Revista Intemperie

Céline, una imagen junto al Danubio

Por: Rodolfo Reyes Macaya
celine

 

En un erudito libro de viajes en torno al Danubio, de índole más ensayística que narrativa, Claudio Magris se detiene algunas páginas en la silueta desdibujada de uno de los escritores más controversiales del XX. El escenario corresponde al castillo de Sigmaringen, en Baden-Wurtemberg, al momento mismo en que los jirones del estado mayor del gobierno de Vichy se entregan a la aceptación de su derrota o sencillamente al delirio colectivo. Son los comienzos del fin de la Segunda Gran Guerra. Y en una de las habitaciones, que da hacia las orillas del Danubio, nuestro personaje se debate entre el odio y la angustia, aplicando inyecciones de morfina o bien suministrando, a diestra y a siniestra, cápsulas de cianuro a sus compañeros de infortunio.

Dicho de otro modo, el castillo de Sigmaringen, tras el desembarco en Normandía, es la nueva sede de gobierno de la Francia Colaboracionista y nuestro personaje, que en Radio Londres ha sido llamado “enemigo del hombre” en realidad se llama Louis Ferdinand Destouches, alias Louis Ferdinand Céline o, lisa y llanamente, Céline, quien espera rabioso y sabe (creemos que sabe) que el futuro no existe, nunca existió; el viento del porvenir será más o menos benevolente que el pasado, todo acontecimiento será otra espina más en su corona de infamia y, por lo tanto, es de esperar que en este viaje al fin de su propia noche se retuerza como el Cristo de Grünewald, aunque sin posible redención , ni en éste mundo ni en otro; ni hablar de aquel abominable “bidet lírico” que muchos tienden a llamar Literatura.

“La conciencia colectiva, dice Magris al respecto, que no quiere superar la violencia pero que tampoco se atreve a mirarla a la cara, sublima el egoísmo y la prepotencia en un vacuo culto al sentimentalismo y a la pasión, en esa cultura que Céline ha definido de forma fulminante como bidet lírico. Este último, que desconoce la verdad elemental del sexo y la totalizante del amor, es el reino de las grandes mentiras intermedias, la poemización de la actividad gonádica, los pálpitos del amour-passion destinados a justificar el engaño y el autoengaño”. Céline se entrega a la destrucción porque ésta le parece más noble y, paradójicamente, más humanitaria, que la constante mentira de la razón ilustrada. Céline como la encarnación del mal o, por lo menos, como quién oye el llamado de la abyección y la sigue, sonámbulo o no, hacia el exterminio de un mundo que, dada su enervante e individualista artificiosidad, ya no tiene razón de ser.

De estudiante de medicina a soldado en las trincheras insensatas de la Gran Guerra, de viajero infatigable a médico de los desfavorecidos, de escritor a reaccionario antisemita y colaborador del nazismo, Céline, con su prosa grosera, amarga y vertiginosa, es hoy uno de los autores en lengua francesa más importantes y, sin embargo, menos laureados del siglo pasado. En 1950, no está demás mencionar, fue declarado Desgracia Nacional por el gobierno de Auriol. Sea como fuere, me quedo con aquella imagen suya, antes de la caída definitiva, casi al borde del Danubio y del colapso, en el castillo de Sigmaringen de los antiguos Hohenzollern: el primer ministro Laval nombrándolo gobernador de las islas Saint-Pierre y Miquelon, como Don Quijote prometiendo a Sancho la gobernación de la Ínsula de Barataria, mientras las bombas made in U.S y los lager nazis resuenan en la oscuridad de una noche interminable y los ángeles de la historia, como escribiera un célebre pensador judío-alemán, caen destrozados por un viento implacable que, soplando desde el paraíso, recibe el nombre de “progreso”.

 

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2 Comentarios

  1. gb dice:

    Celine: un maestro del descalabro y la desilución.
    Buen aporte de Intemperie.
    Acá en Chile, uno de los comentaristas y divulgadores más informados sobre este escritor y otros de su estirpe -Drieu La Rochelle, Junger, von Solomon- fue el genial ensayista Martín Cerda. Ojo con eso, mucho ojo, pues mientras acá en los remotos años 50 seguíamos en la vieja querella del Criollismo y con una idea sobre la novela de raigambre naturalista, un joven Martín Cerda nos intentaba abrir los ojos y la percepción para que recepcionáramos a Barthes, Goldmann, Junger y al autor que es motivo de esta columna. Eso en ¡1954!. Por lo visto, siempre estaremos “recuperando” a esos escritores que nuestros padres y abuelos, también veían en la necesidad de “recuperar” .

  2. Juan dice:

    excelente artículo! fuerte eso de “la poemización de la actividad gonádica”

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