Revista Intemperie

La piratería como imposible salvación de nuestra literatura

Por: Andrés Olave
peru

Andrés Olave da un vistazo al mercado del libro en Perú, un país dominado por la piratería y tantea los eventuales beneficios de este negocio paralelo

 

Si bien en Chile hemos sido correctamente aleccionados sobre las nefastas consecuencias de la piratería de discos, películas y libros, y donde los piratas –esos criminales– están llamados a compartir la más oscura de las celdas junto a los asesinos de niños y los violadores de ancianos; puede, de todas formas, ser interesante ver que ocurre en los mercados donde la piratería corre libre por las calles, impune y descarada, saber hasta que punto las industrias se desploman y como el Apocalipsis se desencadena.

En el hermano Perú –y sospecho en varios otros países del continente–, los editores hace rato que han perdido la batalla contra los piratas del libro. Las razones prácticas incluyen que un libro nuevo cuesta de 40 a 50 soles (entre $8.000 y $10.000 pesos aproximadamente), que es un precio harto razonable comparado con Chile (que rondan el doble de dicho valor), pero que es incapaz de competir con los precios de los piratas que venden el mismo libro a 10 ó 20 soles ($2.000 a $4.000 pesos).

No es solo los precios bajísimos los que potencian la industria pirata en Perú, sino también la ubicuidad de sus distribuidores. Mientras que en Chile suele limitarse a un hombre de tez cenicienta y gesto nervioso, que con un esmirriado pañito presenta cuatro o cinco libros en una vereda, mientras mira a todos lados, listo para escapar a la primera aparición de las fuerzas del orden; en el país hermano los piratas se instalan tranquilamente en las escaleras de las iglesias, los paraderos de micros (combis), el centro de las plazas y hasta tienen sus propias librerías, iluminadas y orgullosas.

Descontando los males económicos que dicho sistema confiere principalmente a la industria, y solo secundariamente a los creadores (quienes siempre se llevan porcentajes menores de las ventas), cabe considerar que gracias a la piratería autores como Vargas Llosa, Bryce Echenique, Daniel Alarcón y más recientemente Santiago Roncagliolo son ampliamente conocidos en su país, quizás a un nivel que en Chile no hemos visto desde los años de la Nueva Narrativa. El nóbel peruano reconoce escandalizado que por cada libro original que vende en Perú, son seis o siete los piratas, lo que a la larga hace una bonita cifra de lectores.

El caso Bolaño es sintomático de lo anterior. Un escritor limeño, Julio Meza, me explicó que en Perú, fuera de los círculos literarios, Roberto Bolaño no es muy leído. La razón es que casi no ha sido pirateado. De igual forma, me dijo, los autores jóvenes hacen sus aproximaciones hacia los piratas, los buscan en los arrabales y hasta pagan por el “privilegio” de ser publicados a través de este medio extraoficial, que es, al final, la mejor forma de hacerse conocido.

Si quisiéramos ver que pasa en Chile, podríamos recordar lo que ocurrió con H. P. Lovecraft y Herman Hesse. Hace un poco más de una década hubo una editorial pirata que publicó a estos autores aprovechando que por antigüedad ya habían sido liberados de derechos de autor o que no había ningún agente con las ganas o la voluntad de perseguirlos. ¿El resultado?  La difusión atípica y exitosa de estos dos escritores, cuyos libros, pese a estar fuera de los cánones usuales, circulan ampliamente hasta nuestros días.

Al final, como somos uno de los países más desarrollados de América Latina, es imposible que la piratería logre asentarse de la forma que lo ha hecho en otros lugares y nuestro destino dicta que siempre debamos pagar de 15 a 20 mil pesos (el 10% de un sueldo mínimo) por el último libro de moda. Vaya privilegio. Sin embargo, creo que si las editoriales establecidas hicieran un esfuerzo por asimilar el modelo, a saber, haciendo tirajes de autores nacionales a precios populares, y más que nada, imitando la ubicuidad del mercado pirata peruano, instalando pequeños puestos de libros en el metro, galerías o malls, se podría ir contra la tendencia imperante que nos dice que en Chile se lee cada vez menos, y donde los altos precios, si bien no es el único problema, es uno de los principales obstáculos para el arribo y la continuidad de los nuevos lectores.

 

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