Revista Intemperie

La tristeza de Paul Auster

Por: Andrés Olave
here and now

 

En Aquí y ahora, libro que contiene las misivas que por cuatro años intercambiaron J.M. Coetzee y Paul Auster, estos escritores –suerte de puntas de lanzas de la literatura de los últimos años–, repasan y conversan una variedad de temas, como la amistad, los deportes o la crisis económica. La conversación entre los dos gigantes avanza con cierto acartonamiento, quizás demasiado pauteada pero sirve para no experimentar la incomodidad de estar leyendo correspondencia ajena. Todo marcha en orden, como una cátedra universitaria. Eso hasta que la sombra de la vejez y la melancolía se cruzan en el camino.

El Nóbel sudafricano J.M. Coetzee tiene 73 años. Paul Auster, a quien siempre vi como un autor joven, ya tiene 66. Vidas plenas, éxitos literarios inigualables, donde todas las metas parecen cumplidas y sin embargo donde la preocupación acecha. Sobre todo en cuanto al estado deplorable de nuestras artes y cultura, las que Coetzee considera que desempeñan un papel cada vez más pequeño en nuestra vida interior  y a lo que Auster contesta:

“…cuanto más considero la cuestión, más deprimido me pongo: abrumado por la sensación de que he estado escribiendo un obituario de mi propia época, de mi propia vida. 

Algunos de los enfoques que he intentado aplicar son: 1) análisis del capitalismo triunfante; 2) victoria de la cultura popular sobre la alta cultura; 3) el derrumbe del comunismo y con él el desmoronamiento del idealismo revolucionario, del concepto de que la sociedad puede reinventarse; 4) la muerte del modernismo.

Podrían encontrarse respuestas explorando estos temas, pero lo único que he encontrado es tristeza.

Pero tienes razón. Se ha perdido algo que antes estaba ahí. No sé si los culpables de tal pérdida son los propios artistas.  Probablemente intervengan demasiados factores para que pueda echarse la culpa a alguien en particular. Una cosa es segura, sin embargo: la estupidez se ha incrementado en todos los frentes.”

Si bien Auster anota en la misma carta que los artistas y escritores proliferan, no deja de recordar que el público que les presta atención se ha reducido con los años. De igual forma, en nuestra realidad local la literatura al menos pareciera gozar de buena salud en ese aspecto: no hay semana que una novela, libro de cuento o de poemas sea publicado, y se podría decir que nuestros artistas siguen trabajando independiente de ese oscuro manto que parece ser los resultados o la recepción del público.

Si hubiese que plantearlo de forma tajante habría que decir que asistimos al oscuro fin de una época. Como pararse junto a la ventana a ver como se aproxima la tormenta. Ya ha ocurrido otras veces. Pienso en el discurso de las olas de Hunter Thompson que aparece en Fear & Loathing in Las Vegas a propósito del fin del sueño de los sesenta, la época en que la libertad y la idea de fraternidad del movimiento hippie hicieron, por un instante, creer a todos que se podía erigir un mundo distinto. O cuando en el documental Live Forever sobre el auge y caída del britpop en los noventa, Noel Gallagher y Jarvis Cocker expresan su contrariedad y molestia por una época dorada que luego se les escapó de las manos.

Sin embargo, el momento presente de la cultura, plagado de distracciones, luces e hiperconectividad no debería ser considerado el fin de la literatura. Es más bien una suerte de regreso a casa, la vuelta de la literatura a las parcelas privadas de las elites intelectuales.  Una amiga me recordó el otro día que la expansión del público lector solo comenzó a mediados del siglo XIX y solo en el siglo XX la alfabetización fue un derecho universal. Hoy en día, la alfabetización ha visto su eficacia disminuida por culpa del analfabetismo funcional: la gran mayoría sabe leer pero sólo una minoría entiende lo que lee. Ergo: la literatura ha perdido su lugar entre el gran público. Lo mismo podría decirse que ya ocurrió con la música clásica, la pintura, la escultura o la danza. El cine –el último bastión de las bellas artes– ha sufrido una transformación radical, de pasar a ser un genuino arte a una suerte de diversión de parque de entretenimiento, con películas donde las tramas retroceden a un segundo o tercer plano, en pos del desarrollo de la acción física, peleas, persecuciones y juegos sexuales.

Supongo que toda esta avalancha de barbarie es suficiente para entristecer a Paul Auster y a J.M. Coetzee. La plataforma cultural que habitaron y amaron durante gran parte de su vida está desapareciendo frente a sus ojos. Pero al menos ellos tienen de su lado la seguridad y la distancia; retirados en sus torres de marfil, pueden deplorar nuestra realidad sin mayores riesgos. Podría decirse que habitan su propia dimensión, mientras que nosotros, que no hemos superado en absoluto nuestra época sino que estamos totalmente inmersos en su extrañeza, somos arrastrados por las arenas del tiempo, de regreso al medioevo, o acaso, a un mundo completamente nuevo: paraísos hipster, banalidad lun, hiperrealidad de google vaya saber qué sorpresa aciaga nos tiene deparado el destino.

 

Foto: portada Here and Now, Faber and Faber, 2013

 

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