Revista Intemperie

Los talleres literarios de mi vida

Por: Maca Fabry
taller

Maca Fabry recupera los aportes, traumas y tragedias de su paso por la inefable experiencia de los talleres literarios

 

Mi primer taller literario fue alrededor del año 2005. Estaba estudiando literatura y participando en varios concursos literarios, y mi novio de la época me habló de este taller. Por temas obvios no nombraré a los escritores que han dictado los talleres de mi vida, pero basta con decir que este primer taller lo dirigía una escritora que, además de ser muy buena en su oficio, era una muy pero muy buena tallerista.

Este primer taller fue una especie de revelación. Hasta ese momento, a pesar de que venía escribiendo desde el colegio, y que al entrar a la universidad se había vuelto cada vez más importante, todavía no le tomaba el peso. Me refiero a que lo veía como algo que siempre había hecho, pero no como algo a lo que podría dedicarme de manera seria en el futuro. Por eso ese primer taller fue tan importante para mí. Fue la primera vez que conocí a otros escritores “principiantes” o al menos que estaban aprendiendo, igual que yo, la mayoría muy prometedores, basta con decir que más de uno de los que conocí en aquella época ya han publicado y han sido considerados como “los nuevos talentos chilenos” o títulos por el estilo que les gustan tanto a los periodistas.

El punto es que yo era la más joven ahí, y mis cuentos empezaron a gustar. Creo que sin esa primera motivación, ese sentirme como la pequeña genio dentro de un grupo de gente que yo admiraba, no habría tenido el arranque para seguir escribiendo de forma seria. O quizás sí, pero el punto es que fue muy importante para mí ese primer reconocimiento. Yo era chica, principiante y como una esponja, lo absorbía todo. Cualquier consejo, crítica o sermón era recibido por mí porque todo me servía, y ni siquiera voy a tocar el tema de lo que significó para una niña que había sido básicamente siempre tímida y media insegura, tener ese tipo de reconocimiento.

El segundo taller que hice fue con un escritor famoso, que lo fue mucho más en los 90s, siendo parte, de hecho, de la conocida generación de la nueva narrativa chilena. En ese segundo taller supongo que ese reafirmó mi certeza de que 1) escribir era lo que quería hacer, y 2) que tenía algún tipo de talento para hacerlo.

Seguía siendo la más joven y además de aprender mucho del escritor que dictaba el taller y mis compañeros, debo confesar, aunque suene cursi y lugar común (aunque ambos me gustan mucho, reconozco), formé lazos que hasta el día de hoy existen de forma fuerte y profunda. Quizás se deba a que ese mismo grupo continuó intermitentemente durante los próximos años, de manera que logramos conocernos tanto literaria como personalmente, o quizás se deba a que tuvimos suerte y se formó un buen grupo. Independiente de eso, ha sido un placer ver como compañeros que empezaron con solo talento y ganas de escribir, ahora ya van en su segundo libro publicado y se han convertido en verdaderos entes literarios. Nos encontramos varias veces al año, ya sea en lanzamientos de uno de nosotros o simplemente para vernos, y los lazos y conversaciones siguen ahí. Y por eso, me considero sumamente afortunada.

Pero lo que pasó con ese taller fue que, debido quizás a la cantidad de años que nos juntamos, probablemente porque ninguno de nosotros quería perder algo que era evidentemente bueno, la dinámica del taller mismo, como taller, se fue desintegrando hasta que al final nos juntábamos básicamente a tomar, fumar, y conversar. Pocos llevaban textos y los comentarios se habían vuelto más apáticos. Y con la experiencia de la dinámica del taller, y quizás también con los años –en algún momento dejé de ser la más joven de los talleres, y por lo tanto, perdí ese invaluable papel de la niña genio–  fui dándome cuenta de ciertas dinámicas o acciones que se van repitiendo en los talleres. Digamos, uno se va dando cuenta de cuando la gente no está diciendo nada, y cuando sí.

Me explico. En este mundo guiado por el lenguaje, hay muchas formas de no decir nada ocupando palabras lindas que hagan parecer que estás diciendo algo. O quizás debería retroceder y decir, aunque es obvio, que en este mundillo de intelectuales y escritores hay mucho, pero mucho, ego y una necesidad extraña pero fulminante de asegurarse de que el resto sepa que eres inteligente. Entonces, aunque no tengas nada que decir sobre un texto, vas a encontrar la forma de que al menos parezca que sí tienes una compleja e inteligente opinión.

Para eso hay varios métodos. Están los que esperan y cuando les toca hablar, hacen un resumen de lo que los demás ya dijeron pero con otras palabras y dando ejemplos, de manera que parezca como si está diciendo algo original, aunque no sea así. Y están los que toman una sola idea (por ejemplo, hay muchas repeticiones en el texto) y en vez de decirlo así, simple y claro, se dan vueltas y vueltas para decir la idea, dando ejemplos y argumentando por qué y etc., cosa que pareciera como que han dicho mucho sobre el texto, pero en realidad solo han dicho una cosa. O están los que se dedican a citar a otros autores y a comparar el texto con obras que han leído, de manera que pareciera como si estuvieran dando una opinión letrada e inteligente, cuando en realidad no están diciendo nada en concreto.

Y así. Hay muchas fórmulas para parecer que estás diciendo algo cuando en realidad no dices nada, basta con preguntarle a absolutamente todos los políticos del mundo. Y así como existe esa fórmula para comentar, la existe para escribir. Gente que llena sus textos de metáforas que después no son capaces de explicar, o que entregan textos que no van a ningún lado, sin historia o poco sólidos, y ahí claro, es más difícil pasar piola, a menos que estés en un taller donde lo que importe no sea la calidad de los textos sino el bla bla.

Por supuesto, no todos los talleristas son así, y en mi experiencia me he encontrado con todo. Por ejemplo, durante la universidad fui ayudante de otro escritor de esta generación de la narrativa chilena de los 90s. Era un tipo arrogante y, como me fui dando cuenta a través del semestre, profundamente misógino. Como me pagaban poco en la universidad, me invitó a su taller literario. Al llegar, inmediatamente me di cuenta de que se trataba de un montón de viejos cuicos que no iban por la literatura sino por la pretensión de ser intelectual. Se leía un texto por sesión, y la gente comentaba dos veces. La primera decían cosas vagas, y en la segunda repetían lo que los demás habían dicho de manera más elaborada.

Odié ese taller. Sobre todo porque la primera y única vez que me tocó leer, llevé un cuento que había salido ganador de un concurso hace un par de meses antes; en vez de aprovechar el taller para llevar algo que estaba trabajando o que necesitara de opinión, quise impresionar a ese grupo de viejos y al escritor con mis dotes artísticos, cosa que –thank god- no he vuelto a hacer, porque es una estupidez. Los talleres son para aprender, para sacar opiniones, para trabajar los textos, no para llevar cosas que ya están listas y tratar de impresionar al resto con tu talento, o al menos eso pienso yo. Pero en esa ocasión lo hice, y claro, fue un éxito. Excepto cuando le tocó al escritor hablar. Básicamente, dijo que este cuento me había salido por suerte, y que las metáforas que podía tener eran meramente casualidad.

Por supuesto, no volví a ir al taller.

Este año, después de varios años sin taller, y al borde de terminar mi primera novela (que será publicada en la Feria Chilena del Libro en octubre, paso el aviso), decidí ingresar a un taller dictado por un escritor famosillo que me habían recomendado como muy bueno. Como había pasado tanto tiempo sin ir a uno, echaba de menos, a fin de cuentas, la dinámica del taller y la disciplina que te da tener que estar escribiendo constantemente. Y, como estaba terminando de editar mi novela, y quería meterme a otro proyecto, me pareció una buena idea.

Quizás ahora sería relevante mencionar que la novela que voy a publicar, a través de Ediciones SM, en la colección roja, es de fantasía para niños y jóvenes. Tendría que dedicar otro texto completo a explicar el fenómeno que se produce entre los escritores “serios” –o al menos así actúan– y los escritores de fantasía o literatura infantil, pero basta con decir que hay una especie de guerrilla fría en la que la literatura de fantasía e infantil se consideran, de alguna manera, como géneros secundarios. Básicamente, si te gustan los vampiros, dragones o historias de ciencia ficción, eres un idiota o no entiendes lo que es realmente la literatura. Obviamente, no puedo estar más en desacuerdo, sobre todo porque yo estudié Literatura, y me gusta todo o casi todo. Para ser más concreta, me gustan las historias, en el formato que vengan. Y tengo una predilección por las novelas juveniles que no explicaré ahora, pero la verdad es que jamás he cuestionado mi propia inteligencia solo porque me guste la saga de Harry Potter, y tampoco he sentido la necesidad de ocultarlo o de que los demás entiendan de que, aunque me gusten los vampiros, no soy una idiota.

Hasta ahora.

El primer texto que llevé a este nuevo taller no fue que digamos un triunfo. Fue un cuento que escribí el fin de semana anterior que, aunque tenía un buen comienzo, confieso que se convertía en algo que no funcionaba, pero que sí podía tener potencial. Las críticas fueron razonables y aunque estuvo lejos de ser un éxito, no salí deprimida ni enojada. Después de todo, si no puedes soportar críticas, es mejor que no vayas a un taller.

El problema estuvo al leer el segundo texto.

Confieso que el cuento que quería mandar al final no resultó, y mi segunda opción era mandar un extracto de un proyecto de novela de vampiros. Sí, vampiros. El extracto no estaba muy pulido, y por lo tanto estaba lleno de repeticiones y cursilerías, cosa que aunque les advertí antes de entregarlo, uno no debe hacer en los talleres.

Por supuesto, a nadie le gustó y hubo bastante crítica. Lo cual estaba bien, yo sabía que el texto sería criticado. Pero cuando le tocó el turno al escritor/tallerista, tuve un retroceso a mis años escolares en los que un profesor te humillaba frente a la clase, o algo muy parecido. Porque la crítica no fue por el texto, sino que se sintió personal. No detallaré el diálogo ni exactamente lo que me dijo, pero basta decir que me sentí, creo que por primera vez o al menos segunda vez en mi vida de adulta, humillada frente a personas a las cuales admiro. Hubo un gran silencio cuando él dejó de hablar, y aunque le rebatí ciertas cosas a nivel personal, el resto del tiempo permanecí callada, y luchando contra las ganas de salir arrancando de ahí. Cosa que no pude hacer por alrededor de una hora y media más.

Cuando por fin terminó el taller, fui la primera en salir y prácticamente corrí a mi casa, hecha una furia. Estaba enojada, porque una de las pocas ventajas que tiene el ser adulto es no tener que soportar cosas así de nadie. Me sentí ridícula porque me habló –o al menos así lo sentí en el momento- como si fuera esa niña novata que entra por primera vez a un taller y no entiende de qué se trata, y como siempre que me pasan cosas por el estilo, solo camino a mi casa se me ocurrieron cosas que contestarle.

Creo recordar un capítulo de Seinfeld en el que George le sucede algo similar, y se le ocurre la respuesta a un sarcasmo de un compañero de trabajo solo después, y bueno, finalmente nunca le resulta hacerlo bien. Siempre me he identificado con George.

Ahora, quizás debería también explicar que en la pega me dicen Bridget Jones, no solo porque a veces mis impulsos son justamente medios ridículos y muchas veces termino metiéndome en problemas por hablar de más o simplemente por despedirme como lady Di y chocar contra la pared por no estar viendo dónde camino. Y a veces me baja la rabia por cosas que quizás no tienen mucho sentido, y me baja la cordura días después. En este caso, confieso que el tallerista tenía razón en hacerme ver que no puedo llevar cualquier cosa solo porque no alcancé a llevar el cuento que quería, y es cierto que el texto estaba sucio, lleno de repeticiones y hasta poco original.

Pero el punto para mí fue haberme sentido así después de tanto tiempo, y estas ganas de querer demostrarle al taller entero que no soy una pendeja que no entiende nada, y sí soy inteligente, lo cual ya en sí entiendo que me baja varios puntos de CI.

Es extraño como estas dinámicas aun suceden de adulto, y lo usuales que son en este tipo de círculos. Como, al final, aunque digas que no te importa lo que piensen de ti, terminas despierta en la noche reviviendo una escena y planeando como cambiar la imagen que se hicieron de una. Lo que comprueba supongo que al final, uno no es mejor que nadie.

Not really. But you get my point.

 

Foto: El Taller, obra de la compañía La Fusa, dirigida por Marcelo Leonart, escrita por Nona Fernández

11 Comentarios

  1. Maravilloso!

    Te felicito realmente: qué texto más agradable de leer y punzante sin ser nada de pretencioso.

  2. Isidora dice:

    Excelente texto. El desvelo tratando de cambiar una escena, cosas que una hace.

  3. Isidora dice:

    El desvelo tratando de cambiar una escena, cosas que una hace.

  4. GS dice:

    Buen texto. Aunque pensé que comentarias sobre algunos talleres (con nombre y apellido) en curso, que es algo que ando buscando.
    ¿Sería posible hacer algo así?

    Slds.
    GS

  5. Desilusionante escrito. Los ignorantes en esta materia no tenemos idea acerca de qué talleristas te refieres. Con este tipo de escritos, los poco sabiondos seguiremos pisando el palito y entrando a talleres mediocres. Esto debió ser como aquellos sitios que se dedican a hablar sobre las prostitutas. Tipos que se acuestan con tal o cual mina y luego comentan sobre su servicio. “Recomendable”, “Muy buena”, “Demasiado distinta a las fotografías que muestra”, “Fome en la cama”, “Tiene problemas al hacer el sexo oral”, etcétera. La gracia es que ahí la identidad del que otorga el servicio sí está especificada, claramente.

  6. Victor Ruiz dice:

    Un texto impreciso, con muy poco estilo y sobretodo, muy muy aburrido.

  7. Claudia dice:

    El tema era interesante pero lo tomaste de una forma super autorreferente y egocéntrica, incluso para tratarse de una columna que se anunciaba muy personal. Es como si hubieras usado el tema para hablar de ti misma y no al revés, que es lo que se podría esperar de un texto como una columna.

  8. Sebastián Evans dice:

    El tema de los talleres literarios siempre llama la atención, porque son casi una institución en la actividad cultural chilena, todo aproach que se haga al asunto vale. No obstante creo que en esta ocasión la articulista presenta una propuesta muy débil y, lo que más preocupa, es que es poco informativa respecto de los talleres literarios que se hacen en Chile (o al menos de los que se nombran en el posteo), que son muchos. La radiografía que se hace es muy contraproducente si es que no se nombran con todos los datos esos talleres. Es como hacer un reportaje de restaurantes que sirven comida en mal estado y no dar nombres ni direcciones de esos lugares. Hubiera sido bueno dar esos datos, porque más encima casi todos los talleres literarios cobran, entonces hubiera sido buena una ayuda con info detallada para que podamos cotizar y cuidar el bolsillo.

    Y, unido a lo anterior, debo concordar con algunos comentarios que hacen mención de la autorreferencia de la articulista. Ya que no hay datos se puede deducir que la autora no solamente no quiso echar a nadie al agua o salvaguardar su propio pellejo, sino que su propósito principal fue hablar de ella misma. Eso en sí mismo no es 100% reprochable, pero cuando la autora es una perfecta desconocida, eso desconcierta al lector, lo confunde.

    Ah, y quisiera hacer una pregunta: la autora habla de que van a publicar su liro en la Feria Chilena del Libro, ¿no es esta una cadena de librerías, o se expandieron y ahora también editan libros? Suena raro eso, porque no tenía idea que la Feria Chilena del Libro hacía libros aparte de venderlos.

    Ojalá que en el futuro se publiquen textos que sean de verdadera utilidad pública.

    Saludos.

  9. Francisco T. dice:

    Hola, creo que la estupidez de los comentarios se ve representada en la pregunta de Sebastián. En el texto la autora claramente dice que el libro se publicará a través de SM (editorial) y se lanzará en la Feria del Libro (lugar.
    Preguntar si la feria está publicando libros es casi tan idiota como decir “utilidad pública”. Saludos.
    PD: Buen texto.

  10. Ismael Salcedo dice:

    Yo creo que este escrito tiene unas cuantas cosas que hay que notar, el primero de ellos es que Macarena Fabry tiene kilometraje en talleres literarios (ese es el eje central del artículo, se deduce), pero a pesar de eso se transparenta cierta ingenuidad, una adolescencia no concluida, mucha cultura de TV cable, una adultez inexistente en la autora. Primero porque su escritura necesita de forma evidente varias sesiones más de taller. Hay buena redacción, pero eso, ya se sabe, no es lo mismo que escribir.

    Pero la ingenuidad de Fabry se evidencia cuando dice “una de las pocas ventajas que tiene el ser adulto es no tener que soportar cosas así de nadie”. Esa oración deja ver que Fabry pertenece a una adultez (si es que es así, yo estoy en desacuerdo) que se da en un mundo distinto al que vivimos todos los días, donde todos tenemos que soportar de todo, especialmente quienes tenemos que rompernos el lomo todos los días para ganarnos la vida. Entonces, podríamos decir que a Fabry, tal como se dice de muchos políticos chilenos, “le falta calle”, su existencia ha sido cómoda, si es que cree que la adultez sería una suerte de edén placentero donde las cosas se solucionan mágicamente solo por tener una determinada cantidad de años en el carné. Al mismo tiempo se nota en la autora una escasa capacidad de soportar frustración, o sacar lecciones de las situaciones que nos tocan vivir (eso es ser adulto). Me atrevo a adelantar que algunos comentarios que han puesto los blogueros acá deben de haber generado la misma furia que relató Maca Fabry cuando sus escritos fueron criticados por sus compañeros de taller.

    Finalmente, esto permite concluir que la formación literaria de Fabry debió haberse orientado de otra manera, menos talleres, más lecturas. Y sobre la calidad de la autora, este texto tampoco da muchas pistas. Habrá que esperar al mes de octubre para ver el libro de Maca Fabry, a ver si en realidad esos talleres tuvieron algún efecto positivo. Pero hasta ahora, todo es un misterio, y este artículo es muy incoducente.

  11. Felipe López dice:

    Respecto al último comentario, considero necesario destacar algunos puntos.

    En primer lugar, catalogar a la autora en cuestión de “adolescente incompleta” e “ingenua” es una irresponsabilidad tremenda, por cuanto a partir del texto no es posible inferir tales características, al menos que quién escribió la opinión conozca personalmente a Fabry.

    Por otro lado, noto en Ismael Salcedo cierta frustración reprimida que, aparentemente aflora cuando un adulto muestra ser distinto, y según él, no sufre lo que normalmente sufren “los adultos de verdad”. Don Ismael, que otros adultos no tengan que martirizarse como usted lo hace, que tengan una supuesta “existencia cómoda” que usted asegura tiene la escritora, no los convierte en menos adultos. Por el contrario, deja entrever su poca tolerancia frente a situaciones diversas, lo queja mucho que desear de su supuesta madures.

    Ismael Salcedo desliga la crítica original de su argumento, que comienza remitida a la columna de la escritora, para centrarse en supuestos atributos que usted, con una comprensión lectora superior, ha encontrado en Fabry. Su respuesta es arrogante y no aporta ninguna crítica constructiva para complementar lo expuesto por la autora.

    Podría concluir, don Ismael, que si de “falta de calle” se trata, usted está al debe, por cuanto siempre existirán personas con realidades y visiones de vida opuestas a la suya, y es parte del ser adulto – por su crítica pomposa me queda claro que es uno – aceptarlas y tolerarlas.

    Respecto a la columna, puedo aportar con que está bien escrita y posee una buena articulación de las ideas y refleja, en parte, situaciones que todos los que hemos ido a talleres nos ha tocado ver, o vivir. Si es incompleto o no, quedará a criterio de cada uno, lo que es yo, lo encuentro tremendamente interesante para hacer una parodia de diversos escritores con delirios de grandeza.

    Atentamente.

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