Revista Intemperie

Un país abusador

Por: Vidia Gutiérrez
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Vidia Gutiérrez reflexiona en torno a este dramático caso, y se pregunta hasta qué punto el abuso sexual infantil sigue siendo un tema ignorado, como lo era hasta hace poco tiempo atrás

 

En los últimos años, el tema del abuso sexual infantil en Chile ha ido saliendo progresivamente a la luz desde el profundo e infernal abismo en el que habita.

Varios casos de impacto mediático, junto con develar esta realidad, han dado la oportunidad para que los especialistas entreguen información al público masivo, y eso ha redundado en algún grado de avance en la protección y el autocuidado de las potenciales víctimas. Hasta hace una década, conceptos como pedofilia o explotación sexual infantil eran desconocidos para legos y la mayoría de la gente no podía reconocer síntomas en los niños. Hoy hay conciencia de que el abuso sexual infantil existe, pero la magnitud del fenómeno todavía es difícil de dimensionar.

En parte, esa dificultad reside en el hecho de que el abuso sexual parece estar bastante arraigado en nuestra sociedad. La abrumadora mayoría de los casos no corresponde a ataques sexuales violentos, como los que tienen más notoriedad pública. Lo usual es que se trate de relaciones de carácter abusivo donde los perpetradores son parientes o adultos cercanos a la víctima. Relaciones que se prolongan por años y permanecen silenciadas por un manto de normalidad ante la indiferencia del entorno. Es difícil decir si el tema antes no se tocaba por simple ignorancia o porque las situaciones abusivas eran toleradas socialmente. ¿Hasta qué punto lo sigue siendo? Fue impactante, por ejemplo, ver a la madre de Belén defender a su pareja, asegurando que el embarazo de su hija era producto de una relación consentida. Sin embargo, quienes trabajan en el tema saben que esta reacción no es poco frecuente.

¿Cómo una persona adulta, es capaz de considerar a una niña de 9 años (a esa edad comenzaron los abusos contra Belén) como una mujer preparada para llevar una vida sexual activa? En el caso de esta madre se podrá culpar en parte a la ignorancia o al daño sufrido a lo largo de una vida llena de carencias. Pero sucede que un Diputado de la República, a quien no se puede acusar de ignorante o calificar como socioculturalmente deprivado, opinó en el mismo sentido. Para él, el cuerpo de esta niña estaba preparado. No está de más dejar en evidencia que una cosa similar debe haberle pasado por la cabeza al violador frente a Belén.

Desde el más humilde habitante del país hasta la más alta magistratura de la nación, es común la idea de que la maternidad es un mero hecho biológico y que una niña puede y debe consagrarse a ella si es que el destino la puso en ese trance. Asociar este hecho a la influencia de la derecha política es un mito; las discusiones en torno al aborto terapéutico o la píldora del día después nos han demostrado la transversalidad de esta idea. Tampoco es cierto que se trate de la imposición de quienes desconocen de cerca el drama del embarazo infantil: las propias víctimas y sus familias suelen rechazar la idea del aborto o la adopción.

Detrás de esta noción generalizada está la negación de que el desarrollo de la sexualidad es también un proceso psíquico que repercute en la vida entera de una persona y, con ello, la triste reducción de nuestros niños a personas sin dignidad ni derechos, sino apenas con una realidad física a disposición de los adultos.

 

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