Revista Intemperie

Las disfunciones del “modelo” de la modernidad, en El capote de Gógol

Por: Felipe González Alfonso
el capote

 

La anécdota es conocida, pero la resumo. Akaki Akakievich es un insignificante, humilde copista que trabaja en las dependencias de un ministerio en San Petersburgo y sufre sin chistar la crueldad de sus compañeros. Las inclemencias del invierno ruso, lo obligan a adquirir un nuevo abrigo (o capote), lo cual para él, pobrísimo funcionario, implica un descomunal desembolso de dinero. Con esfuerzo sobrehumano y siguiendo expectante la labor del sastre Petrovich, finalmente obtiene un nuevo capote. Sus compañeros de trabajo lo presionan a celebrar el acontecimiento en la lujosa casa del ayudante del jefe. Al regresar a su hogar luego de la celebración y en medio de la noche, Akaki sufre un asalto y pierde su abrigo. Producto del frío, la negligencia de las autoridades y la desesperación, Akaki contrae una fiebre y muere en pocos días. Posteriormente su espectro se aparece cerca del puente Kalinkin y roba a los transeúntes sus capotes.  

El nombre del padre 

Al inicio del relato, la madre de Akaki, anciana parturienta (cosa rara pero significativa: representa el espíritu del ancien régime), busca un nombre para su hijo. Los inusuales del almanaque no le parecen y termina escogiendo el de su marido. Un arco simbólico se traza entre esta escena y el momento en que Akaki, lleno de ilusión, decide mandar a confeccionar su capote. Son los únicos dos instantes de su vida en que el futuro parece presentarle un abanico de posibilidades. Esto, en la medida en que el narrador sugiere que algo se estaba definiendo en la elección del nombre, por un lado y, por otro, nos dice explícitamente que al encargar su abrigo “Akaki se tornó más vivo y más enérgico, como quien se ha propuesto un fin determinado”.

Sin embargo, así como la posibilidad de adquirir un nombre fuera de lo común —un destino propio—, se cierra cuando la (“vieja”, “anciana”) madre de Akaki escoge el nombre del padre, del mismo modo la posibilidad de renovación material y espiritual abierta por la compra del capote termina finalmente truncada por el robo. La conservación del nombre paterno es la metáfora de la conservación de las viejas jerarquías e injusticias, impermeables a las promesas de la afrancesada modernización que Akaki observa cuando se dirige desde su barrio miserable hasta la lujosa casa del ayudante (aparece el arte y la belleza: ve un cuadro en un escaparate y —representada en él— a una hermosa mujer). La incorporación de los pobres al ritmo de la vida moderna se encuentra negada de antemano por el nombre de su clase social. Creo que la posición de Gógol frente a esto se manifiesta en su estilo “antifrancés”, según la descripción de Alfonso Calderón en la presentación de Quimantú, y, más específicamente, en su tratamiento irónico de ciertas convenciones literarias.

Contra el cuento de la modernización

Hay tres momentos interesantes en que el narrador se burla de las modernas convenciones realistas en boga, venidas de París. Primero, cuando le promete al lector que la rareza y rebuscamiento del nombre de Akaki Akakievich no se debe a una jugarreta literaria, sino al capricho de una madre de carne y hueso. Segundo, cuando, refiriéndose al sastre Petrovich, siervo emancipado, nos dice que podría evitarse su descripción, pero ya que las convenciones lo imponen “no queda más remedio que hablar también del sastre”.

Evidentemente los dos casos se contraponen: en el primero el narrador jura veracidad; en el segundo agacha el moño ante los formalismos. Se trata de un sujeto nada fiable y esto se confirma en el inesperado giro que toma el relato realista cuando muere Akaki y aparece su espectro. El narrador anticipa que, como compensación a su vida anónima, Akaki comenzará a llamar la atención desde una nueva vida, y añade: “…es así y aquí se produce en nuestro sencillo relato una mudanza inesperada y muy fantástica”. El narrador “realista” comete aquí una aberración con todas sus letras al confesar sin tapujos que ahora cambiará de registro y, de hecho, irrumpe el absurdo y lo kafkiano antes de Kafka.

La penosa progenie de Akaki

Akaki es feliz copiando. Cuando, gracias a su intachable dedicación, se le encarga redactar un informe basado en un modelo al que sólo debe modificar los pronombres, Akaki colapsa y exclama: “¡No!; prefiero que me den algo para copiar”. Esta frase prefigura a uno de sus famosos descendientes que diez años después dirá insistentemente: “Preferiría no hacerlo”. Akaki prefiere copiar a improvisar y tartamudea, Bartleby prefiere no hacer nada a copiar y casi no habla. En el siglo siguiente, Gregorio Samsa, vendedor viajero, ya apenas podrá moverse y sus palabras se verán limitadas al asfixiante discurrir de su conciencia de insecto. Los tres terminan muertos por la incomprensible crueldad de la vida moderna, por el arribismo y las mezquinas ambiciones de sus pares que no toleran otra actitud ante la vida que la brutal competencia.

Luego de la muerte de Akaki, el narrador  comenta que el desinterés del mundo por el pobre copista, fue incluso menor al que padecen las moscas, que al menos tienen el cuidado de los naturalistas. Si Dostoievski, refiriéndose a los grandes de la literatura rusa, dijo: “todos salimos de El capote de Gógol”, esto también es, en cierto sentido, extensible a Kafka. Aquí parece estar el germen de La metamorfosis; lo que en El capote es una comparación, deviene en la novela una completa identidad entre funcionario y bicho. El germen kafkiano emerge igualmente en la escena en que se manda a buscar al atroz desertor Akaki, y sólo entonces conocen sus compañeros la noticia de su muerte; y además cuando la policía —con lo cual el relato adquiere ribetes absurdos— se esfuerza en dar con el espectro del, ahora, ladrón de capotes, para someterlo, “vivo o muerto”, a un castigo ejemplar. Así como no importa la transformación de Gregorio Samsa en un asqueroso bicho, tampoco es relevante que Akaki esté muerto. Lo preocupante es, primero, su ausencia laboral y, luego, la imposibilidad de que el fantasma purgue su delito. Sin embargo, muy pronto Akaki será reemplazado por otro copista, porque, como sucede en el cuadro Golconda de René Magritte, los funcionarios llueven y son todos iguales.

El sentido del trabajo

En “El capote” hay una crítica permanente a las rígidas jerarquías sociales, a las inflexibles convenciones de las cuales son víctimas incluso los supuestamente más favorecidos. El general que, envanecido hasta el delirio por la dignidad de su título, se niega a ayudar a Akaki cuando este denuncia el robo de su capote, sufre tanto el peso de su rango como Akaki la pobreza y la injusticia del suyo. En su oficina abusa sin miramientos de sus subordinados, pero en las reuniones sociales no sabe cómo actuar ante ellos y es “realmente digno de lástima, tanto más cuanto que él mismo tenía la impresión de haber pasado el rato de una manera mucho más agradable”. Sin embargo, hay un momento en que las relaciones humanas escapan a la mecánica brutal del abuso y la competencia, y es cuando Akaki y el sastre Petrovich, luego de limar asperezas, trabajan conjuntamente en la confección del capote. Por primera vez el trabajo de ambos adquiere un sentido y un horizonte definido, y esto los cambia a ambos y por un momento los hermana: “Akaki se tornó más vivo y más enérgico, como quien se ha propuesto un fin determinado” y el sastre “En su fisonomía tenía una expresión de dignidad que Akakievich nunca le había notado”. El trabajo alienado se difumina ahí donde los hombres reconocen la importancia del esfuerzo ajeno y saben cuál será el fruto de su labor en el marco de un proyecto común.

Coda

Pero como Gógol no quiere dejar al lector con una cómoda sensación utópica, se vuelve “realista” en su giro fantástico y nos dice que, así como están las cosas, los grises funcionarios seguirán alienados incluso hasta después de su muerte, tal como sucede al espectro del pobre Akaki, obsesionado por la protección y la dignidad que, en forma de abrigo,  apenas pudo tocar cuando le fueron arrebatadas por una engañosa modernización cuyas promesas universales realmente no alcanzan para todos. Lo que en el fondo aniquila a Akaki es el impacto entre un mundo donde aún las cosas estaban humanizadas y otro donde los humanos comienzan a ser despiadadamente cosificados. Rilke alcanzó a percibir este shock de manera notable en su carta a Witold von Hulewicz: “Todavía, para nuestros abuelos, una casa, una fuente, una torre familiar, hasta su propio traje, su abrigo, eran infinitamente más, infinitamente más familiares, casi todas las cosas eran un recipiente en que se encontraban con lo humano y acumulaban lo humano. Ahora nos llegan desde los Estados Unidos cosas vacías e indife­rentes, simulacros de cosas, apariencias de vida… Una casa estilo americano, una manzana o unas uvas nada tienen en común con la casa, el fruto, las uvas en que nuestros antepasados ponían sus esperan­zas y su pensamiento”.

 

Foto: El capote, ilustración de Noemí Villanueva (Nordica libros)

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