Revista Intemperie

El destierro de las rimas

Por: Pavlo Rojas
torre eiffel

Pavlo Rojas se pregunta por el desprecio de la musicalidad de la poesía nacional, acusa un triunfo del cerebro por sobre el corazón, y denuncia poemas “que parecen traducciones”

 

El otro día conversaba con el poeta Javier Aguirre sobre la circulación y recepción de la poesía entre los poetas emergentes del país. El tema había surgido más de una vez a propósito de cierto recelo de nuestros poetas por ciertas formas clásicas, particularmente el soneto. Aguirre es un poeta de talento y oficio; nacido en el viejo continente, domina más de una lengua romance y, por supuesto, el inglés. Aguirre es lo que se dice un poeta con conocimiento de la tradición, pero además con una sensibilidad única a la musicalidad del lenguaje.

El tema de la recepción de la poesía surgió, nuevamente, a causa de ciertos sonetos que le rechazaron en una antología, y repasábamos, otra vez, aquel desprecio de nuestra poesía emergente hacia las formas clásicas. Un desprecio al trabajo con las rimas. Un rechazo al trabajo acucioso con la métrica. Pareciera ser que la sensibilidad poética ha cambiado radicalmente desde hace ya un buen tiempo, y al parecer no existe poeta parado en este país que no encuentre anacrónicas, desalmadas, y vacías las formas clásicas mencionadas. ¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Qué es lo que pasó?

Partiré por lo más fácil, buscar un culpable en todo esto. El primer sospechoso se llama Vicente Huidobro. Este señor se encargó de traer la vanguardia francesa a Chile y ésta prontamente sacó su nacionalidad chilena. La transformación fue profunda, la poesía dejó de ser lo que era. Hasta antes de Huidobro, todo era metro, ritmo y musicalidad; después de Huidobro todo es imaginería, paisajismo, excentricidad. Los poetas después de Huidobro siguen deliberadamente el camino de una poesía intelectual. Los más osados, se juegan la belleza en la ruleta de la escritura automática; los más conservadores cayeron en el pesado laberinto de las citas y las alusiones literarias. Sea como sea, la poesía se escapó de la musicalidad de la palabra y se centró en la densidad de las ideas. Los que no pintaron los paisajes de la imaginación, se dedicaron a presentar una realidad torcida y fragmentada, salpicada de experiencias yuxtapuestas. Nada más alejado del lenguaje común que esta poesía experimental, torcida, conceptual. Todos le siguieron, salvo unos pocos. Así es como los poetas del circuito nacional enterraron los manuales de métrica española y se olvidaron para siempre de los diccionarios de rimas.

Pero ¿Qué es lo que pasa? ¿Hasta dónde llega la profundidad del cambio de foco? La cuestión es esta, la poesía dejó de trabajar con los sonidos para trabajar con los conceptos. A pesar de tener frecuentemente su lugar en recitales, ésta se encuentra ajena allí, porque se ha dejado de crear una poesía para ser escuchada. Hoy la poesía se escribe para ser leída. Por supuesto que hay creadores que trabajan en la dirección opuesta. Nicanor Parra ha sido el primero de ellos y tiene bastantes seguidores. Pero salvo el viejo padre antipoético, todos han rechazado la práctica del metro, el trabajo del ritmo, y la cuidadosa elección de las rimas. Triunfo de la escritura sobre la palabra viva. Triunfo de la letra sobre la voz, y del cerebro sobre el corazón. Los poetas actuales sobreestiman sus ideas y desestiman los efectos que puede producir el sonido mismo de las palabras.

Me comentaba Aguirre al respecto de las producciones poéticas de nuestra emergente generación: “a veces me parecen traducciones”. Y no es la primera vez que escucho esta crítica a un poeta. Ya en el taller de Javier Bello, en la Universidad de Chile, unos cuantos años atrás, escuché también el mismo comentario “esos poemas parecen traducciones”. Al parecer hemos caído en la escritura de una lengua insípida, llena de imaginación e inteligencia pero carente de aliento humano, constreñida en una razón que hace materia de las ideas más que de los sonidos de la lengua.

Tal vez se deba al alto costo de las publicaciones en nuestro país y a la difícil difusión de las pocas obras publicadas, lo que nos lleva a leer una y otra vez las traducciones de poetas extranjeros, que si bien pueden haber dado giros creativos a sus respectivas tradiciones literarias poco pueden hacer en español. Me pregunto si ese lenguaje de traducción proviene de esa falsa idea que afirma que los chilenos hablamos mal, de nuestro desapego y rechazo infantil al estudio de las formas métricas que durante más de diez siglos han marcado el ritmo de esa música que se despeña en el río de los hablantes del español, o de una falta de oído y de atención profunda a realidad misma de la palabra que se pasea por nuestras calles sin que sepamos reconocerla ni darle el lugar de honor que se merece.

 

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6 Comentarios

  1. Pilar González-Farret dice:

    ¿Será frustración disfrazada de rebeldía? Puede ser que el desafío de hacer un buen soneto no les acomode, y por no quedar en vergüenza inventan un texto lleno de cosas intelectuales y fanfarroneo, con la intención de distraer la atención del lector y que nadie note que en realidad, no saben escribir poesía. Lo que es a mí, me cuesta mucho, mucho, mucho, pero creo que en eso está el valor. Una simple conclusión: la poesía es valiosa porque cuesta trabajo, mientras que el vómito no cuesta nada, es sólo vómito… y este es mi humilde vómito.

  2. josé dice:

    Es verdad. Hoy todo es confesión íntima o reafirmación ideológica o sexual. Harto contenido, pero muy poco manejo con la música y la forma. Que, ojo, no tienen por qué ser necesariamente las formas clásicas. Hablo de un nulo manejo del ritmo y de la respiración en casi todos los poetas.

  3. Eduardo Farías A. dice:

    Si bien es cierto que la métrica no goza de mucha popularidad, sí se encuentra en la producción poética actual:

    La obra poética de Juan Cristóbal Romero, de Rafael Rubio, La enredadera mano de Gastón Biotti, Misal develado de Sebastián del Pino. Estos pocos ejemplos demuestran ue existe un uso de diversas esquemas métrico como el soneto, la sixtina, la elegía, etc., y que el autor del texto está equivocado.

    Negar el trabajo de la musicalidad en el verso libre es un argumento que tampoco se sostiene, pues esto radica en la conciencia de oficio que tenga un poeta. Hay que recordar que hay tres frentes para trabajar un poema, los cuales son la sintaxis, la semántica y la fonética. Podemos agregar la visualidad. El trabajo con la musicalidad no es terreno exclusivo de la métrica.

  4. E.G. dice:

    Esto no pasa ni por ironía.

  5. Fernanda Weinstein dice:

    Creo que acusar a Huidobro de ser el padre de falta de musicalidad es un error, o al menos una profunda falta de oído. Una cosa es abandonar las formas tradicionales, y otra muy distinta es que un poema parezca una traducción; cosa que, en esto sí adscribo, ocurre con muchísimos poemas contemporáneos. Pero no en todos: siguen existiendo poetas que cultivan -unos mejor y otros peor- la métrica tradicional y la rima. Y otros que, siguiendo la pista de Huidobro, buscan la música del español de otra manera.

  6. Fernanda Weinstein dice:

    Digo más: recuerdo una conversación con Rosa Cruchaga, conocida sonetista, en la que se acusaba a sí misma de tener mal oído. Le pregunté a qué se refería, pues hacía un rato había estado improvisando endecasílabos rimados como si nada. Me dijo: “es que esas son cosas obvias”.

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