Revista Intemperie

Gatsby al siglo XXI

Por: Lucas Rodríguez Schwarzenberg
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Lucas Rodríguez analiza las diferencias entre el clásico de Scott Fitzgerald y su última versión cinematográfica, así como el sentido de estos ajustes para satisfacer a la frenética audiencia contemporánea.

 

El Gran Gatsby de Luhrmann parte con el narrador, el incorruptible Nick Carraway interpretado por Tobey Mcguire, internado en un hospital siquiátrico recordando su pasado en una sesión de terapia con su doctor, luego de haber abierto inevitablemente con las primeras líneas de la novela (“In my younger and most vulnereable years…”) hasta llegar a la mención del nombre de Gatsby, se detiene, el doctor le pide que siga hablando, él dice que no puede, y el doctor le sugiere que entonces lo escriba.

En estos primeros minutos la película ya cambió cosas y mantuvo otras: Carraway es mencionado más de una vez en el libro, tanto por él mismo como por los que lo rodean, como una suerte de escritor frustrado o que nunca despegó. Pero que su historia la escriba como terapia dentro de un hospital estratégicamente colocado al borde de un acantilado y presentado en medio de una tormenta, es totalmente nuevo, y un claro recurso para aumentar el drama: si se nos presenta al narrador en ese estado, en un lugar así, es porque la historia que tiene para contar fue lo suficientemente grande como para sacarlo de circulación de la sociedad equilibrada.

Esta es, de hecho, la idea que explota en gran medida la película, tanto con la transformación de la mansión de Gatsby en un castillo (en vez de una suntuosa mansión más acorde a la época), como con la mutación de la escena de la fiesta en Nueva York con Myrtle y Tom en una explosión de libertinaje y hedonismo, en vez de una cínica reunión donde los amantes fingen hasta el ridículo la obviedad de su relación. Por último, uno de los puntos más discutidos sobre la película, la inclusión de rap y beats electrónicos sobre la voz editada de Beyonce en las escenas donde el protagonista rememora las fiestas de Gatsby, el exceso predomina en todos los momentos posibles.

Más que cualquier otra cosa, esto es una decisión estilística del director, y desde este ángulo, absolutamente válida y defendible, pero que no deja de chocar con dos aspectos muy importantes, sino centrales de la novela de Scott Fitzgerald: el cinismo y la sutileza, funcionando el primero como el fin y el segundo como el vehículo.

Donde en la película los personajes explotan y se amenazan, en la novela sienten todas estas emociones, pero los códigos de la aristocracia, (los mismos con los que chocaba constantemente Scarlet O’ Hara unos 60 años antes), no les permitían dejar que se escapara ni el más mínimo ápice, viéndose obligados a mantener la decencia y las buenas maneras de un caballero y una dama de sangre azul; de ahí la potencia del momento en que Nick le grita a Gatsby que son todos una pandilla pútrida, y que el vale más que todos ellos juntos.

A pesar de esto, el director mezcla un poco de las nociones originales de la novela, en cuanto a la destructiva crítica de la aristocracia como encerrada en sus infranqueables y blancos muros, pero pudriéndose dentro de estos mismos, donde Gatsby es el advenedizo que intenta entrar de la mano de la dama dorada, el signo inequívoco de todo lo que anhela, para que su cuerpo sin vida termine siendo arrastrado de vuelta a donde pertenece. Pero lo hace de una forma que parece ser casi una deuda que debía cumplirse, arrojando obvias explicaciones en la voz del narrador en vez de dejar que la historia lo haga por sí misma, que incluso llegan a reemplazar la escena del funeral al que no acude nadie más que Nick y sus sirvientes.

Si la película robó ciegamente a la novela o le hizo justicia, depende de cada espectador, pero en lo que se puede llegar a consenso es que la trajo a la actualidad, a una época donde el cine de Hollywood está contando historias cargadas de poderosas imágenes y actuaciones sobre sorprendentes efectos especiales, pero unidimensionales y veloces, pensadas en la generación del déficit atencional y la constante distracción de los teléfonos, que buscan entrar a la sala de cine y salir satisfechos con lo que vieron, para después seguir a una próxima actividad.

Quizás si la película hubiera seguido al pie de la letra a su fuente, hubiera sido un fracaso comercial y una decepción para la crítica, al igual que lo fue la novela en su momento de publicación.

 

Foto: The Great Gatsby (fotograma), Baz Luhrmann, 2013.

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