Revista Intemperie

Karra Maw`n, fotos polaroid de un territorio perdido en el tiempo

Por: Juan Colil

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Juan Colil vuelve al pasado, y reflexiona acerca de las diapositivas poéticas de Clemente Riedemann.

 

A principios de los ochenta, si la memoria no me falla, comenzaron a hacer furor las máquinas polaroid. Los fotógrafos de la plaza cambiaron sus antiguos instrumentos y entraron de lleno en la modernidad. Podían ofrecer en unos pocos minutos la imagen ya fijada en el papel. Apuntaban, hacían clic y los clientes sin dejar de sonreír esperaban el resultado con expectación. El fotógrafo tomaba la fotografía con delicadeza mientras iba saliendo de la cámara, luego la agitaba en el aire un par de veces, la miraba y la entregaba satisfecho. Los clientes la miraban y  las guardaban asombrados.

Recuerdo de esa época una fotografía que mi padre se tomó con mi hermana chica que en esos años bordearía los seis o siete años. Ambos al lado de una alpaca asustada. De esos años también es Karra Maw`n (1984), el poemario de Clemente Riedemann. Notable porque en esos años no era fácil hablar, menos de estos temas. En plena dictadura, con las protestas en marcha, apareció este poemario que nos habla de una historia más vieja que Chile. Karra Maw`n logró colarse por entre las rendijas de ese período oscuro para hablarnos de una  historia que  nos sigue rondando y que ahora aparece ante los ojos de esta sociedad con mucha más fuerza, pero Karra Maw`n abre una puerta, una pesada puerta.

En Karra Maw`n, Riedemann se desplaza y nos lleva con él siglos atrás, cuando en Karra Maw`n, “reventaban en los tallos las metáforas”, luego la invasión, la cruz, las espadas, el despojo, el español, y cuatro siglos de de sangre, el chileno y el hombre de Leipzig con un lápiz en la oreja y  los colonos rubios con sus cercos, y sus casitas de techos púrpura, arrinconando a la indiada, expulsándolos hacia lo más oscuro (“kurilonkos: auf wiedersehen”) y  no pudo Karra Maw`n con sus leyendas.

Leyendo esta obra tengo la impresión de estar observando una de esas antiguas máquinas de diapositivas, y en ellas van apareciendo estas imágenes polaroid acumuladas durante siglos. En estas imágenes no existe una pre producción elaborada. No existe la pose, ni el discurso políticamente correcto o estudiadamente incorrecto, no está el cálculo literario político del poeta, sino que son instantáneas de una larga memoria que va más allá de la vida del poeta. El poeta busca en su propio entorno y éste entorno confuso, mestizo y al mismo tiempo, segregado  lo lanza con cada pregunta más hacia atrás en esta búsqueda, pero, ¿qué busca el poeta? ¿Qué busca el poeta en ese territorio trizado, qué busca el poeta en esos años arrasados por la lluvia y por imposiciones, prejuicios y discursos que se repiten generación tras generación?

Creo que el poeta descubre que la conexión con el mundo no es casual, y en algún momento se pregunta acerca de su lugar en la historia. ¿Cómo ha llegado ahí?  No es difícil imaginarlo avanzando por entre ese paisaje, escuchando las voces de sus amigos, las voces de sus ancestros y confrontarlos con otros recuerdos, con otros ancestros y entonces ¿cómo hacerlos formar parte del mismo rompecabezas? El poeta mirando hacia atrás, cruzando fronteras y lenguas, intentando completar el mosaico.

Es cierto, está el poeta y la abuela del poeta y el padre del padre del padre del poeta, y aún están la imagen de ese colono que llega a una tierra que no es lo que dijeron y ahí solo frente a esa inmensidad del futuro y solo frente  al presente de su familia comienza a construir una historia. Una historia que  va entrelazando a los habitantes de Karra Maw`n. Colonos que deben comenzar una ruta en una tierra que era de otros y que deben adueñársela  y en eso no trepidan. Están lejos de todo, no hay ojos que puedan ver lo que hacen o dejan de hacer. Apropiación, expulsión, sometimiento hasta hacerlos invisibles a sus habitantes, sombras de su propio territorio ¿quiénes eran? No importa, lo bueno es que ya no están. Y ante la pregunta del poeta, las sombras vuelven a tomar cuerpo. Siglos de muerte, ríos de sangre, el schop y las winchester no pudieron borrarlos.

El poeta entre las rucas y el kuchen, y lo imagino así, intentando comprender un instante y de pronto ese instante se transforma en un túnel angosto que lo lleva hacia lo más profundo de la historia. No hay tiempo para detenerse en lo superficial. Los versos van cayendo como cae todo en Karra Maw`n. Sin pausa, pero sin prisa. Van cayendo los versos, y van quedando sobre la tierra húmeda, esas cuatro verdades que siempre han intentado enterrar los mismos de siempre. Los mismos que ahora levantan las banderas del progreso, la falsa libertad,  el binominal y el emprendimiento y esperan que el mapuche entienda que su principal recurso es transformarse en una postal turística edulcorada y deje de lado el tema de la autonomía y el territorio, que son discursos que no le hacen bien, que se dediquen a sus animalitos, a recoger hierbas y hacer artesanías. Lo demás es para los “agricultores” descendientes de los colonos y sus fieles adláteres.

Volviendo a las fotos polaroid se debe rescatar que esa instantaneidad cambió el concepto de la fotografía de plaza. Ya no fue necesario esperar semanas para rescatar la imagen y ver por fin el resultado. Todo se redujo a minutos. Quizás todo esto es muy difícil de entender para los más jóvenes. De todas formas había un encanto en la espera, pero también hubo un encanto en la entrega inmediata. Lo malo que tenían estas fotos polaroid es que no soportaban el paso del tiempo. Por mucho que uno quisiera, se iban desdibujando. Al principio solo eran unos trazos, luego se perdía el fondo, los colores y las facciones se aplanaban, hasta que solo quedaban unas líneas y a uno solo le quedaba la opción del recuerdo de la imagen. No sucede lo mismo con los versos de “Karra Maw`n”. Han pasado casi treinta años y al leerlos uno ve los mismos colores y puede sentir el olor de la tierra húmeda y ver  los tiuques suspendidos en el aire. Feley.

 

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