Revista Intemperie

Jóvenes, aún

Por: Juan Carlos Echazarreta
cuando eramos jovenes 2

cuando eramos jovenes

Juan Echazarreta pone los cuentos del inclasificable, polémico y también prolífico Francisco Díaz Klaassen en su antología personal de los mejores cuentos chilenos del último tiempo y avisa: “en Chile se están escribiendo unos pocos buenos cuentos”.

 

1. En las páginas de Cuándo éramos jóvenes, del chileno Francisco Díaz Klaassen, se respira una terrible sensación de vacío. Un vacío encañado, lárico, que pesa, que raspa, que duele. Un vacío apenas asible en los intersticios de los recuerdos. Recuerdos que trazan una historia, muchas historias; historias que naufragan y otras que se alzan como archipiélagos macabros en un continente errado/errante. Archipiélagos que sólo se sustentan en otro tiempo, en el pasado. O mejor: en la edición de un pasado que se instala en el presente como abismo. Como un serrucho que te parte en cero. Un cero que es todo, y que es nada. Algo que se me antoja como un vacío doloroso, rasposo, astroso, cuya estela no para de girar en círculos. Un vacío que los poetas bien saben cargar con aplomo, hasta que los aplasta. Hasta que los revienta. Y entonces todo, incluso la jodida nada, desaparece.

2. “Que feo asunto, cuando tu pasado te da la espalda.”, señala el escritor en la página que abre esta palpitante colección de relatos. En este sentido –y perdóneme que mezcle perros con ovejas–, Díaz Klaassen bien podría ser la oveja descarriada de “los perros románticos”, pues, el autor de El hombre sin acción opta por darle la espalda a su pasado. Cae, pues, en lo inevitable: mirar hacia al presente. Y de ese ejercicio nefasto, y a la vez necesario, nadie sale ileso, así, apenas Diaz Klaassen clava la vista en el presente se queda ciego. Cierra: “Así que miro al presente. Me concentro en sus rostros y en sus formas. Enfoco bien. No veo nada, tampoco.”

3. El autor de 28 años, señalado por la Feria del Libro de Guadalajara como “uno de los 25 mejores secretos guardados de la literatura latinoamericana” (cosa que a mí me importa un comino, y parece que a las grandes editoriales también), narra prodigiosamente bien. Tiene buena pluma, como dicen los vejetes. Corrijo: tiene buena tecla (ve que no estamos tan viejos, Diaz Klaassen, mientras se nos ponga enhiesta, a lo menos). Una tecla trepidante, indomable, despiadada, que logra ser sencilla y elegante a la vez, es decir, que alcanza lo más difícil: ser sutil. Por otra parte, su tecla (prosa) es mucho menos narcisa que sus narradores (personajes). Estos, narcisos o no, se imponen y consiguen sumergirnos en esa estética del desencanto que el escritor propone, pues sus relatos generalmente avanzan a un ritmo estimulante, punzante, y están alicorados de una equilibrada dosis de lucidez, de ingenio y de delirio, al servicio de una angustia rampante. El narrador recurre a la autoficción como método narrativo. Pone su yo al servicio de la ficción, y lo desdobla varias veces, en relatos que no se ciñen a ninguna linealidad temporal, pero que escarban siempre en el mismo tema: la angustia de lo efímero, la soledad, el fracaso: el vacío del hombre que le da la espalda al tiempo, o viceversa. No obstante esto, ese yo atribulado le resta gravedad a su propia pesadumbre a través de un franco sentido del humor; un humor afilado, quemante, pendenciero, a veces pretensioso, pero desternillante al fin y al cabo. “En París fui a ver a Jodorowski, que leía el tarot gratis en una plaza pública, en compañía de su compañera. Cuando le conté mi historia, se ofreció a leerme el ano. Le agradecí el ofrecimiento, pero decliné de su oferta, sabedor –consumado lector de anos yo mismo–  de que era otra cosa la que buscaba en mis pantalones.”

4. Me pregunto si Díaz Klaassen será una cruza entre Tellier y Bob Dylan (pero no) o quizá una entre Rodrigo Lira y Lasalvia (no, pero vamos mejor). Me pregunto si.

5. El menú de relatos que nos ofrece este libro es variado: desde los alunados “Cuando me vi enfrentado a los hombres de Praga” y “Cuando mi madre se llamó Karlusha, pasando por otros más intimista como “Cuando mi abuelo me maldijo con su conocimiento”; y por otros de corte definitivamente popero como el hilarante y mariconazo “Cuando conocí a Salas”, hasta el descollante “Cuando odiábamos tanto a Zeta”, relato que merece una mención aparte: se trata, pues, de 3 escritores roídos por la envidia que llegan a la convicción de que ya no pueden seguir viviendo a la sombra de Zeta, el escritor de moda, el que no les deja bocado alguno, el que les roba las luces y los hace sentir humillados, superfluos, mediocres, giles. “Tenemos que escapar de Chile”, se dicen. Y así lo hacen, y entonces cada uno toma su propio rumbo. El narrador es quien lleva más lejos su obsesión y entonces termina por asentarse en Alaska, convencido que debe escapar de su lengua natal: el español, que, según sus ideaciones monomaniacas, se halla sobrepoblado por la sensibilidad literaria de Zeta. Así, el escritor confinado en el último lugar del mundo, intenta aprender el lenguaje esquimal de los Cupit y en el camino se enamora de una aborigen teenayer de nombre Yupín: una gordita chinesca que le lleva grasa de ballena por si se cae al mar. Sin asomo de duda, “Cuando odiábamos tanto a Zeta” tiene un lugar dentro mi antología personal (arbitraria de puro personal) de los mejores cuentos chilenos del último tiempo. Allí, al lado de “una chica indie” de Daniel Hidalgo, de “la antártica empieza aquí” de Benjamín Labatut; al lado de “la educación” de Marcelo Leonart y de la carveriana “muerte del canguro” del señor Roncone, se ubica también este cuentazo del ya no tan joven, pero todavía impresionable, Francisco Diaz Klaassen. Anótese: en Chile se están escribiendo unos pocos buenos cuentos.

6. Al final del libro, el narrador sale derrotado. En tal sentido, sentencia: “todo el mundo, se me ocurre, tiene pasados que no destiñen al compararlos con el presente que yo les ofrezco. Yo ya no soy ninguna novedad. Ya no soy el primer nada. Ya no soy el más nada.” Quizá el presente no sea más que inventarse un pasado más o menos coherente –ojalá no tan coherente– que sea capaz de dejar constancia de que alguna vez fuimos alguien. Y en esto sí que triunfa Diaz Klaassen, pues Cuándo éramos jóvenes resplandece al menos durante un par de segundos dentro de esa densa niebla que llamamos narrativa chilena. A fin de cuentas, los escribidores de la plaza debiesen saber de antemano que la buena literatura es sólo para unos pocos, y, sobre todo, antes de sentarse a escribir, tendrían sopesar la lamentable circunstancia de que la narrativa chilena se lee solamente entre escritores, críticos masoquistas y uno que otro lector fanático, como en un club de primos. Y si, a pesar de todo aún les quedan ganas de escribir, pueden ir considerarse ya escritores. Eso ya es mucho.

 

Cuando éramos jóvenes

Francisco Díaz Klaassen
Sudaquia editores, New York, 2013.

Un comentario

  1. K dice:

    ¿Qué es “mariconazo”?

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.