Revista Intemperie

Nos reuniremos después de la muerte

Por: Oscar Orellana
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De que hay tierra para todo y todos, menos para un grupo de muertos, amenazados repentinamente con ir a parar a la fosa común. Oscar Orellana fue a ver lo último de Radrigán

 

“O sea que somos eternos pero no tenemos donde vivir nuestra eternidad” se lamenta Lincoyán (Claudio Marín) el difunto boxeador de Curanilahue, porque hasta la propia muerte es precariamente frágil frente a la dureza del mundo. Sobre esto reflexiona Juan Radrigán en Ceremonial del macho cabrío, su última obra. Ahí están otra vez sus palabras, su poesía, que hacen de él un autor único, irrepetible. Esas palabras, que siempre producen un entumecimiento melancólico; la mayor recompensa para el hombre que todavía permanece dormido. Radrigán escribe para descubrir un lugar; ese lugar que nosotros hemos olvidado. ¿Caigo en expresiones inflacionistas? No lo creo.

¿Y de qué va la historia? Muy cruel y simple: de que hay tierra para todo y todos, menos para un grupo de muertos, amenazados repentinamente con ir a parar a la fosa común de un cementerio por el atraso en el pago de sus tumbas: capitalismo postmortem del duro. Que no hay espacio posible para esta hermandad de huesos que elevan sus voces en la oscuridad de la noche, que piden dignidad, no misericordia: “Desde aquí abajo, desde los huesos podridos, sube un olor nauseabundo, pero si usted resiste, notará que tiene algo de dulzor. Algo de tierno y desolado”. Dura y preciosa revelación que nos entrega el Cristo de Elqui (Karim Lela) y que no nos convendría olvidar.

Pedro (Alex Zisis) una especie de pornógrafo de la fe y Rosa Araneda (Marcela Medel) pícara payadora, completan este cuarteto de irrigación estancada pero muy voluntariosos al momento de encontrar una salida al desalojo impuesto por las leyes del mercado y la modernidad. Los acompaña un coro –donde destaca la magnífica voz de la actriz Gabriela Cortés- que interviene la acción con lamentos y cánticos, dotando a la obra de una profunda solemnidad. De una piedad hermosamente habitada, que intensifica los estados de euforia, humor, tristeza y abatimiento de los personajes.

De una muy mala biografía que leo sobre Roland Barthes – entre sus anotaciones donde confiesa una irrefrenable glotonería y su culposa afición por los gigolós- extraigo una interesante idea de lo que él entiende por teatro: la perfecta sincronía de los órganos al interior de un gato, a partir  del momento en que avanza hacia mí y yo lo acaricio. En Ceremonial del macho cabrío, los órganos, las partes, no terminan por encajar del todo. Merodea cierta sensación de vacío dramático, de asombro inacabado.

Tal vez, esta ausencia de tensión se podría interpretar como un intento de exhibir el drama de estos personajes que deambulan, sin introducir de por medio ningún elemento extraño, ningún añadido, precisamente, dramático. La puesta en escena, quizá acosada por la enormidad del universo radriguiano, se acerca peligrosamente al perímetro del reposo: aquel movimiento rectilíneo, demasiado uniforme. La narración tiende a chapotear en un loop hermenéutico. Desconozco la fidelidad de Alejandra Gutiérrez (directora) al texto del que se hace cargo, pero el montaje se impone con tanta solidez como, admitámoslo, una quietud monástica, perezosa, que choca a ratos, contra la intensidad de lo que se quiere contar.

Sin embargo, atendiendo a sus torpezas, Ceremonial del macho cabrío es un respiro –al menos hasta el 9 de junio-  que se eleva entre tanta obra histérica, autoindulgente y embriagada de sí misma.

“No es que pierda las peleas. Lo que pasa es que siempre gana el contrincante” se justifica Lincoyán el boxeador. Pienso que no hay mejor manera de sintetizar el interés de Radrigán por estas existencias siempre dispuestas a resignarse a la ternura, a la esperanza de un consuelo menor.

 

Ceremonial del macho cabrío

Dramaturgia: Juan Radrigán
Dirección: Alejandra Gutiérrez
Asistente de Dirección: Camila Donoso
Producción General: Karim Lela
Asistente de Producción: Daniela Aguayo
Elenco: Marcela Medel, Alex Zisis, Karim Lela, Claudio Marín, Sergio Gajardo, Camila Donoso, Sebastián Zeballos, Gabriela Cortéz, Gonzalo Pinto
Escenografía e Iluminación: Guillermo Ganga
Vestuario: Jorge “Chino” González
Música: Alejandro Miranda
Diseño Multimedia: Pedro Silberman
Gráfica: Eduardo Cerón
Maquillaje: Mónica Van Yurick

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