Revista Intemperie

Alfredo Jaar en Venecia

Por: Antonio Arévalo
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Antonio Arévalo comenta al flamante Premio Nacional de Arte, y su actual exposición en la Bienal de Venecia, que algunos consideran suprema y que otros acusan de moralista

 

La distinción Premio Nacional De Artes Plásticas nació (junto a su respectivos de literatura y música) en el año 1940 durante el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda. Se buscaba así dar -a través de una recompensa en dinero y una pensión de por vida- un reconocimiento institucional a los artistas chilenos que con su obra han contribuido al desarrollo de la cultura en el país.

Alfredo Jaar (1956, Santiago de Chile) es sin lugar a dudas el artista chileno con un mayor reconocimiento en el extranjero. Hoy vive y trabaja en Nueva York y desde su emigración en 1982 su trabajo ha sido comisionado, exhibido e instalado en las más importantes galerías, museos y eventos artísticos del globo, dice: “Los artistas de hoy viajan mucho: nacen en un país, estudian en otro, trabajan en otro, y viajan todo el tiempo. Crean obras que nacen en diferentes lugares. Yo nací en Chile, estudié en Martinica, trabajo en Nueva York y ahora he creado una obra acerca de la Bienal de Venecia”. La obra de Jaar, por su parte, integra estos diversos contextos culturales, siempre desde su doble mirada ética y estética, que finalmente nos demuestra como la producción cultural tiene la fuerza para cambiar el curso de la historia.

En la actual Bienal de Venecia (versión 55) Jaar está exponiendo invitado por Chile para representar al país en su pabellón nacional. Sin embargo, su trabajo, titulado Venezia Venezia, quiere ser  una invitación poética a repensar este mismo modelo expositivo que hay detrás de la Bienal, en particular el de los pabellones nacionales, que han quedado obsoletos en el mundo globalizado y transnacional de hoy.

Mientras que para muchos Venezia Venezia merecía el León de Oro -el máximo galardón de este importante evento de las artes-, para otros esta obra  pecaba de “moralismo”, sobre todo si el mismo artista es parte protagonista de todo un sistema de las artes que sostiene lo que se pretende criticar. Un mordaz comentario publicado en un portal chileno habla de una pretenciosidad insostenible respecto de su instalación. Tan grave que se hunde, dice. Pero bueno es una opinión y siempre es mejor despertar opiniones que no despertar ninguna clase de interés.

De hecho, la elección de Jaar como el Premio Nacional de Artes Plásticas de este año fue unánime, en razón de su “idea sistemática acerca de nuevos lenguajes y temas universales en el campo de las artes visuales. Jaar es una artista que rompe los códigos visuales usuales, es capaz de crear un arte hecho de emociones y pensamientos a través de la formulación de nuevos lenguajes visuales”.

En su búsqueda artística, basada en complejos hechos a menudo silenciados por los medios, como guerra, violencias e inequidades, Jaar es capaz de cuestionar los sistemas políticos y económicos vigentes. Sin embargo, su obra -afirman sus observadores críticos- muestra en ámbito de la autoría política un considerable impasse teórico y termina a veces siendo un esbozo patinado que resiente, en alguna manera, en la exotización del pathos. Se habla de voyeurismo etnográfico. De un etnográfico esteticismo.

Personalmente quisiera perderme nostálgicamente no en esa Venecia de los pabellones sino que en aquella de las emociones, y recordar cuando la Bienal de 1974 fue, por sorpresa, enteramente dedicada a Chile. Se dice que fue tal vez la protesta más grande culturalmente hablando contra Pinochet. Hoy en esta 55° versión de la Bienal de Venecia todos nos recordamos que se cumplían 40 años del Golpe en Chile. Justo sería también también recordar a Juan Downey que con su obra Cages fue premiado con una mención de honor por parte de el jurado internacional. Y también destacar a Alejandro Aravena que recibió el León de Plata como joven promesa.

 

Foto: Italo Rondinella, domusweb.it

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