Revista Intemperie

El fin de Pablo Neruda: ocaso y muerte de un poeta en medio del caos de la dictadura

Por: Mario Valdovinos
pablo neruda 1943

A propósito de la investigación en curso por las verdaderas causas de la muerte de Pablo Neruda, el escritor Mario Valdovinos hace una crónica sobre los últimos meses de la vida del vate

 

La muerte de Neruda ocurrida el 23 de septiembre de 1973 en la clínica Santa María, congregó en el momento del funeral a cerca de dos mil personas que fueron a despedir al poeta y, de paso, a protestar y a gritar consignas contra la dictadura, recién enquistada en el país tras un golpe militar con la asesoría de Estados Unidos y comandado por Augusto Pinochet. Neruda había regresado desde Francia, herido dos veces: por el cáncer prostático, ya ramificado, y por estar enamorado de la sobrina de su esposa, Alicia Urrutia. Desde su casa de Isla Negra, Neruda miraba a través del ventanal de su dormitorio del segundo piso la llegada de la primavera, con los binoculares el vuelo de las aves marinas y, en un televisor blanco y negro, las alarmantes noticias.

Oía también en una pequeña radio a pilas, oculta bajo la almohada, la verdad: asesinatos en masa, represión en los centros de trabajo y las barriadas, miedo y violencia contra la población indefensa. El ruido de los helicópteros y los balazos intermitentes atravesaban la noche y el país estaba bajo estado de sitio, con toque de queda y suspensión absoluta de toda garantía constitucional. Había centros de confinamiento en la capital y todas las provincias, torturas y una atmósfera propia del triunfo de la muerte.

Las interrogantes sobre si el deceso de Neruda fue acelerado en la clínica persisten hasta hoy. La política de la Junta Militar contra los adherentes al gobierno de Allende, recién depuesto, era de sumisión o exterminio contra sus dirigentes. El gobierno de la Unidad Popular había generado una carga de expectativas y reformas sociales imposibles de cumplir y acto seguido, consciente o no, desató la cabalgata de los demonios que lo aniquilarían. Lo había profetizado más de un siglo antes Marx: la historia tiende a la tragedia, pero su repetición es una farsa. Miles de víctimas, un palacio de gobierno bombardeado, el presidente muerto, un país en ruinas.

Hasta entonces Neruda había sido candidato a presidente y publicado un libro contra el imperialismo yanqui incitando al nixonicidio del delirante genocida de Vietnam, Richard Nixon. Los jóvenes de esos años veíamos al poeta como un líder moderado, con una postura humanista y lúcida contra la inminente guerra civil, aunque algunos sectores de ultra izquierda lo denostaban por su condición de reformista, autor de versos anacrónicos en lo político y trasnochados en lo literario.

Para nosotros el proceso de cambios era una ley histórica irreversible, nadie nos trancaría el paso ni podía haber transacciones en el avance de las masas. El martes 11 de septiembre de 1973 tuve en la mañana, clases sobre el Martín Fierro y la poesía gauchesca, con Antonio Skármeta, y por la tarde lo que anhelaba toda la semana: el seminario sobre la poesía nerudiana impartido por el eminente profesor Hernán Loyola. En ese espacio crepuscular y al que le consagrábamos tres horas seguidas, si bien con frecuencia se prolongaban hasta bien entrada la noche, desde entonces cruzada por rumores y disparos, huelgas, atentados y apagones. El maestro Loyola deslumbraba con su palabra clarividente, su sencillez, su postura tenaz en favor de los cambios que experimentaba el país, tópicos que ocupaban el primer plano de las conversaciones. Pero también aplicaba una visión horizontal en torno a la tarea poética emprendida por Neruda sobre el pasado y el porvenir del país. En la perspectiva planteada por Loyola estaba el hombre, su circunstancia, la historia, la ideología, el misterio de la creación, el análisis de los versos y las etapas de su poética. Neruda íntegro.

En sus meses finales, y como embajador de Allende en Francia, Neruda debió negociar, junto a Jorge Edwards, ministro consejero, el embargo de varias partidas de cobre retenidas por las empresas estadounidenses, a propósito de la nacionalización del cobre. Quedaron a cargo del complejo y delicado problema ¡dos escritores! que lo hicieron mejor que los especialistas. Neruda muy enfermo, decaído, flaco y con dolores que le taladraban el cuerpo, asistía a las reuniones hasta donde era capaz de soportar. La defensa de Chile se basaba en que las compañías estadounidenses, en especial la Braden Copper Corporation, habían obtenido utilidades exageradas y las empresas sostenían que el Estado de Chile debía indemnizarlas. Neruda dialogó con el presidente Georges Pompidou, en el palacio del Elíseo, sobre el candente asunto. Tuvo la precaución de llevar un ejemplar de Cien años de soledad recién traducido al francés, pues sabía del pasado literario del derechista presidente Pompidou, autor en sus años mozos de una célebre antología de poetas de su país. No pudo ser una entrada mejor para tratar, de fondo, el problema del cobre. Tras recordarle al poeta que el poder judicial es independiente del ejecutivo, se despidieron, señalándole que estudiaría las posibilidades. Días después fue levantado el embargo.

El sábado 22 de septiembre de 1973 lo visitó en la clínica Nemesio Antúnez. Neruda estaba totalmente lúcido y se daba cuenta que los militares se quedarían largo tiempo en el poder. Murió al día siguiente, sin padecer el horror de la dictadura.

De lo que puedo recordar, no hubo clases ese día.

 

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