Revista Intemperie

Bisama y Zambra sobre la “generación devastada” por la dictadura

Por: Rodrigo Hidalgo
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Rodrigo Hidalgo revisa dos novelas recientes inscritas en el período dictatorial, y se pregunta por la mejor perspectiva para desentrañar las hebras y los sentidos que todavía se pierden en esos años

 

Álvaro Bisama publicó el 2010 su sexto libro, su tercera novela, y su debut con Alfaguara. En diversas entrevistas, él mismo se refirió a Estrellas muertas como el menos pop de sus trabajos, el más político y duro, su única novela realista, una novela sobre huérfanos y fantasmas, sobre la gente hecha bolsa. Bisama pintó una generación, la de los años 90, que según él “fueron una especie de Comala”.

Pocos meses más tarde, ya el 2011, Alejandro Zambra lanzó su tercer hit con la casa de Herralde, Anagrama. Formas de volver a casa fue calificada por varios críticos como un ajuste de cuentas con el pasado. Es la novela de un joven que mira su infancia en los 80 tratando de entender por qué se es lo que se es, por qué se escribe lo que se escribe. Interrogantes que no tienen una sola respuesta si no múltiples lecturas: cómo y por qué pasó lo que pasó en Chile.

Estas dos novelas se cruzaron en las vitrinas de las librerías en un contexto concreto, entre el 2010 y el 2011, años marcados por el arribo de la derecha política a La Moneda y por el inmediato estallido social contra este nuevo gobierno. Y refiero al contexto porque implicó, o si se quiere coincidió, con un fenómeno que de todos modos intuyo más complejo, y es que se puso de moda el tema de la dictadura y, como por añadidura, los hijos de la dictadura nos pusimos, un poco, también de moda.

Con los estudiantes movilizados, se oyó en noticieros y fue tema en las redes sociales, que se había acabado el tiempo de los que tuvimos miedo. La generación a la que pertenezco apareció caracterizada por el trauma, precisamente en un contexto que demandaba determinación y no inmovilismo. Pero además, a través de distintos programas televisivos, que fueron concebidos o justificados a partir del bicentenario patrio, la sociedad chilena pareció dispuesta a mirar su pasado reciente, y una enorme cantidad de gente, que arriscaba la nariz ante el espinudo tema de los derechos humanos, accedió a ver a los galanes de la tarde ahora disfrazados de torturadores o de militantes subversivos, y se emocionó con esas series, y pareció comprender lo que vivimos quienes formamos parte de la generación que hoy tiene entre 30 y 40 años, pues el hablante, testigo o protagonista, en muchos casos fue situado en nuestra generación: los que fuimos niños en los 80.

No sé si pueda hablar de “la violencia” en términos conceptuales. O sea, sí claro que se puede. Pero tiendo a pensar que si uno pudiera colgar un libro de Historia de Chile en un tendedero de ropa, debiera comenzar a gotear sangre. Y me parece a la luz de los hechos evidente que quienes vivimos la infancia en dictadura y la juventud en una democracia en la medida de lo posible, estamos simplemente, con o sin intención explícita, obligados a pintar las huellas de esa violencia. No se la elude, aunque se la eluda.

Zambra y Bisama nacieron en 1975. Años como cuadros del Bosco o de Goya. Monstruos, fantasmas, pesadillas. Oscuridad, asfixia, angustia. Y muerte. Así nos hicieron, así nos hicimos, así quedamos hechos. Traumatizados, nos complica, nos eriza terriblemente la violencia, por justificada que sea.

La novela de Bisama, leída como retrato de una generación devastada, dialoga tangencialmente con la narrativa paria de Francisco Miranda (Perros agónicos, LOM, 1997), y aún con el kitsch red-set de León Pascal (Delirium, LOM, 2000): autores que en los 90 ya intentaban autorretratos generacionales descarnados. Pero Bisama evita los arquetipos, es pop y posmoderno, de modo que toma una posición mucho más hábil, que le permite entrar en la bisagra misma y, a través del juego de cajas chinas (un relato dentro de otro), dialogar de cerca con el lector del nuevo milenio.

Una pareja se reúne en un café en Valparaíso para conversar y tratar de salvar su relación. En esa plática se quedan estancados, recordando a otra pareja, que aparece en el diario, en una crónica roja. Y es la historia de esa otra pareja la que como un espejo generacional, les habla, los retrata sin compasión, convirtiéndose en el eje de Estrellas muertas.

Esa historia dentro de la novela, es lamentablemente, un caso demasiado real. Recuerdo la noticia de un joven padre que tras pelear con su compañera, tiró por la ventana a su hija de 6 años, y en su defensa alegó estar psíquicamente destruido por la dictadura: era si mal no recuerdo, hijo de ejecutados políticos, y vivió siendo niño, torturas y hasta abusos sexuales. En la crónica roja del libro de Bisama pasa más o menos lo mismo, solo que el asesinato lo comete la madre.

Hay un tono pop en el mundo que Bisama explota con maestría, y que es la música de fondo de los años 90, y que ha sido caricaturizada incluso por Los Simpsons: década depresiva iconoclasta y simbolizada por Kurt Cobain y luego por Radiohead. A esa atmósfera, generalizante y global, se le agrega o sobrepone una chilena, inmediata, particular y específica. Sumatoria anímica que resulta en un tono final aún más denso, más dark: los personajes de Estrellas muertas se mueven entre el Chile actual y el de la post-dictadura, y dan cuenta de cómo la democracia fue sentida y vivida como un fraudulento telón de fondo, donde no hubo ni alegría ni emancipación posible, donde los jóvenes, llamados a protagonizar su momento histórico, se convirtieron en cabezas de pistola suicidas o en zombies sumidos en la resignación y el escepticismo.

Violencia padecida que se tornó en violencia contenida, derrota heredada que fue carcomiendo por dentro a una enorme cantidad de sujetos hasta que uno de ellos terminó lanzando a sus propios hijos a la muerte. Porque la violencia se siguió y aún se sigue cometiendo contra los mismos de ayer. Cada torturador que anda libre es un nuevo acto de violencia contra los que torturó. Violencia como una lógica implacable, determinante, que encadena y envicia, circular: solo puede engendrar más violencia. En ese sentido, la crónica roja que articula el libro de Bisama es un retrato generacional de una verosimilitud cruel y categórica, que se reafirma magistral en las frases finales: “Seguimos solos. // Todo lo que yo conocía se extinguió. La humanidad completa se volvió una legión de vampiros, una multitud de ratas detenidas en medio de la pista de baile, a centímetros del despeñadero. Nunca más volvimos al Hesperia. Entre nosotros, en algún momento del futuro, sobrevino el llanto. Nos comportamos como animales, nos comportamos como personas. Nunca salimos de ese café. Nunca salimos de ahí, nunca abandonamos realmente el puerto. La ciudad se quemó, desapareció. El cielo se llenó de estrellas muertas.”

Ahora bien, Formas de volver a casa, es un libro donde Zambra opta, amable, por poner a pensar frente al espejo a esa generación en vez de pintarla destruida. El protagonista en su infancia es testigo de la situación por la que pasan sus vecinas, “metidas en algo”. Al hacerse adulto interpreta ese recuerdo y va a su encuentro, impulsado y seducido por la necesidad de escribir y explicarse también su propia historia. De modo que el protagonismo se traspasa al ejercicio intelectual en sí mismo: cómo leer, cómo recordar lo que nos pasó, y cómo entender a nuestros padres.

Tanto es así, que en más de un comentario de las redes sociales, hubo quienes consideraron “blando” el retrato de Zambra, porque en definitiva prefirió la estrategia de la serie televisiva “Los 80”: protagonizada por un niño testigo, que crece y se va dando cuenta del terror y la violencia sin poder enfrentarla, y que luego, adulto, lee lo sucedido con más buenas intenciones (la búsqueda de explicaciones, o el deseo de entender) que auténtica rabia o dolor.

Pero ¿qué tipo de escritura sería entonces la “más autorizada” para reflejar, exponer o transmitir “la auténtica rabia o dolor”? ¿Sólo las memorias de un torturado? Ahí, en esa delgada línea entre vida y obra, el libro de Zambra me parece notable. Por su reflexión en torno al oficio escritural, Formas de volver a casa, merece que uno crea en la honestidad del autor como un motor escritural posible. Cito un pasaje en que el protagonista de Zambra habla son su hermana:

“¿Salgo yo en tu libro?, dice al fin.
No.
¿Por qué?
Lo he pensado. Claro que lo he pensado. Lo he pensado mucho. Mi respuesta es honesta:
Para protegerte, le digo.
Ella me mira, escéptica, dolida. Me mira con cara de niña.
Es mejor no ser personaje de nadie, digo. Es mejor no salir en ningún libro.
¿Y tú sales en el libro?
Sí. Más o menos. Pero el libro es mío. No podría no salir. Aunque me atribuyera otros rasgos y una vida muy distinta de la mía, igual estaría yo en el libro. Yo ya tomé la decisión de no protegerme.
¿Y salen nuestros padres?
Sí. Hay personajes parecidos a nuestros padres.
¿Y por qué no proteges, también, a nuestros padres?

Para esa pregunta no tengo ninguna respuesta. Supongo que les toca, simplemente, comparecer. Recibir menos de lo que dieron, asistir a un baile de máscaras sin entender muy bien por qué están ahí. (…) Al escribir nos comportamos como hijos únicos. Como si hubiéramos estado solos siempre. A veces odio esta historia, este oficio del que ya no puedo salir. Del que no voy a salir.”

Así, y volviendo al tema generacional, la vuelta de tuerca en el libro de Zambra, en alguna medida es para ajustar cuentas con nuestros padres, a quienes juzgamos por no haberse metido en nada, o por haberse metido demasiado. Claro, en el caso del protagonista de Formas de volver a casa, el juicio es radical, ya que sus padres celebran el contingente arribo de Piñera a La Moneda. De modo que el libro habla también desde una posición actual, en la que es imposible no reconocerse como generación: habla de las interrogantes que nos atraviesan como sujetos políticos, de cómo nos posicionamos en torno a la posmoderna ausencia de ideologías, e incluso en torno los valores familiares tradicionales. Zambra en este sentido, y siguiendo el tenor libresco de sus novelas anteriores, dialoga con Piglia o con Bolaño, o estirando el elástico, con el Paul Auster de La invención de la soledad, en quienes la realidad concreta, biográfica y/o social inmediata, (la dictadura/ la post dictadura) funciona como una excusa para llevarnos a una reflexión en torno a la vida y al oficio escritural.

Con todo, si el personaje del libro de Bisama, la chica que toma café y relata la crónica roja, pudiera salir de ahí y venir a conversar con el protagonista del libro de Zambra, éste último le respondería: escribe, sálvate escribiendo. Testigos ambos, compartirían una cerveza y el niño que creció de Zambra diría que conoce y es atroz la historia del diario que la de Bisama le relataría. De una u otra manera, y a pesar incluso de lo que puedan decir sus autores, ambos libros vienen a hablar de lo mismo. Porque como señala R. Gary en el epígrafe del libro de Zambra: “En lugar de gritar, escribo libros.”

Es una generación la que aparece retratada, tratando de entenderse en su diversa complejidad, hecha bolsa, para insistir en la figura de Bisama. Y ambos libros salieron al mercado en un momento en que la generación protagonista, la actual, que sale a las calles y derrumba a un par de ministros, con uso de celebrada creatividad pero también con violencia, nos mira e interroga con compasión como su generación precedente, una generación que padeció la violencia, que tiene la ingrata labor de transmitirle esas huellas, esos aprendizajes, de ser la bisagra, y que como tal, tiene goznes que chirrían escalofriantemente.

 

Foto: La Tercera

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