguna pistola ni nada por el estilo.

A los pocos minutos ya estábamos en la calle. Al mirarla por última vez, solo pude decirle “siento mucho lo que te pasó a ti y a tu marido, por favor perdóname”. Acto seguido caminé hacia casa, con mucha prisa, sin volverme a mirar en ningún instante.

A pesar de los años, nunca me había atrevido a contar esta historia, porque aun con todo el tiempo transcurrido, aquella situación vivida todavía me emociona, y al recordarla, vuelvo a sentir una profunda tristeza por aquella anónima mujer.

 

Foto: La habitación, Emilio Fernandez.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.