Revista Intemperie

La experiencia poética a veces pide versos y a veces, prosa: una entrevista a Verónica Jiménez

Por: Arnaldo Pérez Guerra
veronica jimenez

La poeta Verónica Jiménez habla de su incursión en la narrativa, de la edición independiente y de los nuevos formatos del libro

 

Verónica Jiménez es una poeta reconocida en nuestro panorama literario. Con la reciente publicación de su novela Los emisarios (Piedra de Sol, 2013) ha conseguido ampliar su registro hacia la narrativa y pronto publicará, por el mismo sello en el que colabora, el ensayo Cantores que reflexionan. Cultura y poesía popular en Chile, un libro que analiza la producción de los poetas populares en torno a temas como la Reforma Agraria y la Dictadura, y con el que obtuvo el Premio Mejores Obras Inéditas del Consejo del Libro en 2012.

¿Cómo es eso de pasar de la poesía a la novela y luego al ensayo? ¿Es tan simple saltar de un género a otro?

La experiencia poética a veces te pide versos y a veces, prosa; si te dejas llevar por esa intuición, la escritura se vuelve amable, no necesitas forzar la entrada a uno u otro género, porque vas precedida por un impulso más que por la voluntad.

En Los emisarios, hay algo de la veta intimista de tus poemas, están también el tema del amor y el desamparo.

Bueno, a diferencia de mis poemas, que pretenden entregar más luces que oscuridad, esta es una novela que transcurre en una atmósfera opresiva, en penumbras, como la propia conciencia de la protagonista, una mujer casi muda, que se apoya en el alcohol para seguir en pie y que ha encontrado en la escritura un sustituto de la vida. Quise abordar el tema de la soledad existencial, a partir de un personaje que siente, muy intensamente, que todo en el mundo le es ajeno, y que se aferra a la única conexión trascendente que ha tenido, a través de una fugaz historia de amor.

Es llamativo que el lenguaje sea tan vertiginoso y poético a la vez.

El pensamiento es vertiginoso comparado con la conversación. Intenté trasladar ese vértigo a la narración y mostrar cómo se encadenan las visiones dentro de una conciencia que habla consigo misma, incluso cuando interpela al ausente.

La novela recurre al melodrama. ¿Qué quisiste lograr con eso?

Sí, está en clave de melodrama: hay cartas, letras de canciones, poemas, e-mails, registros que de algún modo solidarizan con cualquier historia de amor, pero que en este caso muestran a alguien que proviene de un espacio popular, donde la banda sonora de la vida son las canciones en español. Hay un juego con eso en la narración, con la forma en que las canciones en inglés o en español pueden mostrar el lugar que ocupas en el mundo, algo que sirve también para configurar la historia de amor entre dos personas que se reconocen a partir de un origen común. Quise que eso estuviera ahí, de forma muy sutil.

En el ensayo que vas a publicar ahora trabajaste con la poesía popular. ¿Qué te llevó a eso?

Quería simplemente comentar un tipo de poesía que no es acogida públicamente y que entrega una interpretación de la realidad distinta a la que ofrece el mundo intelectual burgués. Hay poemas en décima que a mí me parecen conmovedores, como el “Contrapunto del patrón con el inquilino”, de Leoncio León, “Otra pausa”, de Domingo Pontigo, que habla sobre el Golpe de Estado, o “Los desaparecidos”, de Sergio Vera Morales; son textos en los que se expone una dimensión ética y estética que vale la pena conocer. Creo que hay una sordera generalizada frente a este tipo de poesía y, por otra parte, una atención un poco majadera ante cualquier texto que se relacione con inmigrantes europeos. Al parecer nos gusta pensarnos como personas con un origen más prestigioso, entonces la etnografía poética va en una sola dirección.

Pero tú segundo apellido, Dotte, es italiano…

Probablemente la mayoría, si escarba un poco, encontrará algún antepasado extranjero, es algo que tiene que ver con la formación de este país y con procesos históricos más o menos violentos. A mí interesan cosas que no puedes leer en los apellidos. Mi abuelo esculpía lápidas, y su entendimiento amoroso con la muerte es algo que de alguna manera arraigó en mí y sobre eso me interesa escribir, pero no me gustaría acercarme a un tipo de discurso aculturado.

“Hace falta convicción para apostar por la edición independiente”

Has trabajado como editora y ahora estás coordinando un diplomado en edición. ¿Crees que son necesarios los estudios formales o basta con la práctica?

Sí, es un diplomado en la Universidad de Chile. Creo que tanto los estudios como la práctica son parte del oficio de un editor, de su compromiso con los lectores y con los autores, y en esa definición caben todas las instancias que te permitan hacer mejor tu trabajo. Un editor es, por definición, una persona que siempre quiere aprender y ampliar su mirada sobre el contexto.

En los últimos años han surgido muchas editoriales independientes, ¿qué opinas de ese fenómeno?

El mundo editorial tiene la capacidad de reflejar lo que sucede en la sociedad. Desde el momento en que una o dos ideas o visiones de mundo intentan imponerse al grueso del cuerpo social, surgen editoriales, porque es a través de ellas que los contenidos que no están siendo difundidos, sino más bien sofocados por la visión imperante, pueden ver la luz. Así nacieron Einaudi o La Pléyade, o más recientemente Anagrama, aunque finalmente fueron colonizadas. Nosotros tuvimos la experiencia extraordinaria que fue Quimantú, que amplificó el público lector y derribó, mientras duró, el tabú de la lectura como una práctica de ciertas élites.

Desde hace algunos años, estamos presenciando la concentración de la industria editorial en dos o tres Holdings que nos ofrecen entretención, pero que dejan poco espacio a contenidos más serios, como el ensayo o la literatura, y particularmente la producción local, entonces lo normal es que se creen sellos que traten de publicar lo que estas empresas no publican. La otra opción es que los autores locales produzcan libros entretenidos y consigan ser publicados por los sellos comerciales.

Muchas editoriales independientes tienen una corta duración. ¿A qué crees que se debe esto?

Si tomamos en cuenta lo confuso del panorama editorial chileno, las deficiencias de la crítica, los problemas de financiamiento y de distribución, hace falta mucha convicción para apostar por la edición independiente. La dificultad más evidente es la presencia aplastante de los grandes grupos. A las editoriales locales les cuesta mucho actuar en un escenario copado por empresas que cuentan con enormes capitales para promover sus libros y que, además, se benefician de algunas decisiones sobre promoción del libro en este país. Es muy ilustrativo el caso de las compras estatales. Si tú imprimes mil 500 ejemplares de un título, el Estado te compra 300 para sus bibliotecas, o sea el 20% del tiraje, pero si tu imprimes menos, ese porcentaje se vuelve insuficiente. Las editoriales independientes, que publican preferentemente literatura, imprimen, por lo general, entre 200 y 500 ejemplares de cada título. Entonces, el resultado es que el Estado puede llegar a comprar 300 ejemplares de un libro comercial, de autoayuda, por ejemplo, frente a 20, o a lo más 50, de un libro de literatura. Es decir, el propio Estado está constriñendo la importante tarea que podrían desarrollar las editoriales chilenas y está permitiendo que las grandes empresas eduquen el gusto de los lectores, para seguir incrementando sus dividendos en el futuro.

¿Las editoriales independientes podrían revertir esa situación?

Podría hacerse, si se trabajara con otros criterios para la promoción del libro. Tú no puedes pedirle a una editorial pequeña que imprima mil 500 ejemplares de un libro de poesía, para poner 300 en las bibliotecas públicas, porque eso es irreal, incluso en España, que es un gran mercado. Creo que existe un desconocimiento sobre cómo opera la segmentación de mercados y los nichos. En la publicación de libros, la calidad y la cantidad no van unidas. Entonces, habría que cuidar que criterios como ese no sean requisito para estar en las bibliotecas. Lo segundo sería estudiar seriamente la posibilidad de apoyar a las editoriales independientes con la exención de pago de IVA o algún tipo de subsidio con cargo a esos mismos impuestos.

Esa sería una situación ventajosa.

Sería apenas una forma de compensar mínimamente a quienes deben meterse la mano en el bolsillo para publicar, frente a los grandes capitales. Y ayudaría a frenar también prácticas nocivas de algunas editoriales que funcionan como imprentas, publicando a autores que ponen la plata frente al editor y lo contratan para que edite y promocione su libro.

¿Te parece malo eso, teniendo en cuenta que hoy en día es posible incluso contratar la publicación de eBooks, sin pasar por un editor?

Es claro que compañías como Amazon quieren borrar del mapa a las editoriales y a los editores, pero no veo por qué habría que imitar ese modelo. El editor es un mediador, debe recuperar más bien el peso crítico de su oficio, volver a practicar la criba, ese proceso de selección rigurosa, que es en definitiva su razón de ser frente a los lectores.

En los últimos años, ha habido cierta presencia de las editoriales independientes a nivel público, por ejemplo, con la Furia del libro.

La Furia es una feria, una venta colectiva de libros, y está bien. Pero lo que realmente falta es una instancia representativa amplia, que incluya también a editoriales de regiones, en la que se puedan plantear mejoras sectoriales. Lo prioritario no puede ser solo obtener invitaciones para ferias internacionales, en las que finalmente participan algunos autores y editores, varios de mediana calidad, con catálogos empobrecidos por libros editados por encargo o autoediciones con escaso valor.

¿Crees que la edición independiente debe mejorar su oferta?

Yo creo que hay que observar críticamente el panorama y tratar de corregir la falta de rigor que existe en algunos casos. Hace unos días, por ejemplo, miraba el índice de una antología de poesía traducida al inglés y no logré comprender el criterio de la selección, pues había algunos buenos autores junto a otros absolutamente prescindibles; el resultado era algo así como un carnaval muy concurrido, pero sin consistencia. Es importante jerarquizar, es parte del trabajo de un editor, él es el primer crítico; el segundo es el comentarista de libros, y ahí también nos metemos en un terreno pantanoso.

¿Por qué?

Porque se practica la fea costumbre de que, para que los libros sean comentados, los editores y autores deben ser cercanos a los comentaristas de libros, que muchas veces son autores o editores también. Hay páginas de diarios en las que simplemente algunos sellos no tienen cabida y se da que, por otra parte, aparecen libros que no merecen ser comentados y ahí están. Entonces, finalmente, no hay una mirada crítica y el resultado es que nivelan hacia abajo. Luego, en las instituciones se acogen estos panoramas sesgados, a tal punto que en un concurso literario, por ejemplo, alguien puede llegar a ser jurado del trabajo de sus pares, simplemente por haberse conducido con habilidad a través de esa nebulosa.

¿Crees tú que la solución pasa por encontrar otros medios para la difusión de los libros?

Los medios alternativos ayudan bastante y es necesario que surjan más, pero confío también en que las páginas culturales de algunos diarios y revistas se abran a una difusión más amplia. Por otra parte, para contribuir con buenos libros, la edición en general tiene que ser menos oportunista y hacer una apuesta de largo plazo, jugarse por la conformación de fondos editoriales que perduren en el tiempo.

 

Foto: lun.com

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