Revista Intemperie

Schklovski, un amor no correspondido

Por: Rodolfo Reyes Macaya
tabasco

 

En pleno proceso revolucionario en Rusia, Lev Bronstein, alias León Trotski, acusó a la Escuela Formalista de ser “un aborto disecado del idealismo, aplicado a los problemas del arte”. Entre los partícipes de este movimiento se encontraban Víktor Shklovski, Roman Jakobson, Iuri Tiniánov y, un tanto más alejado pero profundamente influido por ellos, Mijaíl Bajtín. Estos jóvenes modificaron la forma de concebir la literatura, apuntando contra la crítica impresionista y seudomística del siglo XIX, y también contra aquellas lecturas que disolvían la poética en groseros análisis sociológicos. Es decir, llevaron a cabo una revolución dentro de la misma revolución, de la mano con el futurismo eslavo, al momento de estudiar las obras como si fueran una maquinaria y un fin. Una buena parte de ellos, curiosamente, acabó exiliada; así, por ejemplo, mientras Jakobson partía a Praga, Schklovski se refugiaba en Berlín; incluso el mismísimo Trotski, más tarde, se exiliaba en Finlandia para llegar luego a México, donde hallaría su fin a manos de un muy convencido sicario.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos: corría el año 1923 y la capital alemana, que padecía una inflación sin precedentes, se encontraba atestada de rusos. Un kilo de pan costaba más de cuatrocientos millones de marcos; ante la desesperación, la mirada turbia que procura la borrachera y los cabarets berlineses en cuyo escenario se exhibían las mercancías del momento: prostitutas escuálidas y travestis tuberculosos constituían el caldo de cultivo propicio para conspiradores emigrados, pintores expresionistas, profetas delirantes, aristócratas arruinados, revolucionarios perseguidos por una revolución que engullía implacable a sus propios vástagos. Víktor Shklovski, nuestro personaje, deambulaba a través de esta ciudad enfebrecida por la miseria, escribiendo cartas a un amor no correspondido o cartas de “no amor” que hablaban sobre el alucinado zoológico del exilio.

Antes, había estudiado en la Universidad de San Petersburgo, había participado como mecánico y conductor de vehículos blindados en la guerra, había fundado el OPOYAZ (Sociedad para estudio del lenguaje poético), había sido enviado a Persia como asistente del Comisariado que buscaba cerrar el conflicto con el imperio Otomano, había conspirado, junto a los miembros del Partido Socialista Revolucionario, contra los bolcheviques, y una vez descubierta la conspiración, había recorrido parte de Rusia y Ucrania de incógnito, escondiéndose de una muerte absoluta que se vislumbraba en el más mínimo de los gestos. Por cierto, todas estas aventuras y desventuras se encuentran consignadas en Viaje sentimental. Crónicas de la Revolución Rusa. (Anagrama, 1972) En definitiva, gracias a la influencia de Máximo Gorki, Schklovski fue perdonado, rehabilitado y enrolado en el Ejército Rojo, pero nada le impidió volver a la clandestinidad y emigrar a Berlín, donde padeció los rigores del exilio, contexto, materia prima o background experiencial para su novela epistolar Zoo o cartas de no amor (Ático de los Libros. 2010).

“Espero la llamada de teléfono, a pesar de que me han dicho que nadie llamará, la vida me ha pillado los dedos con la puerta y la historia está demasiado ocupada para escribir cartas”. Sin embargo, Shklovski se empeñaba en una empresa que sabía de antemano condenada al fracaso. Escribía cartas que su querida, la también escritora y emigrada rusa, Elsa Triolet, no quería recibir. Escribía cartas, todas ellas glosadas en su publicación, incansablemente bajo el acuerdo impuesto por su amada, y acaso por él mismo, como lo declara en su prefacio: no hablar de amor.

Schklovski, entonces, escribía cartas que hablaban de las miserias de la vida cotidiana, la soledad, la nostalgia por una Rusia que lo regurgitó, sobre la máquina que trastoca y determina el carácter humano, sobre el arte, sobre el absurdo de una generación de seres tan bellos como miserables. Le contaba a Elsa Triolet, por ejemplo, sobre su desastrado y casi vagabundo maestro, Khlevnikov, quien, tanto por descuido como por carecer de otro material, rellenaba la almohada y avivaba el fuego con sus manuscritos; sobre el etnógrafo Bogatiriov: “pantalones cortos, zapatos sin atar, la maleta llena de manuscritos y papeles rotos, y todo revuelto hasta que no se distinguía dónde empezaban los trapos y dónde terminaban los estudios científicos. Bogatiriov compraba azúcar, la guardaba en los bolsillos y se la comía.”

Son las cartas de un desfamiliarizado. Alguien que padeció la existencia desde un lugar donde el desarraigo, tan “propio” a todos habitantes de las ciudades, se hacía desmesurado y evidente. Schklovski escribe, quizá, en consonancia con aquella teoría que le dio fama y que hoy es ya una fórmula instituida: el propósito del  arte es provocar el extrañamiento de las cosas. Cuando nos movemos por un mismo espacio, día a día, y realizamos los mismos gestos, cuando  la familiaridad de las cosas y los hechos ha sido instalada, la vida se desintegra. Es decir, la automatización de las acciones cotidianas nos anula. Experimentamos sólo la superficie de los objetos y, muchos, rogamos por un acontecimiento que nos devuelva de golpe una intensidad desaparecida. “Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra –dice en uno de sus textos críticos– existe eso que se llama arte”. En otras palabras, el arte y la experiencia estética como antídoto ante la vulgaridad cotidiana.

Escribiéndole a su amor, hablándole de los harapos de su país lejano, Schklovski restituye, sobre una superficie chata, un mundo desaparecido. Si no le aman, utiliza el pretexto de ese desinterés para elaborar una metáfora de su relación con el oficio: hacer que la piedra aparezca como piedra es una labor ingrata, un amor nunca correspondido: “Un montón de libros –le respondía ella, desasosegada– que podría leer pero no leo; el teléfono, por el que podría hablar pero no hablo; el piano que podría tocar pero no toco; la gente con la que podría quedarme pero con la que no me quedo, y tú, a quien debería amar pero no amo”. Elsa Triolet (de soltera Kagán), hermana de la mítica Lili Brik, asimiló la cultura occidental, se casó con un francés y, posteriormente, cambió su lengua para escribir y fue reconocida en Francia, destino ideal para tantos rusos exiliados, aunque no para Shklovski, quien logró ser “perdonado” por el gobierno soviético y pudo por fin volver Rusia, de donde no volvió a salir jamás.

 

Foto: Tabasco

 

Artículo publicado originalmente el 27/07/2013

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