Revista Intemperie

El caso Manuel Lagos, la represión incesante y el fin de las ilusiones

Por: Andrés Olave
manuel lagos

A propósito de la detención del productor musical Manuel Lagos, Andrés Olave revisa la pobre evolución de las libertades públicas en Chile, un país cuya elite ultraconservadora hace rato delimita a su gusto los derechos de la mayoría

 

Hay un chiste en internet que muestra una celda donde están el consumo de marihuana, el aborto terapéutico y el fin del IVA al libro, y un guardia que abre la puerta y dice: “estamos en elecciones, así que vamos a dejar salir a uno de ustedes para que crean que avanzamos”.

Si queremos verlo de forma optimista, podríamos pensar que si bien en materia de libertades en Chile los avances se dan a paso de tortuga, ciertamente los hay. Sin embargo, las regresiones también suelen ser moneda de cambio bastante frecuente. De hecho, el derecho al aborto terapéutico tan de moda por estos días, ya existía en Chile hasta que el año ‘89 lo repenalizaron. La detención por sospecha, luego de una larga lucha fue derogada el año ‘98, sólo para volver próximamente bajo la forma de “identificación preventiva en casos de desórdenes públicos”.

En México usan la expresión postdictadura para definir a un país que no mejoró mucho con el retorno a la democracia y que en muchos aspectos de hecho empeoró. En Chile, si bien hubo un desarrollo económico incontestable, en materia de libertades públicas no andamos muy lejos de los años de Pinochet. Si no me cree vaya a conversar con los estudiantes que han sido apaleados, humillados y hasta torturados por carabineros. O con los pescadores artesanales. O con el pueblo mapuche. Puede que no haya más ejemplos a mano, pero esto ocurre principalmente porque muchos chilenos no están saliendo a las calles, menos por creer que ande todo bien que por miedo a perder lo poco que ya han ganado.

En efecto, existe desde hace mucho en Chile un vasto mecanismo represivo que apunta a cercenar buena parte de las libertades de las personas: el derecho a  sindicalizarse, a la educación, a casarse con la persona que uno quiera, e inclusive el derecho a consumir drogas. Mientras en Ámsterdam se puede entrar a cualquier Coffeschops a hartarse de marihuana o hachis, en Chile la policía gasta no pocos recursos y tiempo en darle caza a cuanto consumidor ande dando vueltas.  El caso del locutor de radio Matías Vega es emblemático: lo detuvieron por porte de marihuana, fue vejado en la comisaría, acusado de microtráfico y pese a quedar exonerado finalmente perdió su trabajo.

El caso de Manuel Lagos es un poco más complicado. La última noticia es que la fiscalía pediría siete años de cárcel por tráfico de drogas. Revisando un poco el caso se puede ver que la policía dice que había más de mil dosis de marihuana en su productora y las escuchas telefónicas revelan conversaciones que sugieren un negocio dando vueltas. No he tenido acceso al expediente completo (para eso tendría que ir al tribunal y yo vivo en San Pedro de Atacama) pero en ultima instancia, si Lagos fuese un traficante en ciernes, quizás podría aplicársele la misma mano gentil que se le aplicó al sobrino del senador Hernán Larrain, quien por su intachable conducta anterior quedó con firma mensual después de ser capturado con dos kilos de cocaína pura y siete millones de pesos.

He mencionado antes Ámsterdam como un contraste desalentador pero quiero mencionar ahora a Irlanda que en estos días está al rojo mientras se discute si una madre violada que está dispuesta a suicidarse tiene o no derecho a abortar. No sé de donde alguien sacó que éramos los ingleses de Sudamérica, pero lo que sí tenemos es harto parecido con los irlandeses: insulares, apartados y ultraconservadores. O incluso hay una diferencia: mientras en Irlanda hay una fuerte mayoría católica que es precisamente la que busca restringir libertades como el aborto, en Chile es una minoría católica pero perteneciente a la elite la que realiza dicha labor.

El otro día en el programa Tolerancia Cero, Fernando Villegas (quien no es católico pero lo parece) argumentaba que si comenzábamos a discutir sobre el aborto no fuera que acabáramos como en la Alemania Nazi cuando se planeaba la eugenesia. El argumento de tan exagerado resultaba grotesco, pero, me parece, era su forma de decirnos desde las alturas: “ustedes son tan bárbaros que si los dejamos hacer leyes de acuerdo a sus propios intereses pueden llegar a cometer cualquier atrocidad”.  Ergo: es necesario mantenerlos muy bien atados.

Puede que al final no debamos hacernos demasiadas ilusiones mientras vivamos en Chile –no por nada fuimos por lejos el ultimo país del continente en tener ley de divorcio– y sólo nos quede la esperanza que la creciente liberalización del mundo occidental nos regale como limosna una mínima extensión de nuestras libertades personales. Que cuando en toda America Latina esté permitido el aborto en todas sus formas, podamos nosotros tener aborto terapéutico. Que cuando se despenalice la marihuana en todos los países de occidente, nuestra policía deje de dar caza a los consumidores locales. Es una especie de vida disminuida, una versión light de lo que debería ser la vida en democracia pero que es, al parecer, toda la holgura que las potencias conservadoras que son dueñas de este país están dispuesta a otorgarnos.

 

Foto: emol.com

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