Revista Intemperie

Por qué leer Lumbral, de Antonio Guajardo

Por: Roberto Onell

lumbral

Roberto Onell saluda con cinco dedos arriba el poemario debut de Antonio Guajardo, poesía como lumbre y como umbral.

 

1. Porque es un libro de poemas, y con ello nos referimos a un libro en verso, y por tanto confiamos, todavía confiamos, en que la escritura en verso puede alojar algo de la respiración de la existencia, algo del ritmo del planeta, algo del trajín más o menos desacompasado del animal humano sobre este mundo, algo del discurrir entrecortado del montón de voces que constituyen lo humano, lo inhumano, lo subhumano, lo sobrehumano y hasta lo deshumano, aunque en verdad, digámoslo, la sola constatación de la escritura versificada apenas garantiza, a estas pobres alturas, una cierta voluntad constructiva del nuevo poeta, y por eso mejor pensemos en otra cosa.

2. porque todavía antes de escucharlo oímos el magisterio de Rafael Rubio, aterrizado acá como prologuista o corresponsal pero en verdad erguido como profesor del taller donde Antonio Guajardo ha empezado a hacer sus armas poéticas, y esto significa nada sino una presencia tutelar, maestro o padrino, que acompañó efusiones y bocetos, preguntas y pasos, ejercicios y resultados, y así esa sombra, en su silencio subsiguiente, sugiere pues trabajo bien hecho, empeño decidido incluso en sus dudas, la marcha de un discernimiento entre la vida y las palabras que la cristalizan, aunque en verdad, digámoslo, el nombre de Rubio apenas garantiza, a estas pobres alturas, una cierta voluntad ejercitada del nuevo poeta, y por eso mejor pensemos en otra cosa.

3. porque el autor es un joven, un veinteañero, un santiaguino nacido en 1989, que esperamos irrumpa con voracidad sobre el cansancio que de cuando en cuando se recuesta en el tráfago de versos y más versos, en las regiones de prosas y más prosas, y que ansiamos se deje caer con veracidad sobre el páramo que de cuando en cuando avasalla tantas páginas que se autoproclamaron honestas o valientes, para quedar en la fatal evidencia de una retórica vacía, urdida a manotazos, a falta de modales incluso para saber portarse mal, aunque en verdad, digámoslo, la sola constatación de juventud apenas garantiza, a estas pobres alturas, una cierta voluntad de desperezarse en el nuevo poeta, y por eso mejor pensemos en otra cosa.

4. porque Lumbral tiene fondo, aunque quién no tiene fondo: quién no se ha caído, quién no ha querido volar, quién no ha buscado un sentido, quién no ha tarareado una cancioncita, quién no se ha sentido oscuro y sufriente, quién no ha contado historias interesantes, quién no se ha conmovido con algo conmovedor, quién no ha pintado paisajes con colores y palabras, quién no se aferrado a las palabras para enseguida apartarlas ofendido por su vaciedad, quién no ha pensado y deseado la propia muerte, es decir que quién no ha vivido alguna cosa de valor, semejante en todo a las cosas de estos poemas, y que por sí solas no alojan como poesía.

5. porque Lumbral tiene forma, aunque quién no tiene forma: alarido, lamentación, sentencia, anhelo, celebración, traqueteo, sonsonete, sotto voce, crescendo, derrames, triángulos, cuadrados, círculos y etcéteras, con el solo detalle de, digámoslo, que la métrica y el versículo campean, lo mismo que esquemas ancestrales y otros nuevos esquemas, con una libertad que está sabiéndose al servicio de la poesía, que no está confundiendo impulso con pulso, que no enreda ímpetu con intensidad, que empieza a traducirse en lucidez y no mera ocurrencia, que está sabiendo entregarse y hurtarse para regalársenos con la verdad ritual de estancias que casi siempre coinciden con sus huéspedes; porque, digámoslo, la escritura en verso, porque el buen magisterio, porque la juventud, se han hecho servidores de la causa mayor: que las experiencias se encuentren con el lenguaje que les corresponde, y así, aunque esa búsqueda continúe en algunos casos sin cuajar del todo, la poesía brilla genuinamente en Lumbral (Santiago: Pfeiffer, 2012): la seguidilla de preguntas que es “Caer o estar volando”,  las sextinas “Elemental” y “Sin sentido” y “Ubi sunt”, el soneto “Niño de pies descalzos”, la meditación autocontenida y autoexplosiva que es “Hong Kong”, por ejemplo, dejan celebrar la poesía (Lumbral como lumbre) y, todavía más, hacen desearla (Lumbral como umbral) en cuanto fruto de un cultivo de rigor y ardor en sabia correspondencia.

 

Lumbral

Antonio Guajardo
Pfeiffer, Santiago, 2012.

Un comentario

  1. Consuelo Nikolazza dice:

    Estoy tan orgullosa de tí Toñito 😀 !!!!
    ESE ES MI AMIGO!

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