Revista Intemperie

El teatro debería ayudar a disolver los consensos falsos: una entrevista a Marcelo Leonart

Por: Rodrigo Marín Matamoros
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A propósito del reestreno de Grita, el escritor y dramaturgo Marcelo Leonart responde las preguntas de Rodrigo Marín, y habla con rabia de democracia, de impunidad y del rol del teatro para darle un sentido al horror

 

El escritor y dramaturgo Marcelo Leonart es el fundador de la compañía de teatro La Fusa, que el pasado 2012 presentó El Taller, obra de Nona Fernandez que trajo a escena el taller literario de Mariana Callejas, esposa del por esos días agente de la CIA y la DINA, Michael Townley. Hoy vuelve a los escenarios con el re estreno de Grita (2004), como parte del ciclo Bestiario en el GAM, que busca conmemorar los 40 años del Golpe. La obra, escrita y dirigida por Leonart, narra la oscura relación entre víctima y victimario durante la Dictadura.

Ha transcurrido una década desde que en el 2004 escribiste y dirigiste Grita. Hoy, a cuarenta años del golpe de Estado, y a pocos meses que termine el Gobierno de Sebastián Piñera, vuelves con este montaje. En este escenario, ¿cuál es tu opinión acerca de la Transición a la democracia en Chile? ¿Hemos simplemente dado vuelta la página o muy por el contrario, crees que aún vivimos en alguna forma de “dictadura”?

Creo que la Historia es un continuo. Nada nace de la nada, ni siquiera el Bing Bang. Y pasa que en Chile siempre hemos querido refundar las cosas sin ver el lado oscuro de cómo todo se ha construido. Creo que la dictadura se hizo fuerte a través del miedo, y para mí no hay dudas de que la democracia fue hecha a través de su influjo. ¿Vivimos en democracia porque cada cierto tiempo votamos por el par de opciones que la derecha y la conservadora Concertación nos dan para elegir? ¿Podemos decir efectivamente lo que queremos? O dicho de otra forma: ¿existen los medios para decir efectivamente lo que queremos decir y hacer lo que realmente queremos hacer? ¿Una democracia política puede ser una dictadura económica y viceversa? Hablando en términos históricos, yo creo que la democracia fue construida a través de cómo los dirigentes que de algún modo construyeron y después se apropiaron de la victoria del No en el plebiscito (mecanismo ideado por el eunuco de Jaime Guzmán y sus secuaces) le tuvieron miedo a Pinochet, a un nuevo golpe, a una nueva Isla Dawson, a un nuevo infierno como el del Chile de los setenta, a una nueva diáspora de campos de concentración y exilio. Y para vencer ese miedo, se conformaron con una democracia “amarillo patito” que se demoró una década en aceptar el divorcio (gracias, Partido Demócrata Cristiano), el fin de la censura en el cine (gracias Iglesia Católica y vicarios de todas las vicarías) y que todavía goza del lastre del lucro como única forma de validación social.

Escribí Grita cuando estos temas ni siquiera estaban en el tapete. Cuando se pensaba que estaban los que habían apoyado a la dictadura y los que habían peleado contra ella. Y que eso nos debía bastar. Pero claramente eso no basta. La democracia, como está construida hoy, está al servicio de una élite que arregla sus diferencias como antes arreglaba sus problemas peleándose en los patios del Saint George (o cuando sumo el Instituto Nacional), con Machuca mirando todo desde lejos, como si nada de eso le incumbiera, gracias a la buena conciencia (católica, apostólica y romana) del padre Whelan. ¿Una respuesta? No sé si eso es democracia.

Grita, pone en escena la parte quizás más oscura de la Dictadura de Pinochet, la tortura. Según el informe Valech, el número de victimas de prisión política y tortura durante la Dictadura asciende a más de treinta mil. Se puede deducir que miles de torturadores caminan por las calles de nuestro país. ¿Existe impunidad en Chile? ¿Cuál es tu visión, y qué piensas de esta otra cara, la más oculta, la de los torturadores?

A la pregunta “¿Existe la impunidad en Chile?” sólo cabría responder con una sonora carcajada, si es que la situación fuera para reírse. Grita nace como una manera de explorar y poner en palabras y en el escenario la escena imposible que siempre hemos querido ver: los culpables y sus cómplices (por acción, omisión y tontera) acechados por la sombra siempre oscura y ambivalente de la víctima. ¿Quién es el torturador y el asesino? ¿Qué piensa de su trabajo? Esas son preguntas inquietantes. Pero también lo es pensar en lo que pasó después. ¿Cómo se sobrevive a eso? ¿Es posible hacer una vida normal y hacer de cuenta de que todo se trató de un mal sueño? Pero no sólo para ellos. Porque hubo otros que desarrollaron la labor refundadora del país amparados por estas máquinas de matar y de minar conciencias, quienes ejecutaron una labor exhaustiva como una especie de viga maestra del sistema.

Aquí la situación es clara: la impunidad es un hecho y el perdón algo imposible. Los verdugos, los matarifes de la patria, están condenados a nuestro desprecio y nuestro escarnio. No deberían caminar tranquilos por la calle. Deberían vagar como ánimas en pena si es que no han tenido el valor de suicidarse. Y sus ideólogos también. No deberían tener derecho a participar del juego democrático. No deberían decir: “Yo no sabía”. Yo tenía trece años y sabía. Ser un hijo de puta o un tonto del culo deberían ser inhabilitantes a la hora de ejercer cargos públicos. Y aquí tenemos a hijos de puta y tontos del culo como candidatos a la presidencia de la república, como señoritos de fundo rezando el rosario luego de matar un chancho y ejercer el derecho de pernada con la empleada. ¿Ése es el Chile más justo que queremos? Grita se plantea como un reflejo para la escena de esta problemática: ¿Qué puede hacer un cómplice de la dictadura cuando un pariente o un cercano a una víctima los mira a la cara? La respuesta debería ser algo más que un largo silencio.

Pensando en las nuevas generaciones de jóvenes espectadores que asistirán a ver este montaje, ¿qué perspectivas se abren hoy para ti, en cuanto a las lecturas e interpretaciones que una década más tarde se harán de Grita? Como dramaturgo y director ¿ha cambiado tu visión del montaje, o mejor dicho, hay alguna re lectura que quieras compartir en esta nueva puesta en escena?

Una de las cosas que nos animó a este nuevo montaje de Grita es el haber constatado cómo la obra se sostiene en su relato. La obra fue escrita meses antes de darse a conocer el informe Valech y las coincidencias sincrónicas entre dicho informe y la obra nos resultaron en ese momento espeluznantes. Si quisiera escribir una obra sobre el tema de la tortura y cómo sus sombras dejan marcas y cicatrices en todo el entorno de victimarios y víctimas no diferiría demasiado de lo que ya escribí. En el montaje, sin embargo, las cosas son distintas. Es difícil de explicar. Este montaje actual del algún modo es más directo que el anterior (la materialidad de la escenografía, el enfoque actoral), pero el resultado, tengo la impresión, tiene un filo nuevo. Los personajes de Grita (un torturador, su viuda, una víctima, su hermana) son como entes que han quedado en la frontera de una historia de la que nadie quiere saber. Como robots demasiado parecidos a los humanos, que por una falla en el sistema ya no saben ni para qué están programados. No saben qué hacer. No tienen rumbo. O están en los rumbos equivocados. Tal vez siempre fueron así.

Se nos cuentan las historias de la dictadura como historias épicas, de valor, de traición, de ideales, de gestas. Y si uno escarba la Historia se encuentra con hombres y mujeres zigzagueantes, sumergidos en historias personales de mierda, a la deriva en el escenario de una época que avanza sin piedad. Nadie dice que en el futuro también seamos vistos de esa manera. En la obra lo decimos: “Todos locos, cagados de la cabeza. Nada arregla nada. De parte de todos la cagada ya está hecha.” Quizás siempre quisimos decir —únicamente— eso.

Con este montaje culmina en el GAM la Trilogía Bestiario, que conmemora los 40 años del 11 de septiembre de 1973, trayendo nuevamente a escena El Taller, de Nona Fernández; Medusa, de Ximena Carrera; y Grita. ¿Por qué es tan importante conmemorar este episodio de nuestra historia reciente? ¿Cuál o cuales son los sentidos que proponen ustedes, a los que deberíamos poner atención, en pos de acercarnos hacia una comprensión más clara y justa de este proceso?

No creo que podamos tener una comprensión clara y justa del proceso. El teatro no ayuda a comprender. El teatro (el que a mí me interesa al menos) ayuda a difuminar los límites de nuestras opiniones, a oscurecer —como la vida oscurece— aquello que siempre creemos tener tan claro. El teatro debería ayudar a disolver los consensos falsos. ¿No fueron los años noventa la época del consenso? ¿Y cuál fue ese consenso? “¿La dictadura fue necesaria?” “¿La economía mejoró y pucha, qué pena lo de los derechos humanos?” ¡A no olvidar, ciudadanos, sobre esos consensos pisamos cuando los estudiantes marchan por las calles de Chile hoy! Las obras que escribimos y pusimos en escena con Nona y Ximena dan cuenta de un nivel de podredumbre y de locura síquica y social que nadie en su sano juicio aceptaría. Y que, sin embargo, a lo largo de los años aceptamos como una simple nota a pie de página. Lo que no podemos hacer es predicar ante conversos. Denunciar lo denunciable para que el público y nosotros nos sintamos bien con nuestra conciencia. La pega de todos es otra. La nuestra es la de darle cierta estructura al sentido del horror. Para abrir un abismo y buscar, desesperadamente, nuestro reflejo en él.

 

Grita

Un montaje de La Fusa
Escrita y dirigida por Marcelo Leonart
Elenco: Ximena Carrera, Nona Fernández, Larissa Contrerás, y Sebastián Vila
Diseño escénico y vestuario: Carola Denegri
Iluminación: Nicolás Jofré
Realización escénica: Francisco Herrera y Fernando Quiroga
Gráfica: Pilar Prenafeta
Prensa: Rodrigo Alvarado
Del 4 al 28 de julio, Sala N1, Centro Gabriela Mistral, GAM

 

Foto: Sebastián Moreno

Un comentario

  1. Luis Antonio Marín Cruces dice:

    Demasiado rencor retroactivo resulta casi sospechoso. Esta obra, que tiene una data de diez años, cuando la tragedia del 11 estaba deviniendo épica, resulta hoy -y hablo desde esta entrevista y no desde un visado de la obra- innecesaria, salvo para efectos publicitarios. Siempre o casi siempre, el pensamiento dicotómico le hace un flaco favor al arte. A estas alturas del vértigo, hablar mal de Ramón y de sus herederos con un tono de denuncia, es absurdo y es innecesario en la literatura. Es con la risa y no con la ira como mejor se mata.

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