Revista Intemperie

La prosa paralela de Germán Carrasco en A mano alzada

Por: Rodrigo Landaeta

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Rodrigo Landaeta alaba las convicciones y confrontaciones artísticas y políticas de la recopilación de columnas de Germán Carrasco, publicada recientemente por Cuarto Propio.

 

Desde hace varios años Germán Carrasco viene publicando en la prensa y en algunos libros una diversidad de textos en prosa que hoy día circulan reunidos bajo el título A mano alzada, una selección de Cuarto Propio editada en su nueva línea de “Crónica”.

El título del libro apunta con claridad al arte que sustenta su escritura, analógicamente referida al boceto improvisado del registro plástico, visual. Pienso que bajo ese título habría que leer una decisión en cuanto a lo que abandona y reclama como posición, una manera sobre todo de aunar en una imagen o concepto algo así como una poética, palabra que no estoy seguro si le agradaría (como él mismo imagina le recusaría Robert Creeley al usarla, misma aprehensión): una serie de valoraciones éticas y estéticas que conforman un estilo, una adscripción, un lugar donde pararse vivo a mirar y escribir el mundo.

En la arena del debate estético –las armas o herramientas con que se hace la obra– la poesía y participación pública de Germán Carrasco han alimentado largamente el fuego en el demo local. En su faceta de crítica literaria –ejercida desde el poema, el ensayo o el artículo de prensa– los textos de Carrasco pusieron en la mesa de discusión procedimientos, figuras y referencias que contribuyeron,  junto a otras cosas, al despabilamiento progresivo de algunos a partir de la segunda mitad de los noventa –hace rato ya.

La lectura crítica y gustosa de la tradición nacional y foránea, el conocimiento y manipulación del ámbito anglosajón, las vueltas por el espacio cultural americano, además de los particularismos retóricos y temáticos que constituyen ampliamente un estilo, conforman esa sustancia crítica retransmitida en sus libros.

Este “espíritu levantisco” –como a sí mismo y por oposición se autocalifica Carrasco frente a ciertas escrituras conservadoras– arranca en la línea de poemas (del Brindis al Mantra inédito) que proponen desde un inicio fotografías, retratos, encuadres de la realidad circundante, como testigo ambulatorio de lo que pasa, registros de su propio filme-poema. El aquí y ahora de una tradición heterogénea y heredada que se reactualiza frente a objetos, palabras y acontecimientos de nuestro presente. El pulso tomado a una época a través de la poesía entendida en su caducidad y frescura, en su pertinencia histórica y en su fracaso.

En este horizonte prometido por la poesía, el acontecimiento de A mano alzada ofrece una ubicación –una edición– de lo que llamaría la prosa paralela de Carrasco, en tanto extensión o vía análoga a la línea y carácter de sus versos, libres, prosaicos y movidos internamente por una ironía liberadora. En ambas caras de esta doble escritura, encontramos una actitud que confronta terrenos, figuras y estilos, al mismo tiempo que va dejando la prueba de su propia búsqueda en el camino. Estas pruebas –huellas cognitivas de una posición estética– se hacen aún más explícitas en este libro recopilatorio.

En un sentido integral, los textos reunidos en A mano alzada coligan el ámbito de la creación con la política, el plano del arte con el suelo social que se pisa. El cruce entre arte y política se da aquí en la suscripción por parte de Carrasco de ciertas directrices estéticas que nunca dejan de revelar su rostro político. Este cronista reitera constantemente sus convicciones artísticas, esclarecidas generalmente por oposición a posturas contrarias en estilo y origen. Estas querellas estético-políticas emergen en casi la mayoría de las crónicas reunidas y la confrontación siempre es directa y sobre la base del conocimiento literario y la experiencia personal (resguardando en su mayoría las identidades de los querellados, de todos modos deducibles para los más avisados). La reserva de observaciones y vivencias de una vida dedicada –apostada– a la literatura, permite que estas crónicas ofrezcan una multiplicidad de entradas e ilustraciones vívidas de los puntos que interesa resaltar al autor. La memoria, al seleccionar su recuerdo, se despliega sobre la base de una honestidad severa, igual de severa o brutal que la realidad descrita (no sin humor, no sin hacernos ver también el lado cómico o ridículo de tal o cual situación, como por ejemplo en la crónica Panhispánico, lenguas regionales y celo literario en la que dos antologadores despistados ponen en aprietos a la editora frente al hijo de Zukofsky).

Observemos algunas de estas confrontaciones estéticas:

– Y aunque creo que cada poeta debe cumplir dentro de su agenda con la denuncia e incluso el necesario panfleto, creo en el valor de la levedad y la ambigüedad, que son difíciles, que le exigen un estado de ánimo estricto o amoroso al que escribe. Es la gravedad la que sale fácil; personalmente creo que hoy no es tiempo para épicas ni de continuar la tradición del estrépito, dar cuenta del dolor (en Géminis: arte y vida).

– Comencemos con lo que sangra, como en los noticiarios, y con la idea de borrar de Pezoa cualquier sabor hacendal que se le quiera endosar. Para esto es necesario evitar los poemas con métrica ahuasada, eliminar todo lo que tenga 8 sílabas, así de simple (en Pezoa Véliz).

– Algunos escritores recomiendan escribir desde los centros. Algo de razón tienen, pero no por su actitud snob y sumisa sino porque efectivamente las palabras experimentan cambios químicos al cruzar una aduana (en Nueva Inglaterra).

– En Chile el contenidismo y el supuesto experimentalismo de algunos es realmente un tic molesto, y se apoderan de los pendejos que, como son desafinados a cagar, utilizan esos trucos. Por influencia de Andrés Andflaite, a otros les dio por los ruiditos y cosas concretas, en circunstancias que con las posibilidades y problemas de la palabra ya hay suficiente (en Brown -Landry + Ortega-).

-Cualquiera puede aprenderse un par de reglas y escribir en métrica, lo difícil es crear un lenguaje propio, inventar una prosodia, hacer calzar las imperfecciones en el paisaje general del texto. Verás imborrables erratas, escribe Zurita (en El terremoto y sus metáforas).

La némesis de la posición defendida y ejercitada, según los parámetros de Carrasco, tiene forma de gravedad, “métrica castrense” (o “ahuasada”), contenidismo o experimentalismo, entre otros defectos del quehacer literario puesto en duda, y que en su diferencia resalta lo otro, el camino recorrido por él como credo estético: soltura, verso libre, cosmopolitismo, prosodia, etc. La capacidad amorosa del lenguaje de Carrasco, cuando entra en relación con esos motores afectivos que lo instan a un encuadre prolijo y acariciante –mujer, hijo, escritura–, comparte quizás la misma raíz de potencia y productividad que la ironía o el zarpazo, que la afección odiosa, logrando cuadros similares de efectividad poética o cronística.

Más allá de la disputa casera (imagino las trifulcas y el malquerer que estos alineamientos traen consigo y de los que Carrasco es consciente: “Yo no me siento parte de absolutamente ninguna patota, lo que me ha costado bastante caro en términos literarios, en donde los gremios son súper autodefensivos: la izquierda, la derecha, las minorías, los cuicos, los estos y los otros”. En Gym, o sobre el sudor democrático) y de importar profundamente el análisis y la reflexión de la poética que va abriéndose en sus declaraciones, la composición de una imagen crítica de Chile es quizás el elemento más novedoso de esta prosa paralela de Carrasco. Una imagen crítica que en su evocación del pasado reciente y en su anotación de la actualidad, pone en circulación, hace pública, opiniones y visiones del país cercanas y comunes a mucha gente. El bosquejo, rápido y seguro, de una derecha chilena recalcitrante, de un mundo progresista prejuicioso o de una institucionalidad quebrada, entre otros problemas, va conforme al relato que sostenemos, ya sea en público o privado, los que así pensamos en referencia a ciertas cuestiones sociales acuciantes hoy en día. Si –como discute Carrasco en relación a la escritura académica que exige ‘espesor teórico’ por temor a la claridad y por impostura–  “el único problema de la prosa de un poeta es estar a la altura de los poemas que éste ha escrito”, podemos afirmar entonces que esta prosa de Carrasco viene de aquella medida formal y emocional que sus versos, líneas proyectivas, han impuesto a su sólido plan de escritura.

 

A mano alzada

Germán Carrasco
Cuarto Propio, Santiago, 2013

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