Revista Intemperie

Proust: la terrible necesidad del otro

Por: Sergio Missana
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Borges observó que las obras maestras son un género involuntario y celebró textos como Don Quijote o Martín Fierro que habrían sido redactados con cierta inocencia, en oposición, por ejemplo, al Ulises de Joyce, que tendría la pesadez de un artefacto concebido para ser genial. La novela de Proust correspondería, según esta distinción (algo tramposa, como todas las de Borges) a la primera categoría. La lectura del Quijote deja entrever un momento de revelación (para Cervantes) al concluir la primera salida del caballero de la triste figura. Hasta ahí, hasta donde parece haber sido concebida originalmente, la historia ocupa más o menos la extensión de las novelas ejemplares. En ese punto Cervantes parece haber comprendido que lo que tenía entre manos daba para mucho más que su proyecto satírico inicial e introdujo al segundo personaje, Sancho, y se lanzó a explorar las posibilidades que ofrecían. En busca del tiempo perdido también encuentra a mitad de camino su tono y su tema.

Ese momento epifánico está tematizado al final de El tiempo recobrado, cuando Marcel da con el principio organizador de su proyecto literario (el tiempo). Esta deliberación –por lo demás muy francesa, si hemos de creer al Borges de “Pierre Menard…”– resulta, sin embargo, engañosa. En busca del tiempo perdido no es, aunque lo parezca y quizás hasta se esfuerce por parecerlo, una obra vanguardista. A pesar de sus frases meándricas, su fusión de géneros y registros, su carácter hiperreflexivo y su descomunal extensión, en la novela de Proust los aspectos formalmente innovadores no son el punto de partida ni lo medular, sino que emanan, de forma orgánica, del contenido.

En toda vanguardia se da una tensión entre el proyecto (las intenciones) y la obra (el resultado) que la gran novela de Proust trasciende. A lo más se la puede emparentar con la obsesión por el rigor cognitivo del modernismo temprano (Conrad, Henry James) en su teoría bergsoniana de la memoria involuntaria (el célebre pasaje de la magdalena) o cifrado, en un pasaje menos famoso, en las butacas de un teatro: “gracias a una disposición que viene a ser como símbolo de todas las percepciones, cada cual se siente centro del teatro”.

Proust parece no admitir reacciones intermedias: se lo ama o detesta con el mismo fervor. Aldous Huxley lo retrata como un sujeto sentado infinitamente en una bañera, refocilándose en su propia mugre. Borges señala que hay pasajes e incluso capítulos suyos a los que nos resignamos como a lo insípido y tedioso de cada día. Beckett, en cambio, entrevé en su caudal narrativo la voluntad de Schopenhauer, en estado puro. Harold Bloom declara En busca del tiempo perdido su novela favorita y le prodiga quizás el máximo de los elogios en su repertorio: que rivaliza con Shakespeare en su capacidad de dar vida a personajes memorables.

Para Walter Benjamin, la novela de Proust es “…el resultado de una síntesis inexplicable en que la absorción del místico, el arte del prosista, la vivacidad del escritor satírico, la erudición del estudioso y la autoconciencia de un monomaníaco se han combinado en una obra autobiográfica”. Su escritura transita con soltura y maestría por múltiples niveles: desde las íntimas claves psicológicas y la intrincada danza de las dinámicas grupales, pasando por la observación sociológica, la digresión estética, la reflexión política e histórica, hasta un plano de integración superior o “visionario”. No es exagerado afirmar que, a comienzos del siglo XXI, la psicología y la sociología aún no han alcanzado un grado de desarrollo que siquiera se acerque a la complejidad y sutileza (y humor) desplegados por Proust.

Un ejemplo: en la primera parte del volumen inicial el niño-narrador se refiere con cierta frecuencia a los deliciosos pollos asados que prepara su nana. Una escena vista al pasar por el pequeño Marcel cumple al menos tres propósitos: sirve de primera revelación sobre el verdadero carácter de la nana, marca una transición cognitiva del niño hacia una comprensión menos inocente del mundo de los adultos y ofrece una mirada sobre la crueldad humana digna de los experimentos de Stanley Milgram: “Cuando bajé la vi en la despensa, que daba al corral, matando un pollo, que, con su resistencia desesperada y tan natural, acompañada por los gritos de Françoise, que, fuera de sí, al mismo tiempo que trataba de abrirle el cuello por debajo de la oreja, chillaba ‘¡mal bicho, mal bicho!’…”

Es en este sentido que Doris Lessing (quizás la gran heredera de Proust en la segunda mitad del siglo XX) sugiere que la obra de este depara placeres que desbordan lo literario: “Proust describe… cómo los aristocráticos Guermantes finalmente absorbieron a personas que habían despreciado tanto que se negaban a admitirlos en su presencia. La hija de la cortesana Odette se casó con un aristócrata, la vulgar Madame Verdurin se transformó en la Princesa de Guermantes. Se nos invita a observar ese proceso siempre repetido –uno de los ritmos largos, lentos de la sociedad–: cómo los rechazados y despreciados ascienden, y cómo a su vez desprecian a los que los suplantarán”.

No solo en torno al arribismo, predomina la ironía. Los moradores del universo proustiano habitan y padecen pequeños mundos rígidos, entramados de certezas que tarde o temprano terminan por desplomarse, casi siempre con un certero efecto cómico. En la caracterización casi entomológica de los círculos aristocráticos, la despiadada precisión psicológica convive con la sensación de una fantasmagoría, de que todo lo sólido terminará por desvanecerse en el aire. Marcel describe así el talento de las anfitrionas: “…esas artes que la patrona juzgaba tan importantes, aunque no sirvan más que para dar matiz a lo inexistente, para modelar el vacío, y sean, hablando con propiedad, las artes de la nada…” En el microcosmos de los salones del barrio Saint-Germain se escenifica una y otra vez la transitoriedad del poder: “…las pasiones políticas son como las demás: no duran”.

El tema central de En busca de tiempo perdido es el amor, la “terrible necesidad de un ser”. Lessing ha llamado a Proust el gran cartógrafo del territorio del amor. La novela lo explora en todas sus variantes y posibilidades, desde lo sórdido hasta lo sublime, con énfasis, como observa Bloom, en los celos sexuales y en clave de tragicomedia. La homosexualidad, que el narrador Marcel nunca se adscribe a sí mismo, se torna cada vez más preponderante. El amor suele aparecer como un fenómeno proyectivo y egocéntrico que no coincide con las personas que lo motivan: “…es muy raro que una felicidad venga a posarse justamente encima del deseo que la llamaba”. Aunque es innegable el gusto de Proust por los aspectos humillantes y compulsivos del amor, también se entrevé una visión de este como esfuerzo y disciplina –análoga a los trovadores y al Yeats de “Adam’s Curse”–:“lo que no hemos tenido que descifrar, que dilucidar con nuestro esfuerzo personal, lo que estaba claro antes de nosotros, no es nuestro”.

 

Foto: Richard Lindner, Marcel Proust (1950)

 

Artículo publicado originalmente el 02/07/2013

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