Revista Intemperie

Hasta las masas

Por: Mario Valdovinos
van-gogh

Mario Valdovinos sobre el cruce entre la cultura no mercantilizada y cultura pop, entre la farándula y el reality, por un lado, y la literatura y el teatro por otro

 

Jorge Alessandri, uno de nuestros presidentes más conservadores (1958-1964), gobernó en años libertarios y transgresores. En su período visitó Chile el primer mandatario republicano D. D. Eisenhower. Lo llevaron a la población San Gregorio construida por el Paleta, apodo de Alessandri, austero y nada corrupto. El héroe de la Segunda Guerra Mundial llegó en helicóptero y los ex pobladores del Zanjón de la Aguada, cordón de miseria de la capital, los llamados callamperos, lo recibieron como a un Mesías. Esa actitud, comprensible sin duda en gente desamparada, parece ser la que ha dominado a nuestra cultura respecto de la hipervaloración de lo exótico y la infravaloración de lo nativo.

Entre 1967 y 1968 se suicidaron tres grandes: Violeta Parra, Pablo de Rokha y Joaquín Edwards Bello. Podríamos decir, como en el caso de Van Gogh: fueron suicidados por la sociedad. La noticia ocupó las portadas de los diarios durante un día, para dar paso al fútbol y a las vedettes. La insularidad de Chile, el malinchismo, la tajante cordillera, el aislamiento, nos volvieron ingenuos, permeables y nos pusieron contra nosotros. ¿Es que sólo lo propio y lo construido en nuestras fronteras tiene valor? Claro que no y cada país exhibe ejemplos desoladores de artistas rehabilitados y considerados sólo post mortem. El pago de Chile podría ser una ley universal. Pero resulta aterrador cuando prácticamente es la única actitud. Skármeta contó que hace unos años recibió el anuncio de un homenaje oficial en el país y su primera reacción no fue alegrarse sino correr a la página de defunciones del periódico para ver si estaba muerto.

La leyenda negra de Mistral cuenta que en todo consulado del que se hacía cargo, mandaba cavar un hoyo en el patio de la residencia diplomática para arrojar allí lo que le enviaban del país, el terruño remoto y presuntuoso, el horroroso Chile, como decía Lihn, del que recibía –se quejaba la poeta- a lo menos tres latigazos por día.

El concepto cultura, en definitiva, ¿qué es? Al ministro nazi de propaganda, Goebbels, le provocaba instantáneas ganas de disparar. La censura, el miedo a la libertad, las mordazas, son transversales. Todo es cultura y no sólo las propuestas, en los diferentes géneros de expresión, de los llamados artistas. ¿También la chatarra, la chabacanería, la pachanga, reciclables y vueltas majaderamente a exhibir? Difícil establecer un límite entre cultura pop, o de masas, y alta cultura. Póngase las comillas. Son mundos paralelos, parecen coexistir pero no se rozan ni juntan jamás. Faltan figuras de consenso, densidad cultural, extensión, difusión. En la TV abierta fueron bien recibidos, en términos de rating y de auspiciadores, Patiperros y El mirador. Más actualmente Frutos del país y Recomiendo Chile.

No  se ven animadores del tipo de Patricio Bañados y Antonio Skármeta, con su Show de los libros, la golondrina que no volvió, cultos, carismáticos, capaces de enseñar, entretener y deleitar a un público masivo, de nivel educacional superior a los doce años. El problema parece residir en establecer un puente, un gran y amplio enlace entre la ética y la estética de la teleserie, el matinal, el reality show, el panel de farándula, el omnipresente fútbol, los programa de concursos, y el otro mundo: la literatura, la poesía, el teatro, la música, la ópera, el ballet, la escultura, los museos, el cine, arrinconados y vistos como ghettos arrogantes de las élites, refugio de intelectuales desplazados y resentidos.

El camino es largo y sinuoso, la tajante división parece instalada. ¿El asalto farandulero a la TV abierta no será un tigre de papel? El soporte podría ser una clase política no corrupta e ilustrada, la educación no destinada a marcar óvalos para el Simce y la PSU, la cultura formando parte sustancial del entretenimiento, como quien cultiva un jardín personal; los valores artísticos locales tener voz, presencia, estar en primer plano. ¿El cruce de cultura de masas y alta cultura incluiría a Óscar Hahn en Alfombra roja y a Vale Roth en Off the Récord?

Del poder, pasados los años, permanece poco. Los huesos de los monarcas, como sus obras y recuerdos, se descomponen en el pudridero. Del rey Alfonso queda nada, pero sí siguen invencibles, en el Poema de Mío Cid, los versos recitados por los juglares que lo compusieron.

 

Foto: Sorrowing Old Man (‘At Eternity’s Gate’), Vincent van Gogh, 1890

2 Comentarios

  1. antonio arevalo dice:

    De antologia!! recomiendo ponerlo y dejarlo en el velador y releerlo de vez en cuando !!

  2. Victor dice:

    Oiga amigazo que buen comentario. Sobre lo de Vale Roth en Off the Record me parece que usar esa dialéctica nos podría llevar a un estado de “farandularización tardía”.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.