Revista Intemperie

Un paseo por ventanas traviesas

Por: María José Navia
trucho

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María José Navia repasa una serie de jóvenes autores latinoamericanos, todos parte de una nueva serie de antologías destacas aquí.

 

Me obsesionan los nuevos formatos y todas las transformaciones de los libros en general. Desde las novelas-blog, a los libros-objeto, de los microcuentos más breves a novelas gráficas gigantes como Building Stories o In the Shadow of no Towers, el libro como realidad camaleónica, mutante, imposible, parece mostrar nuevas aristas, complejidades y colores, con cada nueva variación.

Las microantologías de la Revista Traviesa son un gran descubrimiento y una ventana fresca, necesaria, a los nuevos narradores latinoamericanos. Cada antología se publica en español y es traducida al inglés, se vende por Amazon a un precio módico (cuatro dólares) y se compone de cuatro relatos que giran alrededor de un tema principal.

En el primero, curado por Federico Falco, el concepto de lo trucho hilvana cuatro cuentos increíbles.

En su introducción, Falco hace un brillante recorrido por la historia de la idea de marca que trae, por asociación, como un hermano temible, la idea de lo trucho; el aura que impregna a la marca, su fetiche, y ese anhelo o ansiedad que se esconde así en todo lo que se aleja de ello.

En Omega, el chileno Diego Zúñiga cuenta la historia de un niño que se apropia del reloj Omega (auténtico, o eso cree) de su padre, reloj que puede usarse en la Luna y al que le asigna todo tipo de superpoderes. En Las mañanitas –mi favorito-, de Federico Guzmán Rubio (escritor mexicano), una pareja de mexicanos llegados hace poco a Estados Unidos, invitan al jefe a cenar a la casa, cayendo en todos los estereotipos sobre los mexicanos que tienen los gringos (porque así les aconsejan hacer): sirviéndoles cerveza Corona, preparando un insípido guacamole sin picante, poniendo de música lo que le gusta al jefe (quien dice en un momento que toque “algo mexicano, no sé. Como Jennifer López o Ricky Martin”). Del fetiche y la posterior decepción de lo trucho en el cuento de Zúñiga se pasa a lo trucho como prejuicio, una ficción falsa, de mala calidad, que se hacen los gringos de los mexicanos en este caso.

En el tercer cuento, La marca de Javier González (autor colombiano), la historia de una marca de ropa, desarrollada en base a la copia y robo de otros referentes por una mujer bastante particular, Marilyn (“En realidad no diseñaba, decía mi padre. Se copiaba. Pero con gusto, decía mi madre”) esconde y resalta a la vez el dolor de familias a mal traer, las esperanzas de distintos miembros de la tienda o que visten sus productos, incluso un brutal asesinato.

Por último, en Dos sables láser, Hernán Vanoli (autor argentino) lleva lo trucho a la copia, el doble y el exceso de referencias: desde libros que se leen en fotocopias, novelas que se escriben con recortes e injertos que un otro (un alterego) va poniendo uno junto a otro, visitas a curanderas de mala muerte, al formato del mismo cuento, en el cual se intercalan entradas de diario de vida, con apuntes de reflexión antropológica sobre las ferias donde se venden las copias de todo en la ciudad: zapatos, carteras, etc.

Todos estos cuentos muestran cómo lo trucho no es más que una ficción, algo fabricado, que a ratos muestra más o menos sus costuras, que a veces funciona y otras francamente destiñe. Que dice mucho del producto (un reloj que ya no anda) pero también de quien lo compra (el jefe y su estereotipo de los mexicanos, y el asumir ese estereotipo por parte de estos últimos).

La segunda antología breve, curada por la joven escritora boliviana, Liliana Colanzi, se pierde en las luces y oscuridades de lo mesiánico. En su introducción, Colanzi remarca en la proliferación de cultos a líderes carismáticos en el continente como síntoma de un fracaso que también se deja entrever en cada una de estas cuatro historias.

En Arena negra, Álvaro Bisama dispara con precisión de francotirador cada una de las oraciones que compone su relato (“Se fue de la casa a los diez años. Su papá le pegaba a su mamá. Ella se fue. Los dejó botados. Él partió a vagar por el centro”), que habla de un chico que crece a los golpes, que se dedica a robar autos en Santiago y que descubre sin querer una misteriosa secta. (En otro momento genial del cuento, comenta: “A veces, había películas de carreras de autos. Años después, recordó haber envejecido en ese cine, mirando escenas de acción o persecuciones en la carretera”. “Entró al cine a los 12 años y salió cuando cumplió los 15.”)

En Cómo conocí a los Sefraditas, del argentino Luciano Lamberti, el protagonista parece tener una antena en su cabeza que es capaz de sintonizar una radio que nadie más puede escuchar, todo en el contexto de la Guerra de las Malvinas. Dice, en un momento: “Los epilépticos hablan de ‘el aura’, la sensación de un ataque que se aproxima, una luz blanca creciendo en el aire. Lo mío era similar.”, para luego agregar: “Las señales se dejaban oír un par de veces al día, a veces la radio y a veces conversaciones telefónicas, incluso monólogos, el pensamiento de personas enfermas, desesperadas, encerradas o con el corazón destruido por el amor”.

En La piedra y la flauta, la escritora boliviana Giovanna Rivero entremezcla los recuerdos de su narradora en torno a un tío “hippie” muy especial (“la suya no es una sonrisa suelta, relajada, sino la intención dolorosa de un contacto”) que es capaz de curarle la nefritis y llenarle de ideas extrañas su cabecita de niña y su trabajo posterior como periodista que investiga un extraño culto de un hombre que, cual flautista de Hamelin, va por las cloacas aprendiendo de las ratas acerca de tragedias por venir. Dice la narradora: “Antes del flautista, los indigentes eran simples cuerpos de subsuelo. Con el flautista, no solo se habían convertido en profetas, lúcidos observadores de aquello que los que viven en la superficie no pueden ver, sino que parecían confiar en una dignidad o una trascendencia más allá de todo alcance”.

Por último, Tatuado, el relato del  escritor peruano Carlos Yushimito, pulula cual polilla alrededor de la luz de un personaje lleno de carisma y seguidores, la necesidad de una venganza, y un tatuaje que parece desafiar incluso a la muerte. “Todos somos malditos kilómetros perdidos en mitad del desierto”, comenta el narrador, quien antes escuchara a otro personaje decir, como una sentencia brutal: “Que hay muchas formas de matar a un hombre, señor. Y que la peor de todas es salvándolo”.

Se trata de cuentos notables, de talentosísimos escritores jóvenes latinoamericanos, seleccionados con pericia y acierto por sus curadores y a los que, definitivamente, hay que tener en la mira.

Una lectura breve pero genial.

 

Trucho, antología 1 (en la foto); y Mesías, antología 2, están disponibles vía Amazon aquí.

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