Revista Intemperie

El perseguidor de Miles

Por: Mario Valdovinos
miles davis

 

El aterrizaje en el planeta Miles se produjo a través de Rayuela, de Cortázar, como All that jazz, y por fines de los setenta, en tardes inmoladas por la dictadura, me lo topé en formato vinilo, las relucientes esferas negras de los LP. Se trataba de Kind of blue (1959). La entrada fue imperial. El álbum, con una formación insuperable: Miles Davis, John Coltrane, Cannonball Adderley, Bill Evans, Wynton Kelly y Jimmy Cob fue escogido el más importante en la historia del jazz en los rankings del año 2000.

¿Qué tiene Kind of blue que no exhiba otro, u otros, de los más de 100 álbumes que Miles Dewey Davis III, hijo de un próspero odontólogo y estudiante de la Juilliard School de Nueva York no tenga? Tal vez captó como ningún otro trabajo del trompetista una atmósfera. Miles señaló en su autobiografía que trató de recuperar sonidos y sensaciones de su infancia. Era el fin de una década, los cincuenta, y el alba de otra, magnífica, en la cual el músico planearía con sus alas extendidas como un albatros, el ave que vuela ajena a la bandada. En lo musical, también es identificable, aún para un oído rudo como el mío, una fusión entre el rigor de los músicos intérpretes de partituras y el vaivén cool de la improvisación jazzística. Kind of Blue es al jazz lo que la Consagración de la primavera, de Stravinsky, es a la música clásica del siglo XX; o Piazzolla al tango, la complicidad entre lo culto y el arrabal, una revolución que cambió el modo de interpretar todo estilo musical. Miles venía de tocar en clubes, armar y desarmar grupos, de inyectarse heroína y de dejarla. Había grabado Birth of the cool,1949, después In a silent way, 1969, y, acto seguido, entraría al estudio tan campante para inmortalizar otra genialidad, Sketches of Spain, que incluye una soberbia versión del adagio del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, virado al estilo Miles. 

De sellos grabadores confidenciales, Prestige, Savoy, Dial, Vanguard, en un mercado de más de 250 millones de personas, pasó al sello Columbia, que odiaba por transnacional y manejado por blancos, pero grabó allí medio centenar de álbumes que le proporcionaron difusión y fama universales, riqueza y acceso a los caprichos de una estrella. Sin embargo, no hubo éxito artístico que le impidiera una  depresión que lo hundió en un abismo más negro que su piel y en el que permaneció cinco años, el lustro perdido. Colgó la trompeta en un armario y se consagró a la bebida, las drogas, los róunds con exposas, el sexo con prostitutas y un desengaño de todo que si bien significó un período autodestructivo, a fin de cuentas y viéndolo desde la perspectiva de su trayectoria, fue el impulso para el retorno: el Miles eléctrico, el músico que fusionó varias modalidades cultivadas anteriormente, el cool jazz, el free jazz, el jazz modal, con el rock, estilo que consideraba, sin equivocarse, facilista, majadero y demasiado masivo, además de ritmo de origen blanco, aunque proveniente del rhythm and blues, indiscutiblemente negro. El rock, avasallador, bailable y con letras irrelevantes, para decirlo suave.

La pasión por Miles, autoinoculada como si fuera un pinchazo de heroína, ha sido desaforada y excluyente, nutricia y destructiva. Donde voy me sale al paso algún álbum que no poseo: París, Praga, Venecia, Estambul, Atenas, Nueva Delhi, Persa Bío-Bío, poblaciones José María Caro y La Legua, Madrid, Buenos Aires, Frankfurt y Dalcahue. Puedo comprar un álbum por el diseño de la caja, aunque lo tenga, o por el sello, los incombustibles Blue Note y Columbia, donde el blackbird se arrimó a regañadientes a una empresa multinacional para engrosar su nutrido catálogo. El sonido Miles proporciona melancolía e invade el ambiente de un clima de ensueño, muy lejos del síncope cardíaco al que empuja el be bop de Charlie Parker y equidistante del saxo tenor de otro coloso, con el que grabó innumerables temas, John Coltrane.

Cuando se aburrió de experimentar en el jazz y estaba devastado, a pesar de los trajes relucientes y de la ostentosa peluca que cubría su calva, accedió a morirse, si bien en extrañas circunstancias. Se ensimismó en un solo del que no ha vuelto.

 

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