Revista Intemperie

Camiroaga not dead

Por: Nicolás Lazo
felipe camiroaga

Nicolás Lazo sobre la hagiografía pop del animador a través de un libro anónimo sobre su vida, que incluye teorías conspiratorias acerca de su muerte y poemas laudatorios sin autor

 

Al cierre de una crónica publicada en otro rincón del ciberespacio, he relatado a los nulos interesados mi sorpresivo hallazgo y posterior compra de Felipe Camiroaga. El halcón de Chicureo (2011), un volumen sin autor ni editorial visibles, y que allí defino como “una hagiografía pop” que le rinde homenaje al animador “mediante un conjunto de recursos cursis”. Estos días, a dos años del accidente aéreo en que Camiroaga murió, me parece importante retomar algunos aspectos que libros como éste, a medio camino entre la tragedia y la banalidad, plantean sobre nosotros mismos.

En primer lugar, la característica que más llama nuestra atención es a un tiempo la más evidente, vale decir, el hecho poco habitual de que nadie se atribuya la autoría de la obra. Efectivamente, la experiencia de lectura se ve acechada de manera constante por la pregunta respecto a la(s) identidad(es) detrás del artefacto, cuyas apreciaciones –ora redundantes, ora contradictorias– permiten entrever la presencia de múltiples y diversas voces o, al menos, un ejercicio del copy–paste entendido como una firme voluntad de acumulación, incluso más allá de los amplios límites de lo enciclopédico o wikipediesco.

Sin duda, lo anterior constituye el mayor rasgo distintivo del texto y la principal diferencia frente a publicaciones que son o pretenden ser más rigurosas, como la reciente biografía Felipe Camiroaga: la verdadera historia (2013), de los periodistas chilenos Cecilia Gutiérrez y Cristián Farías. Pese a que se nos presenta colmado de imprecisiones, lo que nuestro volumen describe con inmejorable nitidez son las señales de un fervor que, hoy desde hace dos años, convirtió al hombre tras Luciano Bello en objeto de culto. Aquí tiene lugar la desprolija vitalidad de los fans y, cómo no, las primeras manifestaciones de un duelo que perdurará nadie sabe hasta cuándo.

Del mismo modo, el carácter difuso y visceral del libro permite advertir con cierta fidelidad parte de los discursos que circulan entre los habitantes o sobrevivientes del Chile contemporáneo. Así, no cabe asombrarse demasiado ante el contenido del capítulo octavo, donde se despliega una teoría conspirativa precariamente argumentada según la cual la tragedia en Juan Fernández corresponde a un hecho distractor de gran impacto –a lo “doctrina del shock”– al servicio de “los poderes fácticos ocultos” (101). Por supuesto, ideas como ésta bien pueden obedecer a la moda conspiranoica en boga, aunque también, bien miradas, son expresión de una desconfianza sin vuelta atrás, una rabia honda cada vez menos contenida.

Sin embargo, lectores impacientes y gramáticos furiosos tendrán no pocos motivos para fruncir el ceño, sobre todo si consideramos que, ya desde las primeras páginas del libro, abundan las erratas. Un ejemplo: tras la leyenda “Basado en informaciones publicadas en los medios de comunicaciones”, el ahora célebre poema “Mortal” de Gonzalo Rojas –“Del aire soy, como todo mortal…”– es atribuido al propio Camiroaga. Junto con ello, la obra está cruzada por una redacción más bien débil, una ortografía que haría convulsionar al profesor Banderas y una a ratos perturbadora confusión entre relato y cita.

Da igual. Nada de esto importa lo suficiente cuando llegamos al décimo y último capítulo del volumen, punto en que se lleva a cabo una selección de poemas anónimos dedicados al “duque de Juan Fernández”. Despojados de todo prejuicio o paternalismo frente al innegable signo kitsch de dicha sección, sabremos ver lo que queda: una serie de titubeos que intentan verbalizar hasta donde pueden el rostro de la tristeza, el esfuerzo fallido por conferirle al vacío algo así como una estética paliativa y, de tal forma, convivir un poco menos mal con el horror.

Aun a riesgo de sonar macabro, creo que, además de contribuir a la mitificación de su figura, las circunstancias de la muerte del animador operan como una metáfora de su ausencia. El “Halcón de Chicureo” desaparece entre el mar y el cielo, con lo cual mantiene para sí el aura evanescente de los que se van demasiado pronto. Asimismo, su cuerpo se ha fragmentado para repartirse entre numerosos admiradores y uno que otro buitre televisivo; de ahí que aquella estetización de la tragedia no deba ir muy lejos para encontrar las imágenes que le son útiles. No obstante, el efecto terapéutico de esta estrategia resulta discutible. Sólo podemos afirmar que, como ocurre con unos pocos personajes públicos, a Chile le dolerá por mucho tiempo la partida de Camiroaga. Y no, esta vez no hay ironía en la frase.

 

Foto: diarioelcentro.cl

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