Revista Intemperie

Infancia en dictadura

Por: Oscar Orellana
un nino desaparece

Al recuerdo de su infancia en dictadura, concurren a la memoria de Óscar Orellana imágenes de lluvia, hambre y muerte

 

En la única foto que tengo de cuando era niño (debo tener unos cinco años), aparezco abrazado a una gata. Es una foto en blanco y negro; sobreexpuesta, que tuvimos que pagar igual porque de lo contrario el fotógrafo del pueblo no podía entregarla. Se trata de un borrón hecho con demasiada luz, una mancha, donde nada puede ser ya de otra manera.

Cuando los demás rememoran su infancia siempre me sorprende la facilidad con la que recobran una fecha; un recuerdo aburrido destinado a perdurar. Si se distancian, es únicamente para corregir el color de un vestido, el nombre  de alguien. Para mí en cambio, es una época que tiene todo para alejarse de ella. Un paisaje que sólo puedo mirar desde lejos. Se vuelve al pasado como se vuelve a una mala fotografía.

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Llegué a Nueva Imperial cuando tenía seis meses, en los brazos de una madre adolescente que deseaba volver a marchase de ahí lo antes posible. Sandra, mi hermana mayor quedó con mi abuela, yo en tanto, fui destinado a la casa de una tía. En Nueva Imperial había una dictadura, una hecha de hambre y frío. Mi tía Norma no sabía de otras dictaduras, o quizá sí lo sabía pero nunca dijo nada. De ese pueblo donde la realidad pasaba de largo, recuerdo los días de lluvia y charcos, con inviernos que se alargan de tanto repetirse. El tímido fulgor del brasero, cuya luz corta por la mitad improvisadas repisas donde reposan inconmovibles, objetos y figuras: un arca de Noé en miniatura, en la que a casi todos los animales les falta su pareja, una mula donde se guardan cigarros, junto a la cabeza de una mujer africana cuyos gruesos labios sirven para sostener colillas, mientras el humo sale en espiral por sus orejas. Sobre todo, recuerdo el gesto airado de mi tía cuando una canción interrumpe en la radio una receta de cocina que ella anota metódicamente en un cuaderno, o alguna noticia acerca de la visita de Yiyi Avila, el predicador puertorriqueño que reúne a multitudes ansiosas de milagros; paralíticos que se levantan repentinamente de sus sillas de ruedas, gente desdentada que después abre la boca para exhibir sus nuevas piezas de oro y aparecer felices retratadas en revistas evangélicas.

Mi tía que no tiene plata para viajar hasta Chillán donde todas estas maravillas ocurren, se resigna a poner las manos sobre el aparato y me pide que oremos juntos esperando que su psoriasis al fin desaparezca. Mientras repite una oración, abro los ojos y la observo arrodillada,  pienso –aunque lo hago rápidamente, porque me parece mal hacerlo– que cae muerta frente a la gran caja de madera, llena de ropa y bolitas de naftalina. Ella, que sufre de jaquecas, no tolera ningún movimiento en la cama al acostarnos. Debo permanecer detenido en esa quietud alucinada durante horas. Por eso, para lograr dormir, para tranquilizarme, necesito imaginar que no respira.

A la tía con su nombre de tía, no le gustan los niños que hacen preguntas. Ella dice que Dios nos dará todas las respuestas, y que éstas, casi siempre serán en forma de castigo. No mires así a la gente. No vuelvas la cabeza, me repite cada vez que entramos a una iglesia. Una semana somos Evangélicos, la siguiente Adventistas, después Metodistas o Testigos de Jehová. Católicos nunca. Dice mi tía que esa no es religión para la gente pobre. A la parroquia sólo vamos a buscar queso y leche en polvo.

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Antes de irse definitivamente a Argentina para trabajar como empleada doméstica en Cipoletti, mi tía prepara el que será el primer encuentro con mi padre. Tengo siete años. Viajo solo. Llevo conmigo un bolso blanco que dice España 82. Todo este episodio surge brumoso en mi memoria, como una imagen que intento recuperar a través de la ventana empañada de un bus; postes, árboles, casas, que la velocidad borra de golpe del paisaje. Al llegar, los ojos agrandados por la curiosidad de esa mujer que es mi abuela paterna y que me examina desde una cama al entrar a su dormitorio; la piel granulada, repulsiva. Su boca que traga una porción de arroz con leche, la cabeza y el cuello divididos por la sabana como si no se tratara de un mismo cuerpo. Al día siguiente, más ojos que me miran, que investigan mi cara, detrás de puertas y cortinas, pero ninguna señal de mi padre. Pregunto por él y sólo escucho murmullos entre toda esa gente que desconozco. Me sirven té en unas tazas de vidrio amarillas durante tres o cuatros días. Mi padre nunca aparece. Cuando vuelvo a Imperial, mi tía ya se ha ido. Sandra, que no pasa de los doce años, deja cada noche la casa de mi abuela para acompañarme, hasta que un día aparece con toda su ropa; pequeña, flaca, como una alegría descuidada a la que me aferro largo rato y de la que no deseo separarme jamás. Vivimos solos desde ese momento, por nuestra propia cuenta.

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En 1987 regreso de mi segundo y último viaje a Talca. Acabo de cumplir once años. No debo olvidar eso. Una tía llamada Luisa me ha dicho que a su hermano se lo llevaron los milicos algún día de noviembre de 1976. Que lo metieron como un trapo lanudo, lleno de escarcha y sangre dentro de un saco y lo arrojaron desde un avión al mar. Que imagina la fuerza repentina del metal contra el vientre, las manos encogidas, el cuello de su camisa sucio por tantos días de encierro, el estallido de los órganos, el cuerpo dando vueltas y vueltas en el aire, como un pasajero triste que miente para no llegar a su destino. Que a mi abuela nunca le gustó esta versión de la historia y simplemente se negó a aceptarla. Que para ella, su hijo Oscar Emiliano, seguía vendiendo ropa en una caja de plátanos o quizá estudiaba para profesor en alguna universidad de Santiago. Así fue cómo aprendí el lenguaje brutal de la verdad. De la verdad, que nunca es un lugar exacto.

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Estoy parado frente media a docena de pequeños gatos muertos en el matadero vacío de Nueva Imperial. Tengo en la mano una huincha metálica y en la cabeza un deseo de llevarme ese trozo de metal a los ojos o a los testículos. Un trozo de metal brillante y frío que forma otro horizonte, una especie de plano mudo que sólo yo puedo tocar. Un trozo de metal que se ha desprendido desde una de las carpetas que encuentro en la basura del SAG, llenas de fotografías de animales enfermos, abiertos; caballos y cerdos, en su mayoría.

Ahora lo sé: soy un niño que desaparece. Sigo parado frente a esa media docena de gatos muertos que yo mismo he dejado cuidadosamente ahí, amontonados, luego de lanzarlos uno a uno contra el techo de la bodega de los Arévalo. Pero lo que yo quiero matar, no está bajo la piel trasparente de esos animales, sino en una zona más profunda, más difícil de alcanzar. Pienso en mi padre. Pienso en él como en algo mal cerrado. Tengo que ir más atrás, pero no me atrevo, por eso es que mis hallazgos apenas penetran en lo que de verdad quisiera escribir. Lo que me inquieta es la imagen del niño que ahora llora; no el por qué llora. El motivo, prefiero no verlo. Llora con el desconsuelo de los niños que se han perdido en una calle llena de gente.

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Es lunes en la escuela E-396 y el director anuncia que pronto tendremos una visita importante. No se trata de los opacos vendedores de Salo en sus fúnebres ternos, que cada mes se pasean curso por curso, sorteando láminas para álbumes que ninguno de mis compañeros puede comprar. El director insiste en el orden, con una sonrisa hinchada que se queda quieta en su cara. Yo soy el cuarto en la fila del quinto b y le tengo una antipatía especial, que ha ido creciendo desde que reunió a un grupo de alumnos para formar la brigada de transito. Me quedo con la mirada fija en la pareja detrás de él que custodia la bandera; en los ridículos gorros, en sus guantes y cinturones blancos, rígidos, como verdugos desahuciados. Por la tarde, todos ayudan a juntar plata para la fantasía minera que prepara el conjunto folclórico. El patio se llena de odaliscas y vaqueros (es la forma más barata de disfrazarse). Los que no van disfrazados, nos miran desde lejos, apoyados en la pandereta, y es como si de pronto, algo parecido a la humillación, les deformara el cuerpo para siempre.

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Estamos a punto de salir aquella tarde de otoño o invierno, cuando dos militares se acercan rápidamente y exigen detener todo. Preguntan cuál es la razón por la que se han apagado las luces de la escuela. El profesor de música les explica que somos mineros, por eso cada uno de nosotros lleva una linterna en la mano y una pequeña ampolleta adosada al casco, la que se encenderá al comenzar a bailar un trote tarapaqueño. Que no pasará de unos segundos, agrega. Después de algunas conversaciones, donde también participa el director, se inicia la presentación. Bailo sin mirar a nadie. Bailo con un entusiasmo que me aísla de todo. Brillo como una prolongación del dorado que emana de los uniformes de esos hombres sentados en primera fila. Un brillo que luego, se retira violentamente de mí.

A la mañana siguiente, intento acercarme a la biblioteca que el presidente nos ha regalado; una gran caja de madera con algunos libros, que el director mantiene cubierta con nylon en una sala cerrada y que permanecerá así por varios meses. La fantasía minera del profesor Flores se ha hecho famosa tras la visita de Pinochet. Los niños con sus cascos luminosos son por mucho tiempo los más aplaudidos en cada gimnasio municipal donde se presentan.

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Tal vez si yo hubiera tenido un padre borracho y alegre, uno de esos que llegan a medianoche con hambre habría comprendido más, y más pronto. Tal vez el daño no se parecería tanto a esta línea demasiado exacta que sigo con los ojos sobre la página, ahora, mientras escribo: el padre que no termina nunca de caer, la infancia, los años heridos, la muerte a la que damos de comer con una mano suave y tierna porque no estamos seguro de quién todavía vive allí.

Se puede vivir eternamente en el terror, sólo necesitamos una pequeña luz para iluminarlo.

 

Foto: Oscar Orellana

2 Comentarios

  1. Julio dice:

    Tal vez el daño no se parecería tanto a esta línea demasiado exacta…
    es raro como desde la mirada del niño inocente se logra pese a todo lo que se cuenta, algo bello, lleno de ternura y también la ingenuidad del humor

  2. Estimado Oscar:

    Mucho me ha gustado lo que escribiste, no por lo que cuentas, que es de una tristeza y soledad infinitas, sino cómo escribes.

    Tu forma de recordar la infancia se parece mucho a la mía, y aunque mis memorias claramente pudieran ser más “felices” que las tuyas, no están exentos de soledad y pena.

    Un abrazo.

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