Revista Intemperie

La patria de Leonart: políticas de la fricción

Por: Jorge J. Locane
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La literatura de la Dictadura se ha convertido a veces en commodity de exportación, opina Jorge Locone, pero Marcelo Leonart acierta en La Patria, un relato en el que converge micro y macro historia.

 

Los anaqueles de la ficción literaria dedicada a las dictaduras latinoamericanas y las heridas que pueblan la/s memoria/s individual/es y/o colectiva/s son a esta altura, ciertamente, no menos que inmensos. Lo digo de una: a mí me producen menos ganas de revisar el pasado y mejorar el presente que escozor y desconfianza. Estas literaturas tienden a engordar los catálogos de las multinacionales de la cultura y el entretenimiento sin aportar gran cosa a las imaginaciones crítica y estética. Así de llano: ni a una ni a la otra. Los títulos, sin embargo, no dejan de aparecer y una recepción adiestrada los celebra admirada de que sus preconceptos se vean una vez más constatados. La demanda internacional, que ve en los países latinoamericanos intentos de proyectos abortados siempre por su propia inepcia, reclama protagonistas brutales, torturadores y asesinos. Todas figuras que confirman un imaginario anquilosado: América Latina como dominio de un salvajismo primitivo que no ha sido ni podrá ser superado. En este vergel los lugares comunes abundan, son la regla, y las excepciones como Los planetas (1999) de Sergio Chejfec y ahora La patria de Marcelo Leonart apariciones –en el sentido más estricto de milagros– que merecen ser comentadas.

Antes de publicar La educación (2012), Leonart toma la decisión de excluir el último cuento, “La patria”, y darle vida autónoma como relato de mayor extensión. Una pareja desgastada habita un departamento de la calle Miraflores en Santiago, mientras que al otro lado de la medianera, en el departamento contiguo, Francisco Javier Cuadra sobrelleva una rutina sin otros sobresaltos que los que le depara la satisfacción de su hedonismo homosexual. Exministro de Pinochet, expadre de una familia numerosa, exembajador en la Santa Sede y exrector de la Universidad Diego Portales, un sujeto ejemplar que ha sabido asumir con entereza su función de agente protagónico de la Historia. Al otro lado, por el contrario, una pareja que ha crecido sometida a los caprichosos avatares de esa misma Historia, condenada al anonimato y a permanecer en el silencio, y por esa razón ahora también resentida y obsesionada. Su departamento, cubierto de recortes de periódicos que reconstruyen la gesta biográfica de Cuadra, se convierte, así, en un espacio asfixiante, casi narcótico, donde desde la impotencia lentamente se trama una revancha con la Historia. O, a falta de mejor solución, al menos con el chivo expiatorio que tienen más a mano.

Con La patria Leonart despliega una retórica ad hominem sin reparos. Escribe una biografía realista y detallada de un sujeto arquetípico, representativo de una dinámica política nacional perturbadora, y la rodea de una atmósfera literariamente densa y densamente literaria. Sobre esa figura arquetípica, absorbida por la ficción, pero también con existencia fuera de ella, se desplegará el poder que la literatura posee de ofrecer correcciones de la realidad. Porque la trama que conduce a su eliminación se inserta en un contexto histórico en el que la transición hacia una democracia real no ha sido feliz o resuelta de manera satisfactoria. En un contexto histórico en el que los responsables de gestionar un proyecto de país fundado en el exterminio de la diferencia no solo que no han sido juzgados sino que sobrellevan un día a día despreocupado y muchas veces aún en la función pública.Contra ese estado de cosas, anegado en la desaliento, actúa el narrador de La patria para realizar una reparación simbólica, sin duda desesperada y guiada por un impulso irracional, pero tranquilizadora frente a un Estado que no ha sabido vehiculizar una revisión profunda del pasado. Es, pues, para compensar las carencias de la experiencia empírica –sugiere La patria–, que muchas veces se activa la máquina de narrar.

“Todos los hechos comprobables de este libro son verídicos. El resto es ficción. Licenciosa licencia. Pura literatura”, comenta la “nota del autor” que corona el relato, con lo cual el lector queda ubicado en ese umbral al mismo tiempo desconcertante y sugerente desde donde nos habla la mejor literatura. Precisamente, la zona donde realidad y ficción devienen fricción para cuestionar todas las gesticulaciones puristas: tanto los libros cerrados y autorreferentes como la lógica racionalista que relega la imaginación al territorio del entretenimiento. Leonart propone encarar de frente, sin escamotear nombres o fechas, el pasado nacional y las alarmantes paradojas del presente, pero también asumiendo los riesgos y ventajas de una escritura que ha renunciado a cualquier vocación mimética. Se adscribe, así, en la tradición de literatura política que no capitula ni concede: en la de Pedro Lemebel y Diamela Eltit. Y convence.

 

La Patria

Marcelo Leonart
Tajamar Editores, Santiago, 2012

Un comentario

  1. juan echazarreta dice:

    Buena “La Patria”. Leonart es un tremendo narrador. Sus ratas, sus orates, su prosa enrabiada, su jerga coloquial y elegante, los sacudones de su ritmo, su rigorosidad con la historia… es una bestia! Para mí, el mejor, más por “La educación” que por “La Patria”, y también por su obra dramática. Modestamente, no me parece que la literatura sobre la dictadura sea un commodity perse, al contrario, creo que hay temas mucho más interesantes y sobre todo menos redundantes, sin embargo, considerando el estado deplorable de nuestra memoria, y viendo, con mucha lástima, como los jóvenes de mi país parecen pretender revivir las anquilosadas ideologías, se torna casi imprescindible que se traten estos temas, además, me parece sano y razonable que la generación de los que crecieron en dictadura hagan su catarsis. Al fin y al cabo, “en ese vergel de lugares comunes” se ha ido gestando una literatura interesante, y de buena calidad, decir que “Planeta” y “La Patria” son los únicos “milagros” que merecen ser comentados lo encuentro una exageración. No es llegar y pasar por alto “formas de volver a casa”, de Zambra, “el sur”, de Villalobos, la obra de Andrea Jeftanovic, de la Nona Fernández, “el año en que nací”, de la Lola Arias, en fin, hay una generación con una voz y una estética interesante dentro del contexto ochentero de nuestra narrativa.

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