Revista Intemperie

Un coloso de otro tiempo

Por: María José Navia

lenador

Mike Wilson, autor de El púgil, se introduce ahora en el mundo de un leñador que se dedica a observar el bosque para irse gradualmente hundiendo en él, en una novela que deja deslumbrada a María José Navia.

 

Siempre me han llamado la atención los comienzos de novela. Esas primeras líneas donde se decide todo, ese primer anzuelo que debe capturar la atención del lector. De ellos, mi gran favorito es el de Moby Dick. Más allá del clásico “Call me Ishmael”, o “llamádme Ismael”, con su carga de misterio y de identidad esquiva, las líneas que siempre me atrapan y conmueven son: “Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebre o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera; y sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo a acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme a la mar lo antes posible”.

Una reflexión colosal, precisa, perfecta, para un monumento de novela.

El comienzo de Leñador, la nueva novela de Mike Wilson, recuerda poderosamente (y prodigiosamente) a esas primeras reflexiones del narrador de la novela de Melville.

Dice Wilson: “Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring. Me fui del país, buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la claustrofobia, necesitaba respirar. Veía cosas que me hacían mal, escuchaba voces, me estaba perdiendo, extraviando en mi cabeza”.

El personaje de Wilson, un hombre sin nombre que decide alejarse de todo, en vez de “darse a la mar”, se refugia en los bosques de Yukón, en medio de una comunidad de leñadores. Y a partir de entonces las palabras adquieren una velocidad distinta, la narración avanza con una lentitud ceremoniosa que se detiene en todos los detalles que describen a esta nueva vida. El narrador explica con parsimonia los distintos rituales de esta comunidad, como entradas de una particular enciclopedia. Cuenta de las barbas de los leñadores, la forma de cuidar las botas, las enfermedades que abundan, el aseo personal (“Higiene. La higiene en el campamento es de suma importancia. No sólo para prevenir enfermedades y mantener un ambiente salubre, sino también para poder aguantar la presencia de los demás. Al final de cada jornada, los leñadores apestan.”),  los rituales de entierro, las formas de matar el tiempo mientras se espera el deshielo. La prosa de Wilson corre limpia, cristalina, para entregarnos el relato despojado del todo de su protagonista.

Frente a la abundancia de detalles relativos a los leñadores, poco y nada sabemos del personaje principal. Uno más en medio de esta tribu, parece diluirse en ellos y la información que los conforma.  Nunca llegamos a saber con exactitud cuál fue el trauma que lo marca como una cicatriz que está allí presente sin querer contar nunca del todo su historia (“No quiero volver jamás a la condición en la que estaba antes de venir al Yukón. Antes no era, nada era, ahora las cosas se me hacen manifiestas y yo estoy junto a ellas.”).

El personaje se esfuerza por pensar cada vez menos, por perderse en la lectura de un almanaque agrícola, en la enumeración de datos que hablan de otros tiempos, dejando atrás la experiencia en “la ciudad”. Porque no sabemos nunca de cuál ciudad se trata, cuáles archipiélagos, cuáles rings; la insistencia en la palabra simple, el sustantivo común, cuando se trata de esas realidades de su pasado, hace recordar a la aparente simplicidad de prosas como la de El castillo de Kafka, con su agrimensor y su aura algo irreal de fábula terrible.

Porque la novela de Mike Wilson parece venir de otro tiempo, parece suspendida en un tiempo que obliga al lector a leer de otra manera, a asumir distintas pausas, a enfrentarse al esfuerzo monumental de la enciclopedia, a la vez que se deleita con el lenguaje prístino, perfecto, de las viñetas en las cuales el narrador, por instantes, revela algo de su pasado, sus intenciones, o reflexiona sobre el amor (que se canta, que se espera, que no se alcanza nunca). Así, comenta sobre una canción que entona uno de los leñadores: “En la letra le pide a un viajero que la busque, que sepa que él se acuerda de ella, ruega no pasar al olvido. Sentimos que canta por nosotros, añorando estar con ella, con la idea de ella, ella que nunca nos va a amar, ni siquiera conocer. Está bien. Mejor así, esa lejanía y dolor nos mantiene vivos.”

Ese otro tiempo en el que parece apoyarse esta novela, y que es su mayor vulnerabilidad y fuerza, hace reflejo del tiempo del almanaque que lee el protagonista con tanto ahínco: “Los almanaques pertenecen a otro tiempo y a otra mentalidad, así como las guías telefónicas o los manuales de niños exploradores”; para luego agregar:“…quizás a partir de la obsolescencia de un texto éste se vuelva literatura”.

El protagonista se convierte en un observador que quiere dejar de pensar, y en esa voluntad hay algo de descarnado. Dice en un momento: “Los hombres del campamento no son de preguntarse cosas. Ellos viven, no piensan en vivir. No hay parodia en el día a día, no hay simulación ni ironía. Nada intermedia la experiencia, en ellos no se encierra la alegoría, la ideología ni la ciencia.” Para luego afirmar: “Los observo, vivo entre ellos, pero no soy como ellos. Estas palabras me delatan. Los envidio”.

A medida que va despojándose de las palabras, el protagonista va aprendiendo a escuchar el bosque, a desentrañar la historia que se esconde en los sonidos: “…el sonido dice cosas, muchas cosas, la especie del árbol, su tamaño, su diámetro, la sequedad de la madera, la oxidación de sus agujas, la proximidad de su muerte, la necesidad del hachero…”  Los sonidos y el silencio se entretejen, a medida que el protagonista se va perdiendo a gusto y decide emprender un largo viaje en soledad que culmina en un final que resuena como una nota perfecta en medio del bosque.

Leñador, de Mike Wilson, es una novela colosal, tremenda, conmovedora en la que el silencio va perforando de a poquito las palabras y se vuelve necesario afinar el oído, escuchar alerta, como uno más de los leñadores, dejando así, bien atrás, nuestras ciudades y nuestros archipiélagos.

 

Leñador

Mike Wilson
Orjikh Editores, Santiago, 2013

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