Revista Intemperie

La economía de la cultura

Por: Fernando Gaspar
la-moneda

Reubicar a la cultura en el centro de las prioridades de nuestro país respetando su propia lógica económica, para nivelar los graves retrasos que tiene Chile en esta materia. Opina Fernando Gaspar

 

Todavía no se disipa la polémica sobre el cierre de teatros independientes, cuando se escucha el reclamo en las redes sociales sobre la mudanza obligada de una librería conocida en Providencia. Ambos acontecimientos, disímiles en gravedad o en la mayoría de sus aristas, responden a un tema escasamente abordado en los debates del medio cultural: el carácter económico de la cultura.

Se suele hablar del componente económico de la cultura en dos simplificaciones que reducen la amplitud del tema. Por un lado, en las políticas públicas por el sector que redundarían en diversas formas de financiamiento desde el Estado, directa o indirectamente a los creadores. Por otro, los éxitos o fracasos en venta ya sea de libros, discos o asistencias al cine y demás espectáculos: es decir, la cultura como sinónimo de actividad económica que permite un celebrado lucro siguiendo las reglas del juego del mercado.

En el primer caso, el financiamiento de la cultura desde el Estado se ha considerado hasta la fecha como una suerte de mecenazgo y dádivas a los artistas y el medio cultural. Existe un nulo convencimiento de las autoridades políticas ha considerar al sector como un pilar estratégico del desarrollo, el cual en una de sus vertientes, requiere de estímulos económicos, como lo reciben en gran cuantía muchos sectores productivos del país. El gasto público invertido durante décadas en financiar miles de capacitaciones en empresas sin mayores beneficios, los dineros públicos destinados en proyectos productivos inconducentes y una larga lista de formas en que ha invertido el Estado en otras áreas, hace que los presupuestos en cultura sean cifras menores. Pese a esto, no faltan quienes indignados cuestionan la existencia de programas como el FONDART o encuentran escandaloso que reconocidos artistas pidan financiamiento para desarrollar su trabajo. Se trata de quienes creen en esa suerte de caricatura del artista como un bohemio, gozador e improductivo ciudadano subvencionado por el erario público.

El Estado puede apoyar económicamente al sector cultural entendiendo que se trata de una inversión multidimensional y con réditos de diferente naturaleza. Si se entiende que el acceso a la cultura es un derecho, consagrado en múltiples constituciones modernas de otros países y convenciones internacionales, y también un eje estructurador del desarrollo social, entonces se concretarían acciones en áreas como: el apoyo a la distribución de productos culturales nacionales; la inversión en emprendimientos innovadores del sector; formas de financiamiento permanentes (con evaluaciones temporales) a agrupaciones, colectivos, locales, en periodos de dos, tres o cinco años; la capacitación y financiamiento de la mejora de pymes y emprendimientos vinculados a las áreas creativas; cuotas de espacio dedicado a temáticas culturales en los medios de comunicación; porcentaje de exclusividad en la distribución de obras chilenas; y el apoyo financiero a quienes venden y distribuyen obras artísticas.

Estas, entre muchas formas de inversión directa, entienden este cambio de paradigma en la relación del Estado con la cultura, la economía y los ciudadanos. Por cierto que esto debe darse bajo el alero de instituciones participativas y la observancia permanente del buen uso de los recursos, así como la calidad de los programas a implementar. Las cifras que la inmensa mayoría de los proyectos culturales requieren, en su etapa inicial y de creación, son menores si se les compara con la de otras áreas productivas. Sin embargo, las necesidades son muchas y las tareas pendientes son considerables. La escasa valoración de nuestro patrimonio, la mínima relación con el sector educativo, así como los bajos índices de consumo y participación cultural, nos recuerdan que el retraso histórico en la materia requiere claridad y decisión en la próxima agenda pública por la cultura.

En este sentido, si no se toman decisiones prontas para afianzar los logros que se han conseguido en las últimas décadas (fortalecimiento de la institucionalidad, incrementos presupuestarios constantes –hasta este gobierno-, fuerte inversión en infraestructura cultural, éxitos artísticos en áreas como el cine), corremos el peligro de ver desmoronarse los tímidos progresos y habituarnos a convivir en el futuro con los graves retrasos que tiene Chile en materia cultural.

Uno de los pasos fundamentales que se requieren está en reubicar a la cultura en el centro de las prioridades del modelo de desarrollo en construcción. La cultura tiene su propia lógica económica, sus necesidades particulares y, simultáneamente, compite de forma desigual en el mercado. Toda vez que la valoremos de modo distinto, la inversión en el sector será considerada estratégica y no una carga o una dádiva caprichosa entre el conjunto de prioridades públicas.

 

Foto: La Tercera

Fernando Gaspar, es Director del Programa de Políticas Culturales Fundación Chile 21.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.