Revista Intemperie

Nuestro pequeño espacio de confianza

Por: Gastón Carrasco

el pais nocturno y enemigo

Gastón Carrasco ofrece una atenta lectura del último libro del poeta César Cabello.

 

En el poema En el desierto de olmos de José Watanabe, un viejo talador de espinos comparte una iguana con el poeta. Pero no están solos, un perro espera con ansia los huesos del animal. Una luz hospitalaria alumbra la escena: “Este es nuestro pequeño espacio de confianza”, nos dice el hablante, quien, impensadamente, arroja los huesos fuera de la luz, “y tras ellos el animal entra en el país nocturno y enemigo”. El perro sale del espacio de confianza. El viejo le reprocha la acción al hablante, hay que dejar los huesos cerca, dice, “el perro / también es paisano”.

La experiencia que nos relata, que nos enseña, el poeta peruano en su poema, sea tal vez, a riesgo de parecer exagerado, una de las demostraciones más radicales de humanidad. En un tono más bien testimonial, se nos muestra la sabiduría de un hombre de la tierra, conocedor de los misterios vetados para nosotros, lectores, citadinos y modernos. La sola acción del poeta quiebra el orden de las cosas, el animal, parte del pequeño espacio de confianza, debe retirarse, y entrar, a ese país nocturno y enemigo. Esta suerte de alegoría sobre nuestra limitada condición humana, es decir, sobre el destierro y desconocimiento de nuestros propios pares es salvada por la voz del viejo: el perro también es paisano. La sabiduría y el afecto se hacen uno para traer a la luz hospitalaria al animal. En el espacio de la luz estamos los paisanos, en la oscuridad el enemigo, el país nocturno, ese espacio otro que nosotros mismos creamos.

Ya en Las edades del laberinto (Piedra de Sol Ediciones, 2008) César Cabello daba cuenta de estas y otras reflexiones. En su relectura del texto de Watanabe, el poeta chileno escribía: “Arrastro como un crío mi cabeza rota / la bolsa de mi padre / y el cóndor del resentimiento”. Se acepta en estos versos haber caído en las sombras, compartir el lugar del destierro, junto a los animales. Estar en el país nocturno y enemigo, cargar el peso del albatros en clave romántica, ahuyentar la serpiente en clave D.H. Lawrence. Los huesos de la iguana se hacen carne en el hablante: “Un lugar / un lugar donde reposen / esos huesos  / para el fuego de tus noches / o los perros felices”, “He caído prontamente / en el olvido / Anoto: la obscuridad”. La serie de poemas titulados El país nocturno y enemigo van situando, localizando, la problemática establecida por Watanabe en sus versos. Hay dos espacios, un nosotros y un ellos. Luz hospitalaria versus lo nocturno y enemigo. Magda Sepúlveda apuntaba en su presentación a la segunda edición del texto (2011), que ese país enemigo “indica el país de la dictadura y también el único país latinoamericano donde la guerra contra los indígenas la hicieron los criollos y no los españoles. De manera que la búsqueda de los huesos atraviesa toda nuestra historia”. Ciertamente, estamos de acuerdo.

En un tono bastante más referencial que en Las edades del laberinto y algo más cercano a la narrativa poetizada de Industrias Chile S.A. (Piedra de Sol Ediciones, 2011), César Cabello nos hace llegar El país nocturno y enemigo (Piedra de Sol Ediciones, 2013) poemario testimonial, biográfico en cierto sentido. Cada una de sus partes nos hace pensar en un trazado personal, de viaje y formación personal y colectiva.

Desde Traslados y fundaciones, el hablante sitúa las coordenadas de su geografía personal. Nos presenta una situación de toma de terrenos en Límite urbano, lugar situado textualmente junto a Pueblo hundido, Las Ánimas, Villa Tempestad, todo un barrial caracterizado en sus nombres, en una relación metonímica con sus pobladores. Este Límite urbano, también existente en la realidad, en la comuna de Lo Espejo, se vuelve parte de la historia del hablante. Opacada tal vez por poblaciones con mayor cobertura medial (El Volcán, La Legua) o con mayor tradición combativa (Villa Francia, La Victoria), Lo Espejo se erige como: “Fosa común barro sin nombre / pueblo sepultado bajo las cenizas” (10). En un cierto gesto de visibilidad, presenciamos un proceso muchas veces olvidado, a veces silenciado, de traslado y fundación de las poblaciones del sur poniente de Santiago.

Pero el poema llama a respetar la tierra
y a botar las cruces avanzando en pares
de hombres en silencio (11)

El uso de una metáfora de guerra sirve para describir dicho proceso. La primera unidad cae, la segunda nunca regresa, la tercera envía noticias, la cuarta se precipita, “nosotros somos la quinta unidad”

nuestras manos no alcanzan la estatura de la luz
pero para acarrear estos cuerpos
ya hemos nacido (12)

Se trata entonces de no alcanzar esa luz, o no poder estar bajo esa luz hospitalaria del poema de Watanabe, condenados a la nocturna y enemiga realidad.

Situarse en ese lugar otro que es la población es entenderse en la cartografía del espacio, en la historia de esas calles sepultadas de basura. Pero quedarse pegado en el mundo de los ancestros, es quedar postergado: “Si ellos siguen aquí / estaremos bajo su custodia / No nos libraremos jamás” (17). En parte, el ejercicio de César Cabello es crearse una morada, un espacio en el cual se residió en algún momento, y reside aún en el recuerdo. Ciertamente una condición marcada por la precariedad, el desamparo y la pobreza, pero vivida y superada. Entiéndase, no superada en términos de clase, sino en términos simbólicos. Es decir, asumir la precariedad o la existencia en tanto marginalidad no se trata de hacer una apología ni celebración, sino de entender la historia que hay detrás, el relato, la experiencia de vida.

Esta es mi casa estos son mis padres
y yo el primogénito varón de un clan que desaparece
entre almas perdidas y carrozas fúnebres (21)

Si bien hay autores encantados por la marginalidad no siempre entienden las relaciones que hay detrás. Experiencia vivida versus idea adquirida. Un primer paso es saber situar(se). Cabello lo entiende, lo sabe.

Compruebo el espejismo que soy
un cadáver ardiente sobre el polvo de los segundos
la torre de los años  los herederos (21)

En la sección Traslados el viaje toma protagonismo. La idea del país como morada se presenta con más fuerza. El desplazamiento de la voz hablante se materializa en los versos: “Mariscal errante ave cristalina / sobre tu destino vamos / penetrando en esta tierra” (28). El cambio, el viaje, la mudanza, todo es parte de un campo semántico compartido. La voz no echa raíces, erra por el país en un ejercicio de exilio constante: “Caminar despierto irme con mis obras / a Ninguna parte” (31).

Sea Aproximaciones al país nocturno y enemigo tal vez el poema que mayor represente el espíritu del conjunto. Hay que refundar, reinstalar a la familia en un lugar tomado a la fuerza, escribir sobre las tumbas de quienes han muerto en el camino. La voz se vuelve cronista de su grupo. Grupo que es filiación, familia, memoria y herencia:

Acepto le digo a mi familia que volveré
cuando amanezca quizás más viejo o más dolido
pero portando el fuego de una nueva narración (36)

Es esta narración la que configura el rol del poeta, del hijo en la familia, del ciudadano en la nación. Otros podrán también relatar la miseria, pero está en sus protagonistas el derecho a narrar(se).

Nos saltaremos el comentario sobre 5 poemas naturales para pasar directamente a Tomas de terreno. A modo de crónica, la voz hablante registra día a día el proceso de toma. Se trata de ser como sombras, dice la abuela (47). Entenderse ciudadanos de segundo orden: “El hueso de tu patria lo magullas / sin decir palabra” (53). Desde fuera es difícil comprender la situación interna. Para el enemigo todo se reduce a la violencia. La aceptación es radical:

La verdad de lo que somos un grupo de pobladores
que ha entrado a la fuerza en este libro (58)

En Casas y territorios el registro varía un poco. Es decir, se mantiene la referencialidad en el lenguaje, pero dirigida, ésta vez, a un campo escritural: “Tú y yo compartimos el mismo espacio / en estas páginas” (66). En estos versos, la afirmación del yo es igual de radical que en Criminal de Jaime Pinos (“Yo soy el peor de los libros”): “Yo soy El Calígrafo / y no pido una muerte justa” (67), “Yo soy El Verbo / y no espero clemencia” (69), “Yo soy La Página y estoy aquí / desde antes del contenido del mundo” (70). En el resto de esta sección se abren una serie de diatribas y reflexiones en torno a diversos territorios o campos de batalla. Esto se intensifica en Los desalojos. La voz se enfrenta a la ciudad y a su memoria. Se expande la experiencia personal a una serie de relatos que bien nos pueden hacer un panorama cultural de la infancia del hablante, digamos década de los ochenta, principio de los noventa. Destaco la factura de poemas como El enano corazón de un chileno y Casas de adopción.

En Casa de mi madre el registro o tono combativo se vuelca a uno más personal y afectivo. Se mantiene la desolación, claro está, pero vista desde el prisma de un yo comprometido en el sentir. La consciencia o lucidez parte en casa, en la materialidad de lo materno, la imagen femenina, rodeada la mayor de las veces por un entorno brutal, demasiado infecundo para asuntos de sensibilidad.

Será en Los herederos donde el poemario adquiera un distinto y último registro. La prosa se deja llevar por un hablante cuya referencialidad a veces incluso pierde lo poético, volviéndose narrativa directamente. Esto ciertamente se vuelve un elemento disidente respecto al conjunto. Lo interesante es que muchos de estos poemas devienen en reflexiones llenas de una imaginería personal que mantiene las temáticas desarrolladas en las secciones previas. En el texto Procesión por el país nocturno y enemigo nos queda claro tal vez el gesto: “No se correspondía una imagen santa en una casa donde reinaba el mal, así como tampoco corresponde que los haga entrar en nuestras casas y les narre estos pedazos de historia que he ido juntando como un ropavejero” (122).

El espacio familiar se acepta en tanto a su maldad, en extensión, todos los espacios posibles, las moradas, devienen en maldad: la escritura, la nación. No hay lugar de cobijo. Urge nuestro pequeño espacio de confianza, una luz hospitalaria. Quizá queda algo de esperanza. En Los Herederos se deja leer el humor de un hablante que ya dejaba ver trazos de ironía en sus textos. Una serie de textos sobre posiciones en el futbol es sin duda un respiro a tanto desamparo. Lo mismo que los fines de semana para un trabajador de doce horas diarias. La única alegría esta en ver a su equipo ganar cada fecha, verlo jugar bien, empatar por último. Pero la realidad última de los herederos es que se repartirán lo poco y nada de los padres, repetirán la violencia heredada por los años, se dejarán llevar por las preguntas no resueltas, harán de la oscuridad su patria.

Sin duda El país nocturno y enemigo de César Cabello nos parece un libro importante, necesario, pues logra transmitir la experiencia que significa trazar la vida al límite de los espacios designados, pararse con propiedad en terreno ajeno, un poco la metáfora de lo que significaría hacer literatura en estos tiempos. Extraña entonces la poca atención crítica al respecto. Se ha leído con mayor detención otras producciones que, consideramos, no valen ni el papel en que se imprimen. Y nos olvidamos, como buenos chilenos que somos, que la poesía es más un buen prologuista, buena difusión, lindas portadas y grandes presentaciones, es también ser un poco críticos, pesados si se quiere. Si el papel aguanta todo. Al menos la mayoría de las veces. Agradezco el espacio de confianza.

 

El país nocturno y enemigo

César Cabello
Piedra de Sol Ediciones, Santiago, 2013

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