Revista Intemperie

Allamand: ábreme la puerta por dentro

Por: Mauricio Hasbún
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Mauricio Hasbún desliza aquí un ensayo de realismo que linda en lo pornográfico y que recomienda derechamente la traición, pero la traición virtuosa, esa que va desde lo tribal a lo universal

 

Cuando el tema salta en las conversaciones con amigos adictos a la política, la idea suena fea: respaldar a un personaje que participó en la franja del Sí enumerando las mil “ventajas” de votar por la opción que dejaba a Pinochet ocho años más en el poder. Andrés Allamand. La posibilidad no es asumida con delectación, pues apenas nace de una especulación de cómo transformar el orden heredado de la dictadura sin recurrir a conflictos agudos. La música de fondo, claro, no podía faltar: desde un par de parlantes maltrechos podríamos imaginar que emerge la voz ladina de Boris Vian (1920-1959) cantando Le Déserteur (1954) con esa serenidad que no delata la gravedad de lo que expone: le anuncia al presidente de la Cuarta República Francesa (René Coty) que no partirá a defender a su país en la guerra de Argelia, porque durante la primera y segunda guerra “vio partir a su padre y morir a su hermano” y que no está dispuesto a seguir el camino de ellos. Es la rebelión contra la irracionalidad de la guerra la que se alza frente al patriotismo y la grandeza imperial de la nación gala. El paralelo es obvio: el sueño del pibe sería ver a Allamand tarareando la misma canción y anunciándole a Jovino Novoa que emprenderá reformas constitucionales profundas, pues ya sufre de náuseas cada vez que debe darle el beso de los buenos días a la democracia protegida de Jaime Guzmán. En este punto pueden tildarme de ingenuo.

Pero este artículo no sólo se basa en sentimentalismos musicales, también acusa la influencia del libro Anatomía de un Instante (Mondadori, 2009) de Javier Cercas. En dicho texto, Cercas disecciona la trayectoria política de Adolfo Suárez desde sus orígenes (un franquista de provincia algo turbio y arribista) hasta el estadista que una vez logrado el poder se dedica obsesivamente a desmontar la maquinaria de dominación y control que dejó Franco para impedir que después de su muerte “volvieran los rojos”. La motivación que impulsaba a Suárez, demás está decirlo, no eran los desinteresados ideales democráticos, sino el ansia de ser reconocido en el nuevo orden que nacía y así no devenir en una pieza del museo del horror franquista. En ese sentido, Suárez no es un héroe de la virtud, pero sí es un “héroe de la retirada” como el mismo Cercas advierte y que ejemplifica con otro político de fuste: Mijaíl Gorbachov. Este, al ver que el orden soviético ya no era viable, decidió enfrentar la realidad e intentó una reforma progresiva y pragmática del viejo sistema a uno que reconociera la autonomía ciudadana. Su fracaso en el esfuerzo y la posterior evolución de dicho ensayo hacia el actual pantano de Putin no hacen menos meritorios sus desvelos. Suárez, por el contrario, fue el caso exitoso: sobre las ruinas del orden franquista fue capaz de construir una democracia de vocación inclusiva y amplia para acoger a republicanos, nacionales y monárquicos sin distinción. En este cometido, Suárez fue capaz de jugarse la vida durante las horas cruciales del 23 de febrero de 1981 cuando el Coronel Tejeros entró al parlamento español a punta de disparos y culatazos con la intención de retrotraer los avances de Suárez en general y volver a los comunistas a su antiguo enclaustramiento político en particular. Apenas las balas comenzaron a silbar entre las cabezas de los honorables, todos los representantes se tiraron al suelo y se resguardaron detrás de sus escritorios. Todos menos dos que permanecieron inmutables: Santiago Carrillo, líder del comunismo español y Adolfo Suárez. A pesar de todos los intentos de Tejeros y de su gente, ambos permanecieron atornillados a sus asientos, defendiendo la dignidad de la democracia que nacía y arriesgándose a que uno de los hombres de Tejeros se pasara de revoluciones y les metiera un tiro en la cabeza a los dos insolentes. Al final de la historia, la improvisación de los golpistas y la intervención del Rey echaron por tierra la intentona franquista. En este punto, la democracia española se afianzó definitivamente, lo que también dio inicio al comienzo de la decadencia de la carrera de Suárez.

¿Es razonable esperar que Allamand tenga la misma trayectoria de Suárez si llegase a la Moneda en 2014? La respuesta es ambigua: no y sí a la vez. No porque la derecha chilena siente que no le “debe nada” a la tradición democrática chilena ninguneada por el constituyente de 1980. Pero también cabe la posibilidad de esperar algo de Allamand y es, precisamente, a partir de su desmedida estima de sí mismo que cabe guardar alguna esperanza. Como todo político con sueños de grandeza, Allamand anhela jugar un rol fundacional en el juego político chileno. En la disputa por las reformas constitucionales durante la década del ’90, mencionó innumerables veces el ejemplo de Suárez. Cualquiera que conozca algo de la psicología de “Andrés” sabe que cuando citaba el ejemplo de “Adolfo” era porque cada vez que posaba su cabeza en la almohada, era visitado por el sueño en que aparece transfigurado en el Suárez chilensis. Apostaría a que “Andrés” todavía sufre de estas dulces visiones.

¿Es realista este postulado? Bueno, vamos, dentro del realismo que tiene cualquier postulado en política. De partida es tan realista como pensar que será Michelle Bachelet quien impulsará los cambios constitucionales, punto que es muy dudoso. Y lo es porque el rencor que contra ella habrá en la oposición por interrumpir la sucesión de gobiernos “centro-derechistas” será tal que bloquearán cualquier intento reformista de Bachelet. De aquí parte esta ocurrencia de pedirle a alguien situado dentro del sistema jurídico blindado de la carta del ’80 que “nos abra la puerta por dentro”. No pretendo que nadie me siga en este delirio. Niños, no intenten replicar el experimento en casa.

 

Foto: 42horas.cl

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