Revista Intemperie

La guagua que va a ser rey: implicancias ideológicas de un nacimiento monárquico

Por: Federico Zurita Hecht
inglaterra

Federico Zurita sobre la incongruencia de una guagua que, al nacer, tiene derechos de soberanía asegurados, y habla del silencio de los medios de comunicación

 

Hay muchas formas de abordar lo anacrónico que resulta que Inglaterra tenga una reina y España un rey (y podemos mencionar también a Mónaco, Suecia y otros lugares de Europa). La más natural forma de hacerlo pareciera ser la que se sostiene en la idea de Marx según la cual la fase de desarrollo en que se encuentran las fuerzas de producción material de determinada sociedad propicia determinadas relaciones sociales entre los hombres. Por tanto, la fase de desarrollo de la sociedad occidental de comienzos del siglo XXI no es la apropiada para que la relación social se establezca entre rey y súbditos. Más apropiado pareciera ser hablar de la relación entre burguesía y proletariado para una sociedad industrial o, más actual, reformular esa relación de acuerdo a los parámetros de la fase de desarrollo conocida como sociedad postindustrial, donde nos hemos vuelto consumidores antes que sujetos. En ese sentido, no habría explicación para que una guagua que esta semana nació en Inglaterra tuviera, tan solo con nacer, derechos de soberanía sobre todo un territorio bien delimitado. Sin embargo, la forma en que Inglaterra establece estas relaciones sociales no parece ser cuestionada, por ejemplo, por los medios de comunicación de masas. Y por el contrario, estos participan de la asimilación de tales relaciones, presentándolas como si fueran naturales, tal como le debe haber parecido a la mayoría de las personas en la época en que la fase en que se encontraban las fuerzas de producción justificaba la existencia de un rey que “recibía” su poder desde el mismísimo Dios.

La guagua que esta semana nació en Inglaterra no es igual a cualquier guagua que haya nacido hoy en la maternidad del Hospital Sótero del Río en Santiago de Chile ni tampoco en los hospitales de Londres. Claro, la primera tiene sangre azul, dientes de porcelana, esófago de terciopelo y sus fecas huelen a frutilla. La segunda es común y corriente. Esto que acabo de decir suena ridículo ¿Por qué no parece ridículo entonces que esa primera guagua, de quien ni siquiera se sabe su nombre (porque se guarda como secreto, uno que no debería interesarle a nadie pero que mantiene a los medios ingleses en vigilia), sea heredera a un trono? Veámoslo de la siguiente forma. El aceptar que esa guagua posee ciertas características que le permiten, desde su nacimiento, ser heredera de una corona se sustenta en que esas características la hacen superior a otras guaguas. Esas características además las heredó genéticamente porque su padre (su madre es una plebeya) también fue una guagua especial. ¿Esa valoración genética no genera sospechas hoy en día? ¿No es eso semejante (sin serlo propiamente tal) al racismo? Los medios de comunicación de masas no dicen nada al respecto. Prefieren la ausencia de juicios, la atenuación del acaloramiento.

Como primera opción para atenuar el mencionado acaloramiento de esta reflexión, alguien podría intentar calmar los ánimos señalando que la figura de las monarquías en Europa es meramente simbólica. Y posiblemente quien lo diga tenga razón, pero frente a esa afirmación sería conveniente borrar el “meramente”. El carácter simbólico de las familias reales no es inofensivo. No es necesario desarrollar en profundidad la idea de que toda imagen significa algo, y en ese proceso de significación toda imagen, por tanto, es ideológica. El carácter “meramente” simbólico de la reina de Inglaterra y sus sucesores, y del rey de España y sus sucesores, es “altamente” ideológico. Analicemos los alcances de esto último.

En el momento de la historia de occidente en que la fase de desarrollo de las fuerzas de producción material propiciaba las relaciones sociales entre rey y súbditos, el monarca ostentaba un poder material y justificaba su posición construyendo un discurso ideológico que incluía a Dios. El rey también constituía un símbolo que, sin embargo, en ese caso, ejercía un poder material. Por tanto, si sabemos que hoy los reyes europeos no están vinculados al ejercicio de gobernar, ¿en qué dirección actúa la concepción simbólica y por tanto ideológica de la guagua que nació esta semana en Inglaterra? Antes de responder hay que llevar la reflexión a otro planteamiento, para luego regresar a esta pregunta.

Como segunda opción para atenuar el acaloramiento de esta reflexión, alguien podría señalar que esa guagua no hereda un reino de forma material y que más bien lo que hereda es una serie de propiedades que son privadas, que pertenecen a una familia determinada y que eso no es demasiado diferente a lo que hereda cualquier guagua que sea hija o nieta de cualquier millonario enriquecido bajo las reglas del juego de la reciente sociedad industrial o de la actual sociedad postindustrial (ya usó Sofía Coppola, en su película María Antonieta, la imagen del personaje protagónico de ésta para analogarlo con la vida de una Paris Hilton, por ejemplo). Más que atenuar el calor de esta discusión, tal argumento actuaría como un lanza llamas. En la sociedad postindustrial, al igual que en la sociedad industrial y en la feudal, dos guaguas diferentes pueden tener su futuro determinado desde el mismísimo día en que nacen. ¿No es eso altamente perverso? No se trata de heredar dos o tres propiedades y un poco de plata. Se trata más bien de un desborde inimaginable.

De esta forma, la guagua real que nació esta semana no hereda un reino de forma material sino de forma simbólica. Ahora podemos responder cuál es la dirección ideológica que formula su presencia como símbolo. Su condición de guagua real, concebida como natural en nuestra sociedad, sostiene su posición privilegiada en la organización jerárquica y, además, la presenta como análoga a la  posición igualmente privilegiada de cualquier guagua de la alta burguesía. En ese sentido, las anacrónicas monarquías están ahí para justificar la sincrónica estructura jerárquica de la sociedad postindutrial, y los medios de comunicación de masas están al servicio de esta formulación ideológica, no sólo en Inglaterra sino, en el contexto del desarrollo de la llamada globalización, en cualquier lugar donde los beneficiados con las reglas de la sociedad postindustrial obtengan sus dividendos: Chile, por ejemplo. Nuestros noticiarios locales incluso presentaron la noticia con una aparente liberación de la formulación de juicios (como suele ser nuestra prensa). Sin embargo, tras esa desnudez de juicios se esconde una formulación ideológica de aceptación. Y esta idea nos compete profundamente.

Desde una perspectiva chovinista alguien podría burlarse de Europa occidental criticando que este autodenominado primer mundo mantenga hasta hoy instituciones supuestamente obsoletas (ya demostramos que no lo son, porque tienen un afán ideológico renovado), y señalar incluso que en América, pese a los intentos de Haití y México y a la presencia del Rey de Portugal en Brasil en el siglo XIX, el modelo monárquico no se aceptó. Sin embargo, los medios de comunicación de masas han actuado, incluso en los rincones profundos del llamado despectivamente tercer mundo, en la naturalización de la institución monárquica europea. Basta decir que las palabras formuladas por Jorge González hace casi treinta años (“y el inocente pueblo de Latinoamérica llorará si muere Ronald Reagan o la reina, y le sigue paso a paso la vida a Carolina, como si esa gente sufriera de subdesarrollo, estamos en un hoyo”) parecen mantener una vigencia abrumadora.

Por supuesto Latinoamérica no va a tener reyes en su formulación estricta, pues eso es “un privilegio” sólo de las sociedades desarrolladas (la empalagosa familia real inglesas que, pese a estar llenas de máculas, se pavonean ostentando una supuesta superioridad moral; o incluso Paris Hilton como princesa postmoderna). Pero Latinoamérica construye cada cierto tiempo sus monarquías de cartón: Cecilia Bolocco como la burda reina de la dictadura, es un símbolo ideológico indiscutible, por ejemplo. Pero para que esto suceda, es fundamental la acción de los medios de comunicación de masas. Es por esta razón que la guagua que esta semana nació en Inglaterra no tiene de cabeza sólo a la prensa inglesa. Pese a que la televisión chilena no tiene enviados especiales ni nada parecido, su paso calmo y hasta casi desapercibido por la noticia apunta a que veamos la jerarquización social extrema (como la que vivimos en Chile) como una condición natural.

Es sólo una guagua la que nació, podría seguirse esgrimiendo. Sí, eso es cierto. Pero también nació una gran oportunidad para seguir fortaleciendo las estructuras de poder. Por todo esto, cuando en Inglaterra, en Chile o en cualquier parte del mundo alguien (cualquiera, un político por ejemplo) tenga el descoco de seguir diciendo que, bajo las condiciones de la sociedad en las que él vive, todos tienen derecho a salud y educación, y todos son iguales ante la ley, habría que reírse de él, bien fuerte, en su cara, y mostrarle unas fotos de la guagua ideológica que nació esta semana, una guagua que aún no sabe caminar pero que, en su dimensión simbólica, ya ayuda a sostener la estructura de occidente, para luego, en su dimensión material, ser recompensada por ésta.

 

Foto: Spencer Platt/Getty Images/The Guardian

Un comentario

  1. José Navarrete dice:

    Ante la calidad de un artículo como el expuesto acá por Federico Zurita, solo me queda empatizar, disfrutar y difundir.

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