Revista Intemperie

La casa en el confín de la Tierra: Un clásico iniciático de la ciencia ficción

Por: Augusto Munaro
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La ciencia ficción, ha sido considerada con frecuencia, -junto con el policial, el terror y la fantasía- un género menor dentro de la literatura. Una superstición por cierto, que continúa perjudicando el criterio con que se debe apreciar el patrimonio literario. ¿Cuándo un texto deja de ser literario? Elvio Gandolfo, Harry Belevan y John Clute, son algunos de los críticos que dedicaron parte de su vida a vindicar estos “géneros menores”. Sus libros son intentos lúcidos de reformular y ampliar los campos elitistas del “canon”, con el fin de democratizar y dejar cabida a autores populares como: Dickson Carr, Dashiell Hammett, Roald Dahl, Georges Simenon, J. K. Rowling, Stephen King, Isaac Asimov; responsables en gran mediada de transformar el panorama literario del siglo XX.

En lo que respecta a la ciencia ficción, no son pocos sus cultores. Prolíficos, algunos de ellos han cautivado a cientos de miles de lectores, generando un fenómeno imposible de ignorar. Robert A. Heinlein, Theodore Sturgeon, C.S. Lewis, A. E. Van Vogt, Philip K. Dick, Ray Bradbury, Arthur C. Clark; apenas representan parte de la era dorada del género. La mayoría había iniciado su carrera en las revistas Weird Tales, Amazing Stories o The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Estas publicaciones masivas ayudaron a popularizar el género, pero también –con el decurso de las décadas- a degradarlo, desgastando en ciertos casos, el poco mérito que habían sabido conquistar.

Pero antes de este boom, en 1908, el inglés William H. Hodgson (1875-1918) sin tener demasiadas expectativas entregó al sello Chapman and Hall, un pequeño libro suyo llamado: La casa en el confín de la Tierra (The House of the Borderland). Para ciertos avezados en la materia, esta novela fue una de las más perfectas e influyentes jamás escritas. Hay quienes creen y consideran al libro como una pieza de horror. Los más incrédulos, arguyen que es un claro ejemplo de fantasía. Quien escribe estas líneas ve en ella, una feliz combinación de todas. Por momentos es un policial, por otros se interpolan pasajes de un horror inusitado, y pronto se abre hacia un viaje cósmico-metafísico que sorprende por su veracidad descriptiva.

La historia es simple debido a su linealidad argumental. Los señores Tonnison y Berreggnog, viajan a Irlanda para pasar un fin de semana de pesca. Se instalan en un remoto y desolado pueblo llamado Kraighten. Allí, sobre las ruinas de lo que alguna vez aparentó ser una casa, descubren el manuscrito de un diario antiguo, redactado por el dueño del lugar. Lo que éste describe, es el núcleo del libro. El diario narra la vida de quien lo escribe, junto a su hermana Mary y su perro Pepper. Con el correr de los capítulos, el narrador –nunca da a conocer su nombre- comprende que su casa está construida sobre la entrada hacia un mundo oculto y siniestro. En un ambiente casi onírico, comienzan a manifestarse una serie de inexplicables anormalidades. La realidad se disloca, el tiempo se altera hasta no discernir los días de las noches. Los siglos se diluyen en segundos y el lector se inicia en un fantasmagórico viaje sobrenatural que lo convierte –luego de peregrinar millones de años luz, hacia un futuro remoto- en testigo de la muerte del sistema solar, y el posterior hundimiento definitivo del universo. La narración se interrumpe cuando el protagonista despierta de este vagabundeo alucinatorio y descubre que es víctima de una infección macabra. Tonnison y Berreggnog cierran el libro, y “ese mismo día abandonamos el solitario pueblo de Kraighten”. La casa en el confín de la tierra se despide fría e inolvidablemente.

H. P. Lovecraft, ha considerado en su escrupuloso ensayo El horror en la literatura, que la novela era “quizá la mejor de todas las obras de Hodgson” y que bien “podría ser un clásico de primer orden”. La afirmación no es una exageración. Arthur Machen, M. P. Shiel y H. G. Wells no influyeron en su extraña composición. Hodgson, entonces, escapa de la mediocridad imitativa. Sorprende, dado que hasta entonces, nada similar se había intentado escribir.

Uno de los grandes hallazgos de La casa en el confín de la Tierra, consiste en prescindir de los componentes corrientes del género, tales como: robots, alienígenas, naves espaciales, o detalladas páginas sobre el funcionamiento de maquinarias futuristas. Otro de los numerosos aciertos, es que el libro no exige al lector –véase Verne, Wells, Huxley, Lem- de una pesada formación científica. Tampoco recurre a la erudicción excéntrica, o a la teosofía y al ocultismo –entonces muy de moda.

En lo que atañe a su estilo, Hodgson desechó con firmeza el efectismo. Por lo general en este tipo de relatos fantásticos, el estilo pasa a un segundo plano. No obstante, este no es el caso. El protagonista está a la altura de su psicodélica aventura. Su fuerte radica en escribir en función de las imágenes, no de las ideas; ofreciendo una lectura hipnótica. En adición a esto, descree de las explicaciones lógicas de los fenómenos sobrenaturales que narra. Los fuertes elementos visuales y líricos que abundan en sus mejores páginas- aquellas relacionadas a su itinerario a través de los espacios infinitos-, no abusan de los recursos de folletín. Por lo tanto, Hodgson no se detiene en justificar los motivos de ese desplazamiento cósmico, ni mucho menos los espectaculariza; simplemente toma nota de ellos como en un diario de viaje. Aquí lo natural e irreal se diluyen en una misma sensación de verosimilitud inobjetable.

Su afán por registrar con detenimiento cada efecto luminoso, y los estados psíquicos que éstos a su vez causan en el narrador; agudizan la profundidad del protagonista. Así, tras ver y sentir todas las tonalidades y graduaciones cromáticas provenientes de cuerpos celestes cambiantes y lejanos, la experiencia recuerda a los efectos narcóticos del ácido lisérgico o la mescalina; aludidas por Henri Michaux y Hunter S. Thompson, en sus extravagantes obras.

La vida de Hodgson se resume a un puñado de datos. Nació en Blackmore End, Essex, Inglaterra. Siendo marinero mercante dio tres veces la vuelta al mundo. Años después, en Londres, probó suerte como fisicoculturista, pero fracasó. En 1904 publicó su primer relato: The Goddness of death, para el Royal Magazine. Desde entonces, durante su última década de vida, escribió casi un centenar de relatos y cinco novelas. Fue soldado voluntario en la Primera Guerra Mundial, donde murió el 17 de abril de 1918, en Ypres, Bélgica. Recién en 2003, la editorial norteamericana Night Shade Books inició la publicación de sus Obras Completas que conforman cinco lujosos tomos.

Si hay un mérito ineludible en La casa en el confín de la Tierra, es que pocas veces se han escrito páginas tan fieles a la desmesurada libertad creadora de su autor. El libro, por su fluidez inventiva, por sus prodigiosos paisajes cósmicos; continúa siendo una emocionante hazaña y punto de partida de varios géneros literarios, lo que confirma su merecida vigencia.

 

La casa en el confín de la Tierra 

William Hope Hodgson
Editorial Valdemar, Madrid

 

Augusto Munaro, es periodista cultural argentino. Escribe en los diarios argentinos El Día, Clarín, La Capital, como tambien en medios uruguayos y chilenos.

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