Revista Intemperie

Patricio Jara: las respuestas nunca están en la superficie y cuando excavas no siempre encuentras lo que quieres

Por: Héctor Rojas Pérez
patricio jara

Héctor Rojas conversa con el escritor Patricio Jara a propósito de su última novela, los cambios que ha sufrido Antofagasta y las reflexiones que suscita nuestro pasado reciente

 

“Cuando caminas solo por el desierto no haces otra cosa que tratar de no equivocar el camino, de no perderte porque, si eso ocurre, bueno, sería todo”.

La ultima novela de Patricio Jara, Geología de un planeta desierto (Alfaguara 2013) indaga sobre una Antofagasta que ha reemplazado la actividad portuaria por la minería. Donde el desierto se vuelve protagonista y pensar la tierra permite reflexionar sobre la ciencia, la memoria, la muerte y el nacimiento. El autor nos propone una visión interesante del ser humano en un entorno árido, el más árido del mundo.

Sitúas la acción de la novela en Antofagasta, lugar en el que naciste. ¿Consideras que la producción literaria nacional es centralista y qué imaginarios consideras que son postergados por las editoriales?

No creo que haya un centralismo en cuanto a la producción literaria, si es que eso significa tan sólo escribir. O, si lo hay, no creo que sea algo estéticamente deliberado. Al final, uno escribe de lo que puede. Cada autor tiene su propio paisaje, ya sea a partir de lo que ve por su ventana o tiene en la memoria. Todas mis novelas ocurren o pasan en algún momento por el norte. Mal que mal, viví allí hasta los 30 años. En cuanto a la producción editorial, eso es distinto, pero tampoco creo que los sellos midan la factibilidad de publicar una novela considerando como un elemento en contra o a favor el hecho que ésta ocurra o no fuera de la capital. Aunque estoy casi seguro de que, al final, es un elemento a favor: allí están Hernán Rivera Letelier y Francisco Coloane, ambos en los extremos, y ambos muy leídos por la gente.

Trabajas la construcción biográfica de los personajes: médicos, geólogos. ¿De qué manera construyes tus personajes y cómo decides qué información poner a disposición del lector?

Una manera que tienen los personajes de relacionarse con el mundo es desde su trabajo. Creo que Richard Ford dijo alguna vez algo al respecto. La construcción de los personajes, en ese sentido, es uno de los aspectos que más disfruto porque me lleva a ámbitos que no conozco y debo investigar. Para mí es importante que las personas que habitan una novela tengan un oficio o algo similar. Pero esto no implica que se trate de novelas profesionales. En mi caso, investigo harto y escribo mucho también sobre las actividades que hacen, independiente si es que éstas tienen que ver o no con la trama de la novela. Es como armar un andamio, hacer lo que necesitas hacer y luego sacarlo para que sólo quede lo esencial. A veces resulta, a veces no. A veces hay grietas que te llevan fuera de la novela o bien que terminan sumándose de manera fortuita a lo que cuentan los personajes. Pero al final uno quita, saca cosas. En esta novela quedaron fuera varios pasajes y hasta capítulos que estuvieron dentro por varios años.

En Geología de un planeta desierto hay varias referencias a la dictadura como el exilio y jubilaciones anticipadas. ¿En qué medida es este periodo determinante en la construcción de esta historia o de un imaginario cercano?

Esos temas fueron apareciendo poco a poco y se hicieron importantes dentro de la novela a medida que iba escarbando. Los personajes de la novela nacieron en los primeros años de la dictadura, de modo que el tema iba a estar presente, nacieran en Chile, como Rodrigo, el geólogo, o en el extranjero, como en el caso de Magaly, la radióloga que es pareja de Rodrigo y viene de Suecia. Y claro, hay elementos del paisaje que van mostrando señales de cómo eran las cosas en esos años.

Sobre el mismo tema anterior, hay una tendencia a hablar de la postmemoria de la dictadura. ¿Consideras que esta novela está reflexionando sobre la construcción del pasado del país?

Cuando estás cerca de los cuarenta años, es evidente que ya se ha generado la suficiente distancia con tus años formativos. En muchos casos los autores de esa edad sienten que es hora de decir algunas cosas. Y eso, lo que salga, quizás sea un modo de recuperar la infancia o la adolescencia, pero ocurre que ambos periodos suceden y están marcados por el gobierno de los milicos, de modo que es un poco inevitable, ¿no? Y si te fijas en algunas novelas o cuentos de autores menores de 30 años verás que el paisaje es distinto.

La muerte aparece como un rito en tu novela:

“Elegimos una camisa amarillo vainilla, un pantalón café y zapatos negros. Como en los últimos meses solo había ocupado pantuflas, le pusimos unos míos, los que usé en la licenciatura de cuarto medio. Con esa ropa se fue mi papá. Se veía limpio y ordenado. Los zapatos brillaban. Los lustré con cuidado, como si entonces hubiera sabido que iba a volver” (90).

¿Qué elementos rituales te parecen interesantes de narrar y de qué manera?

No tenía la intención de que ese pasaje fuera leído así. Simplemente describí algunas situaciones que consideraba relevantes. Si me hubiera propuesto dar una carga ritual premeditada a algunas cosas, de seguro no habría resultado. Uno nunca sabe qué escenas pueden tener más o menos significación para el lector. Esa es, al final, la gracia. Con este tipo de novelas las cosas no son tan planificadas. Uno tiene un esquema, una estructura, pero siempre hay zonas en blanco, siempre hay dudas.

Antofagasta ha desplazado la actividad portuaria por la minera, fenómeno del cual esta novela da cuenta, ¿de qué manera esto ha influido en el imaginario cultural de las personas? 

Es un proceso lento. Antofagasta hoy es una ciudad que se está refundando y estableciendo nuevos códigos y un nuevo imaginario a causa de dos elementos importantes: la minería y la inmigración extranjera. Lo que resulte de allí sólo lo veremos en algunas décadas. Nada muy distinto de lo que ha ocurrido en las ciudades del norte desde siempre. Antofagasta, a mediados de 1870, era una ciudad muy distinta a la que terminó siendo en 1883, luego de la Guerra del Pacífico, por ejemplo. Y ahora se produce un nuevo ciclo.

La novela comienza con el retorno de un padre desde la muerte. ¿Es posible pensar la muerte con otras perspectivas en el desierto? 

Cuando caminas solo por el desierto no haces otra cosa que tratar de no equivocar el camino, de no perderte porque, si eso ocurre, bueno, sería todo. Me pasó un par de veces caminando en los alrededores de San Pedro de Atacama y en Socaire. Aunque cuando chico y me iba de excursión a los cerros con algunos amigos, pensábamos en qué haríamos si se nos aparecía el diablo.

Hay una metáfora que trabajas con los latidos intrauterinos y los sonidos del interior de la tierra explotada. ¿Qué valor simbólico tiene la minería en tu trabajo?

Las respuestas nunca están en la superficie y cuando excavas no siempre encuentras lo que quieres. En este caso, las metáforas se generaron de manera espontánea. No creo que alguien planifique las cosas como un truco de magia orientado a provocar tal o cual efecto en el lector. Eso es ser demasiado optimista.

 

Foto: artv.cl

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