Revista Intemperie

El golpe de estado en décimas: versos de un poeta campesino

Por: Verónica Jiménez
domingo pontigo

Verónica Jiménez recupera la historia del poeta popular Domingo Pontigo, que decidió poner en folclor popular el “triste once de Septiembre / Mil nueve setenta y tres.”

 

El 11 de septiembre de 1973, Domingo Pontigo, poeta popular y campesino de la localidad de San Pedro, cercana a Melipilla, se encontraba escribiendo El paraíso de América, una composición en décimas, en la que se había propuesto describir los distintos paisajes y realidades de Chile. Así lo señala en el prólogo del libro publicado 17 años después: “…cuando ya me aprontaba a cruzar los áridos desiertos de Antofagasta –componiendo versos, se entiende–, de repente, se produce el golpe militar del 11 de septiembre, y eso yo no lo podía pasar por alto. Yo sentí un dolor y una angustia muy grandes al ver que mi patria iniciaba este calvario y le pedía fuerzas a Dios para expresar mis sentimientos y para saber decir lo que sentía en aquellos instantes”.

En estos momentos, Pontigo interrumpe el curso de su poema y se impone la empresa de escribir décimas que den cuenta de lo que está sucediendo en el país como consecuencia del golpe de Estado. El arrojo de escribir esos versos en un momento de fuerte represión y censura respondía, sin duda, a una vocación ineludible: “…yo no lo podía pasar por alto”. Tanta era la temeridad que representaba la divulgación de su poema –al que tituló “Otra pausa”, debido a que era la segunda digresión en el recorrido geográfico en versos emprendido a través de las distintas zonas del país–, que el religioso Miguel Jordá, a quien le había confiado una copia del manuscrito, fue detenido por su causa y llevado a un centro de torturas. Así lo testimonia el sacerdote en otra parte del prólogo:

“Corría el año 1975 y un buen día iba con el cuaderno original y una copia del mismo a visitar a Domingo Pontigo para conversar sobre el poema en referencia. Iba en micro y al pasar frente al peaje de Pomaire, dos carabineros se subieron a la micro, me tomaron por sospechoso, me obligaron a bajar, abrieron mi maletín y me arrebataron el poema. Al poco rato escuché que por citófono llamaban a la DINA de Santiago y decían: ‘Aquí hemos sorprendido a un cura con unos panfletos subversivos’. El carabinero en servicio, que era un subteniente, abrió el cuaderno y, por pura coincidencia, le salió justamente la página que hablaba del golpe militar y que está con el título ‘Otra pausa’, y se la leyó casi por entero, por citófono, a los agentes de la DINA que escuchaban desde Santiago. Estos, al oír los versos se enfurecieron y contestaron: ‘Amárrenlo fuerte, que este es un extremista peligroso’.

“Enseguida y con gran violencia nos encadenaron con las manos atrás y nos vendaron los ojos. Éramos dos, pues viajaba con Mons. Nikolaus Wyrwoll, secretario personal del Papa Paulo VI, que venía a ver mis trabajos en Chile sobre la religiosidad popular. A los dos nos esposaron con las manos atrás, con la vista vendada y nos tuvieron más de tres horas detenidos y después fuimos llevados a la casa de torturas de Grimaldi. Nos incautaron el poema y nunca más supimos de él. Se habría perdido para siempre de no ser por la copia que tenía en España”.

En Los buenos versos, antología de glosas recopiladas por Jordá, y que recoge poemas escritos entre las décadas de 1970 y 1990, aparece la primera versión del extenso poema en el que Pontigo expresa su sentir y su pensamiento respecto del golpe de Estado y sus consecuencias en el mundo popular. Originalmente era una tirada en décimas no encuartetadas que el sacerdote dividió en poemas de cinco estrofas, estructura que replica la de las glosas o versos. Con esta división Jordá le dio una forma “tradicional” al escrito. A cada uno de los versos le asignó como título una cita de alguna parte del cuerpo del poema o bien una frase que anticipa de algún modo el tema que se tratará.

Posteriormente, Pontigo publicó el poema como una tirada, sin imitar la estructura de la glosa, y con algunos subtítulos, marcando, de este modo, una diferencia respecto de la forma más común de la poesía popular.

Según relata Domingo Pontigo, El paraíso de América es una obra que surgió con la intención de emular el Canto General, de Pablo Neruda, de cuya existencia supo gracias a una noticia difundida por la radio: “…me imaginé que se trataba de un canto general a todo Chile. Entonces, yo me dije: por qué yo no le podía hacer un canto en décimas, a lo Humano, a esta bella nación que me vio nacer”. En la primera versión del poema “Otra pausa” publicada por Jordá, no se menciona a Pontigo como autor, y de no ser por la edición de El Paraíso de América, la composición habría permanecido como anónima.

Pontigo dice en el prólogo que “Otra pausa” es la parte más triste y más difícil del libro. “Sé que era un tema difícil por las circunstancias que se vivían en ese entonces, pero no podía quedarme callado… yo soy muy patriota, y en aquellos momentos sentía en mi corazón que se estaba enlutando nuestra patria y, bueno, el poeta es siempre el que carga con las alegrías y las tristezas de su pueblo.”

Domingo Pontigo fue, probablemente, como muchos de los lugareños de las zonas rurales cercanas a Santiago, un testigo afligido por la situación que estaba afectando a pequeños campesinos y a obreros agrícolas. No sufrió personalmente la represión, pero supo de muertes, detenciones y torturas. Y frente a ello mantuvo una posición ética, cual era dejar testimonio de lo que ocurría. El poema comienza de este modo:

 

Otra pausa 

Otra vez pido perdón
Por turbarme nuevamente
Porque nuestro Presidente
Hoy murió sin compasión.
Un macabro remezón
Hizo que diera un traspié
La razón no sé cuál es
Injusticias las hay siempre
Triste el once de septiembre
Mil nueve setenta y tres.

Corre sangre por el suelo
A raudales aquí en Chile,
Debe haber cientos y miles
Hogares que están de duelo.
Me producen desconsuelo
Estas horas tan ajenas,
En verdad que siento pena,
Dimos hoy un paso atrás,
No debió pasar jamás
Esto en mi patria chilena.

No hace falta ser letrado
Ni ser un sabio eminente
Para ver que a mucha gente
Con el golpe se ha aplastado.
Se vivía esperanzado
De hacer un mundo mejor
Y hoy día con gran dolor
Se acabó nuestra esperanza
Y una terrible matanza
En Chile se decretó.

¿Qué palabras usar para expresar las emociones provocadas por el golpe de Estado y por la forma sangrienta en que este se había producido? Pontigo habla de un “macabro remezón”, escribe que el Presidente “murió sin compasión” y que se ha desatado una “terrible matanza”. Habla desde la pena y el dolor. “Corre sangre por el suelo/a raudales aquí en Chile”. El lector tiende a asociar estos versos con los de Neruda que denuncian otra matanza: “Venid a ver la sangre por las calles”.

Es usual que, cuando reseñan hechos contingentes, los poetas populares se refieran tanto a los sucesos de los cuales son testigos como a los sentimientos que estos les provocan. Así lo hace Pontigo en las tres primeras décimas de la tirada: por una parte, sitúa temporalmente los hechos que refiere “…once de septiembre/Mil nueve setenta y tres”; por otra, manifiesta su estado emocional ante lo que está aconteciendo: “Me producen desconsuelo/estas horas tan ajenas”.

Hay, además, dos versos que adquieren sentido a la luz de otros que vendrán más adelante, y que se refieren al proyecto político, social y cultural del campesino: “Dimos hoy un paso atrás”; “Se acabó nuestra esperanza”. Pontigo se refiere al proceso de la Reforma Agraria, uno de los proyectos económico sociales que el gobierno de la Unidad Popular heredó de Frei Montalva y que se propuso profundizar y expandir. Cuestiones tan elementales para los campesinos como dejar de pagar arriendo, mejorar los salarios a través de negociaciones sindicales, reducir el horario de trabajo y conformar pequeñas cooperativas de producción, los involucraron en un proceso del que ellos mismos se sentían impulsores y protagonistas.

El golpe de Estado es ciertamente un punto de quiebre en ese proceso que parecía prolongarse hacia el futuro. Así lo expresa Domingo Pontigo:

Con el golpe que se dio
Van a llegar nuevamente
Los grandes terratenientes
Será así, era que no.
No habrá más asociación
Ni menos un sindicato,
Los adelantos logrados
También se van a perder
Y aquellos logros de ayer
Quedarán todos p’al gato.

(…)

Recuerdo que tiempo atrás
Al inquilino de fundo
Lo trataban como bruto
Sin ninguna dignidad.
Dormir una noche en paz
Era soñar en la gloria,
Esta ha sido nuestra historia
Que lo diga el inquilino
Y es mucho lo que ha sufrido
La clase trabajadora.

Haciendo la noche día
Se pagaba obligación
Y el obrero y el peón
Grandes males padecían.
A veces ni se dormía
Pa’ dar gusto y cumplimiento
Y de yapa el opulento
Usaba la prepotencia
Y ante esta contingencia
Será grande el retroceso.

Con posterioridad al golpe de Estado, la abolición de la ley anuló todas las medidas que se habían tomado hasta entonces y permitió que el régimen de Pinochet devolviera cerca del 60% de las tierras expropiadas. La propiedad volvió a estar en manos de unos pocos particulares. Esto significó que más de la mitad de los campesinos que vivían en asentamientos no tuvieran finalmente acceso a las tierras que les habían sido comprometidas. Sin embargo, ese no fue el único perjuicio al que se vieron sometidos. Inmediatamente después del golpe, se inició una persecución sistemática de todos quienes habían participado en el proceso, sobre todo si se trataba de dirigentes sindicales. Los que no fueron ejecutados o hechos desaparecer, sufrieron la tortura y la cárcel.

La poesía popular en torno a la dictadura, que compromete a otros poetas, además de Pontigo, es valiosa en varios sentidos. Por una parte, es una poesía que actualiza la función referencial que tuvo antes la Lira popular, o la lira de las décadas de 1950 y 1960. Por otra, era una vía a través de la cual los hechos del presente podían ser denunciados, oponiéndose a la estrategia discursiva de la dictadura. Hay que recordar que si bien las palabras del dictador y sus partidarios intentaron encubrir el horror, por otra parte, ostentaron un aparato represor sangriento y despiadado. En ese contexto, fueron también las palabras de estos poetas las encargadas de desenmascarar esa realidad construida con un lenguaje que desvirtuaba los hechos. Pontigo nos entrega un ejemplo de cómo operaba la retórica dictatorial.

Los hechores por supuesto
Hallaron que era más noble
No hablar jamás del golpe
Sino del pronunciamiento.

Al seguir adelante con la lectura, podemos advertir que “Otra pausa” es un poema complejo debido a que la voz que lo articula lo es, pues si bien se identifica con la clase trabajadora, al mismo tiempo le interesa dejar en claro que no tiene filiaciones políticas.

Quizá algunos con recelo
Dirán qué partido tengo,
A todo se los prevengo
Mi partido es nuestro suelo.
A Chile quisiera verlo
Como país progresista
No soy momio ni fascista
De derecha, ni de izquierda
Y sujeto bien las riendas
Porque son otras mis pistas.

Consecuente con esta declarada independencia política, la posición que mantiene la voz respecto de la figura de Salvador Allende es bastante crítica. Así lo manifiesta en una digresión que hace acerca de la figura del ex Presidente, no exenta de contradicciones.

 

Salvador Allende. 1970

Señor Salvador Allende
Respetando sus esfuerzos
Me toca el serle adverso,
En buena ley, se comprende

(…)

A límites nunca vistos
Llegaron los atentados,
Con razón ‘taba enojado
Nuestro Señor Jesucristo.
Tambaleaban los ministros
Y el Congreso en general
Los ministerios igual
Con la inflación desastrosa,
Se preparaba la cosa
Para el desastre final.

(…)

Y siguió con su porfía
Pensando en algún arreglo
Pero el militar es tenso
Y pronto a la tiranía.
Y al llegar el triste día
Que ustedes saben de sobra,
Él prefirió la zozobra
Y se enfrenta al sacrificio,
Fue consecuente consigo
Hasta su última hora.

“Otra pausa” es un poema muy iluminador para entender la perspectiva del poeta popular campesino frente a la irrupción del poder militar. Comparte la función testimonial que tiene otra composición de un poeta popular, esta vez urbano: Roberto Parra. En efecto, Parra, en El golpe (1999), establece detalladamente cómo se produjeron los hechos, lo mismo que Pontigo. Hay algunas distancias, sin embargo, entre el lenguaje de arrabal del poeta urbano y el lenguaje más formal del campesino, reservorio muchas veces de antiguas formas de cortesía, así como de arcaísmos lingüísticos, y renuente al “garabato”.

 

Otra pausa 

(…)

Fueron las fuerzas armadas
Y también carabineros
Lo que salieron primero
Y a la hora señalada.
La Moneda bombardeada
Y algunas calles también
Los muertos pasan de cien
Y aumentan cada minuto
Y todos pagan tributo
Al destino ciego y cruel.

(…)

Con razón o sin razones
Se formó un terrible foco
Es una cosa de locos
Escuchar las explosiones.
Yo no juzgo decisiones
Ni menos a la ligera
Tan sólo digo a conciencia
Lo que me dicta la mente
No es lícito matar gente
Por desgraciada que sea.

 

El golpe

Roberto Parra

Un relato de memoria
Un once por la mañana
Masacre más inhumana
No ha registrado la historia.
Aviones sin paz ni gloria
Volaron a la Moneda
La desploman como greda
Con bombas y metralletas.
Se pusieron más jinetas
Los pacos en La Moneda.

(…)

Hacen tira la cañada
Los tanques tan disparando
Mendoza, Leigh bombardeando
Al solitario que queda.
Es Allende que da prueba
Que recuerden los obreros
Mendoza es un rastrero
Es un pobre monigote.
Con la mierda hasta el cogote
Te verán perro faldero.

Pontigo y Parra entregan, en varios sentidos, dos visiones complementarias acerca del golpe de Estado, que se corresponden con la experiencia de los acontecimientos desde lo rural, la primera, y desde lo urbano, la segunda. En efecto, mientras Pontigo se refiere, por ejemplo, el retroceso que significa la implantación de la dictadura en cuanto a las condiciones de vida del campesino, Parra entrega la perspectiva del sujeto popular que se desenvuelve en la capital, precisamente en el foco en el que se generan los sucesos, y que es víctima, por ejemplo, de la “operación peineta”.

No obstante esta distinción, que se puede hacer considerando el lugar desde el cual habla cada uno, es significativo el que ciertos principios básicos que atañen a la función social del poeta popular, sea campesino o citadino, se manifiesten en ambas composiciones. La más importante, el imperativo de dejar testimonio de los hechos para que otros se enteren, aparece como lo primordial, como una premisa ética:

El poeta está consciente
Que su verso y su canción
Son el alma y expresión
Y el sentir de mucha gente.

(Pontigo)

Les voy a contar por cierto
Ya no me queda garganta
El payador que no canta
Se va al patio de los muertos.

(Parra)

Domingo Pontigo es, lo mismo que Roberto Parra, un autodidacta. Aprendió a versificar por imitación y su repertorio como cantor recoge las enseñanzas dejadas por sus predecesores y sus contemporáneos. Pero es también un campesino “letrado” con una obra original, una persona que dista mucho de los decimistas supuestamente analfabetos que, según estudiosos, como el propio sacerdote Jordá, son esos personajes a quienes conocemos como poetas populares.

Pontigo, según declara, estudió historia de Chile en los textos escolares de sus hijos y, seguramente por ello, su visión acerca de la patria tiene mucho del sentido laudatorio que recorre las aulas. Sin embargo, acerca de las condiciones de vida del campesinado, en época sucesivas y cambiantes, y de las circunstancias que rodearon el golpe militar y la dictadura, es él mismo una fuente primaria de conocimiento.

“Otra pausa” es un poema paradigmático, en el sentido de que nos permite conocer las condiciones de producción que hicieron posible la escritura de este tipo de poesía referencial y el rol que desempeñaron en ese momento los poetas populares, verdaderos portavoces de su pueblo. Además, podemos vislumbrar la interpretación ético religiosa, que está en la base de la poesía popular acerca de la dictadura, y que en el caso de Pontigo se manifiesta en estos versos:

Y aquel que mata y tortura
Comete un pecado atroz.

Para Domingo Pontigo, el golpe trajo consigo “pecados” tan atroces que motivaron la interrupción del proyecto poético en el que estaba trabajando en ese momento y detonaron uno nuevo, demandado por la contingencia. El poeta, entonces, obligado por sus propios imperativos éticos, emprendió la escritura de una versión de los hechos que esclareciera, para sus contemporáneos y para los lectores del  futuro, las  zonas  oscurecidas  por  la retórica de la dictadura.

 

Foto: La Tercera

Un comentario

  1. POR NOMBRE YO LLEVO MARIP/ FAJARDO POR APELLIDO/ Y SOY DE ISLA DE MAIPO/ QUE ESE / ES MI PUEBLO QUERIDO dice:

    Realmente sus décimas me llegaron al corazón
    y más de una lágrimas rodó por mis mejillas
    Recordando este genocidio que sucedió en nuestra patria querida

    Mario Fajardo
    tambié
    poeta

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