Revista Intemperie

Once

Por: Washington Cucurto
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El narrador argentino Washington Cucurto nos entrega una breve y entrañable postal del barrio argentino de putas e inmigrantes.

 

15/7/2013

Hace días me llegó un mail de mi querida amiga Carolina Benavente, unas de las mujeres más piolas que conocí en este camino culturoso. Está impartiendo un taller de ensayo en Recoleta, Santiago de Chile, y me pidió que escribiera sobre mi barrio*, ¡vaya tarea difícil, expresar en unas cuantas palabras los colores, olores y personajes de mi barrio!

Nunca nadie me habló bien de Once. Cuando llegué a la gran metrópoli, a esta Reina paquidérmica e histérica que nos expulsa y nos atrae como una gran vagina, lo primero que escuché fueron palabras de terror hacia el barrio de Once. “No vayas, que te afanan”. “Los negros te dejan en bola, directamente”. “Hay muchos pungas y las putas tienen navajas”. Una tarde, más que nada para hacer la contra, me fui a conocer este barrio comercial de judíos, árabes, traficantes, bailantas y negocios llenos de luz y color. Por la Avenida Pueyrredón, en la mítica Recova centenaria, me enamoré de una muchacha de pantalones blancos, a la que vi de espaldas, mirando una vidriera llena de zapatos. La seguí, la conversé varias cuadras y terminamos tomando un café. Nos intercambiamos teléfonos y después pasó todo lo que tiene que pasar entre un hombre y una mujer… ¡y un poquito más! Once era una Buenos Aires en miniatura, con todas sus virtudes y sus suciedades, pero con un veneno más intenso. Todo el barrio funciona alrededor de la plaza que, en los años noventa, era prácticamente un camping, un pic nic de negras dominicanas. Un buen día, aparecieron como salidas de un ovni, miles de mulatas dominicanas de calzas flúos, culos impactantes, labios rojos y gruesos y pieles sin granos. Todo cambió de golpe, la Avenida Pueyrredón, la Avenida Rivadavia y la calle Mitre que circundan a la Plaza Once se transformaron para siempre. Ahora paraban los tacheros, los policías, los judíos hacían cola para tomar una cerveza con mujeres tan exóticas como una chirimoya… Luego llegaron los restaurantes peruanos, los grandes bares con fonolas donde retumbaban las cumbias y los cuartetos. Por las tardes, la gente agotaba sus horas bailando y tomando cerveza. Las amas de casa, venían los sábados al barrio para comprarles las ropitas a sus hijos y a más de una aburrida, la pudimos tener en nuestros brazos. Mi barrio no descansaba ni descansa ni de noche ni de día. Los negocios no cerraban a la noche y mantenían las avenidas encendidas infinitamente. Una vez se cortó la luz y solo se escuchaban las risas de las putas. La muni repartió linternas y ese verano, las dominicanas andaban con linternas que parecían ¡luciérnagas de mi barrio! El único Mac Donals del barrio era una especie de baño público, pues todo el mundo iba a hacer sus necesidades al baño del Mac. En esos baños amplios, uno podía encontrarse con un gran panorama de modelos de la especie humana. Yo iba al Mac a escribir, me daban una ronda de café gratis y más de una vez conocí a una estudiante de derecho solitaria preparándose para los finales. Una buena tarde, así como llegaron las mulatas, llegaron las croatas, las serbias, las balcánicas, que eran como un volcán a punto de erupcionar. Rubias altas de cuerpos espectaculares, de ojos color cielo que vendían café y hacían otras cositas luego del horario de trabajo. Yo me enamoré perdidamente de Svenja Petresca que tenía dos hijitos que parecían ositos panda. Svenja volvió a Croacia, yo me quedé en Once. Ahora llegaron los senegaleses y las mujeres se les acercan para apreciar de cerca esos cuerpos torneados, negros como el acero o la goma, flacos sin un gramo de grasa. Sin embargo, lo más lindo de mi barrio, son las vendedoras de los locales, patoruzitas del interior del país, morochas indígenas, salvajonas, dispuestas a toda costa a triunfar y enamorarse en la vida. Al principio se enamoran de los motoqueros, los corredores y al final de sus patrones. No hay nada como el barrio de Once.

 

Foto: polifonia.tv

“Para que mis alumnos del “Taller de ensayo barrial” que estoy impartiendo en la Corporación Cultural de Recoleta conocieran en forma especial a uno de mis escritores favoritos y muy querido amigo”. Nota de Carolina Benavente.

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