Revista Intemperie

A 50 años de Rayuela

Por: Mario Valdovinos
cortazar

 

En su momento de aparición, junio de 1963, fue uno de los acontecimientos artísticos de la época, como el hippismo, el fenómeno Beatles, la revolución, y la píldora anticonceptiva. Nadie tenía más de treinta años, el autor de la novela bordeaba el medio siglo, representaba quince menos, y parecía que la leyenda de su eterna juventud era real. Confesaba haberla escrito pensando en gente de su generación y, para su asombro, Rayuela fue lectura de la generación siguiente.

La altura del tomo ahuyentaba: cinco centímetros. No obstante traer en la contratapa un comentario editorial magníficoque a muchos lectores, también al que suscribe, hasta hoy los persigue: “…Contranovela, exasperada denuncia de la inautenticidad de la vida humana y de laliteratura estética y sicológica…” Lo mismo que la pregunta de arranque de la historia, capaz de poner en órbita al lector: ¿Encontraría a la Maga? Es probable que la sola pregunta diera para sostener el resto de las páginas, si hubiesen venido en blanco. Y acto seguido: “Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue deSeine…” Aún más, antes de ese umbral, ya había despistes, epígrafes, ironías, una escritura desconcertante. La novela incluía un tablero de dirección para leerla de manera aleatoria y no correlativa como un niño bueno que requiere para escribir papel rayado y aprieta desde la base el tubo dental.

Para esa promoción de jóvenes el jazz era arcaico, a lo lejos un solo de Louis Armstrong, el saxo tenor de Coltrane, el sonido estremecedor de la trompeta de Miles, la voz aterciopelada de Billie Holiday. Lo nuestro era el rock, progresivo, sinfónico o el rock sin más, que había traído en sus piernas eléctricas Elvis. Cortázar no lo apreciaba ni incluía en su novela, pero era un jazzman erudito a niveles inverosímiles.

Mi primera lectura de Rayuela soslayó las referencias jazzísticas, tanto como las pictóricas, arquitectónicas (de un París embriagador), literarias, etc. Como defensa señalo que no llegaba a los quince años y mis ignorancias eran tan inabarcables como mi curiosidad de adolescente de suburbio. Miraba mis zapatos y recitaba, antes de dormirme, Ritual de mis piernas, de Neruda. Mi cabellera se revolvía con las canciones del cuarteto de Liverpool, tanto como mi corazón avec l´amour fou et la révolte y anhelaba ascender al castillo de la pureza. ¿Encontraría a la Maga? Me asomaba a los capítulos de allá y acá, París y Buenos Aires, el Club de la serpiente, los textos del escritor Morelli, el igdrasil, la última casilla de la rayuela, el ocio seductor como arma patafísica contra la gran costumbre que privilegiaba el dinero, el poder, la vida en línea recta. Horacio Oliveira no trabajaba, ¡nadie lo hacía en la novela¡ Caminaban, bebían, fumaban, tiraban, oían música, leían, eran cinéfilos, teatreros, furibundos polemistas, el existencialismo, la cosidad, Paul Klee, nadaban en los ríos metafísicos, mientras yo no sabía quién era Alfred Jarry ni Samuel Beckett; tampoco que la lucha frontal era pulverizar el logos de occidente, nada menos, reemplazando su racionalidad, el ethos cartesiano, por el absurdo, el disparate, la risa, el amor. El desafio contra el logos.

Las innumerables lecturas posteriores y también la enseñanza impartida en universidades sobre la novela y el planeta Cortázar, ahondaron las sendas. Amé y exploré, solo y acompañado por la iluminadora edición de editorial Cátedra, cuanta referencia incluye sin hallarlas pedantes ni destinadas a lectores engrupidos. Todo lo contrario, empecé a escuchar, atesorar y amar el jazz, tanto como el rock; entré muchas veces a París y a las espléndidas ciudades; encontré y perdí a la Maga; visité a Horacio en el manicomio; me enterneció Rocamadour y lloré su muerte. En los noventa supe de un montaje teatral sobre la novela en Buenos Aires y partí a verlo. Colecciono ediciones y he regalado ejemplares a quien lo merece. Su machismo, lector macho/lector hembra me deprime, pero sigo anclado en sus páginas. Me acompaña en tardes de hastío y de lluvia, puedo recitar de memoria párrafos. “…La mutación final, el centro del mandala…” dice la contratapa. Fui a la India a buscarlos.

Lihn nunca pudo salir del horroroso Chile. Yo no pude salir de sus páginas.

 

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Artículo publicado originalmente el 25/06/2013

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