Revista Intemperie

Deng Xiaoping: progenitor de la ciudadanía china contemporánea

Por: Luis Felipe Torres
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Luis Felipe Torres rememora la carrera del líder chino Den Xiaoping, quien le quitó la mordaza a su sociedad después de la “ilustración” de la Revolución Cultural en China.

 

El espacio intelectual y ciudadano de la China contemporánea está delimitado por cuatro aristas ideológicas: la dictadura del proletariado, continuar caminando hacia el socialismo, el liderazgo del Partido Comunista y el pensamiento de Mao. Es una respuesta amplia y holgada, y por lo tanto no molesta, al contrario, satisface.

Pero no siempre fue así.

En el momento de la muerte de Mao Zedong en 1976, la R. P. de China estaba dividida entre los que habían sufrido la Revolución Cultural –un vendaval que envió al campo a la intelectualidad para “aprender del campesinado”– y los que se habían beneficiado con ella.

Las trincheras se hallaban cavadas entre reformistas y doctrinarios.

El Ejército de la Liberación Popular –militares de profesión– quería saldar sus deudas con la Guardia Roja, una suerte de milicias ideologizadas que de la noche a la mañana habían perdido su pie de apoyo.

Deng Xiaoping, editor de Luz Roja durante los años 20’ y caído en desgracia por su actuar burgués, decide arriesgarlo todo y regresar a la arena política. ¿Su misión? Rescatar a las élites intelectuales –profesores de ciencia y tecnología, pero también literatos, teóricos y pensadores– del olvido, del exilio y de la muerte. Era un visionario y actuó como tal: se propuso proteger a un sinnúmero de innovadores y líderes que a futuro serían capaces de abrir el país al mundo.

En ese momento la conducción de la nación la ejercía Hua Guofeng quien, carente de pergaminos, hallaba su apoyo en la predilección que en vida Mao Zedong le había profesado. “Contigo al mando me quedo tranquilo”, le había escrito poco antes de morir. Este era prácticamente su único respaldo. Es así como redactó una columna de opinión y la publicó en el People’s Daily en la que afirmaba: “Defenderemos con firmeza todas aquellas decisiones políticas tomadas por el Presidente Mao, y respetaremos de principio a fin, y sin vacilar, todas aquellas instrucciones que él haya dado.”

Esta línea de acción pronto fue motejada como: “las dos todas aquellas”. El fantasma de la hambruna y el totalitarismo flotaban sobre los arrozales, se necesitaban reformas de fondo, pero Hua, pusilánime y temeroso, no quería enmendar el rumbo.

Deng Xiaoping alzó la voz.

En una columna de opinión –esta vez en un periódico de Shanghái– propuso “buscar la verdad de (entre) los hechos”. La frase, de innegable cariz reformista, provenía de un poema de los tiempos de la dinastía Han; así el viejo Deng se blindaba de posibles ataques que lo tildaran de revisionista. La vida le sonreía una vez más: su política contaba con apoyo popular, el país se cuadró tras de él.

En el 3er plenario del IX Congreso del Partido Comunista Deng Xiaoping apuntó su artillería hacia Hua, quien salió tan derrotado que tuvo que redactar un documento donde reconocía sus errores. Lentamente –con cada discurso, con cada nueva directiva– Deng arrojó a Hua al olvido.

Deng Xiaoping, quien padecía de sordera, ejerció como Director de la Comisión Militar Central y delegó los cargos de Primer Secretario del Partido Comunista y de Presidente de la República en otras figuras. Sus subordinados lo tenían claro: el pensamiento de Mao Zedong arrojaría “luz sobre el camino” pero la meta no sería la lucha de clases ni la venganza sino la estabilidad. Entre los que obedecieron este llamado a deponer las armas se encontraba Mo Yan (cuyo nombre, curiosamente, significa “No Hables”) miembro del Ejército Popular de Liberación –recientemente galardonado con el Premio Nobel de Literatura–. Entre los rehabilitados estaba también un joven Xi Jinping, quien pronto dejaría los túneles de Sichuan para abrazar la vida política.

Y la rueda comenzó a girar: las fronteras se permeabilizaron, Estados Unidos finalmente reabrió su embajada en Beijing, las universidades normalizaron su funcionamiento para recibir alumnos de intercambio y figuras de renombre mundial como Jimmy Carter y Margaret Thatcher se sentaron a conversar con el líder comunista. Pronto se formó un colectivo de personas quienes, yendo y viniendo de China, conformarían la base ciudadana del mañana (es decir: de hoy). La ciencia y la tecnología reemplazarían a la lucha de clases como el motor de la sociedad.

Para terminar, y como un postrero análisis de la figura de Deng Xiaoping y de la tamaña impronta que dejó en la sociedad china, añadiré una cosa: donó sus órganos a la ciencia. Él, el hombre que permitió a la juventud dejar de trillar y comenzar a leer, póstumamente, continuó actuando en consecuencia.

 

Foto: portada Deng Xiaoping and the Transformation of China (2011), de Ezra F. Vogel.

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