Revista Intemperie

La secta de Colliguay: pasión y muerte de la vida secreta

Por: Andrés Olave
secta de colliguay

A propósito de la secta de Colliguay y el trágico fin de su líder, Andrés Olave revisa el delirio de una época que ha sumergido los impulsos más oscuros debajo de un manto de cordura y racionalidad

 

La tarde del 23 de noviembre de 2012, un grupo de jóvenes pertenecientes a lo que ahora conocemos como la secta de Colliguay, y liderados por un señor autodenominado Antares de la Luz, se dirigieron a un lugar apartado del fundo Los Culenes, para prepararse para el 21 de diciembre, el fin del mundo Maya. La ceremonia con la que dieron inicio requirió la presencia del pequeño hijo de dos días de Antares, al que había bautizado provisionalmente como “Adefesio” y a quien depositaron sobre un tablón puesto transversalmente sobre un agujero donde previamente habían encendido una hoguera. Para que no llorara, el líder ordenó ponerle al bebé una cinta sobre la boca, y a las 23:30, cuando Antares de la Luz consideró que era el momento adecuado, le dio una patada al tablón e hizo caer al bebé a las llamas… 

Hace unos días en Cuzco, Ramón Castillo, más conocido como Antares de la Luz, fue encontrado muerto, colgado de una viga, en una vieja casona cerca de la plaza de armas, poniendo fin a la vasta cacería humana que había sido alzada en su contra. Era el fin también de la secta de Colliguay, grupo de jóvenes del estrato medio alto que se habían dejado seducir por el mesianismo y la influencia de Antares de la Luz –un nombre bastante carismático debo reconocer– y que ahora, con su líder muerto se verán en la obligación de decidir por sí mismos lo que deben hacer con el resto de sus vidas.

¿Por qué la gente se mete a las sectas? Grosso modo puedo intuir que se trata de estar disconforme con la vida que uno lleva (vida burguesa, monótona, desesperanzada, depresiva) y con conocer a alguien con el suficiente carisma y capacidad de oratoria para convencerme que si me dedico a servirle, encontraré la felicidad, la alegría, la salvación o todas esas cosas juntas. No es algo que suceda con toda la frecuencia que los periodistas de los matinales nos quieren hacer creer, no es que en el Chile de hoy estemos en presencia de una ordalía de sectas, pero sí es algo que ocurre cada ciertos años y de lo que nos enteramos porque lamentablemente alguien muere al interior de la secta o sale gravemente herido.

El sectarismo nos acompaña desde los orígenes del mundo. Una tribu de aborígenes que adoraba al sol y la tribu del valle contiguo que adoraba la luna. Sólo con la llegada de la civilización se afianzaron las religiones, suerte de sectas de gran tamaño y súper organizadas, pero el fenómeno del sectarismo continuó surgiendo de la mano de las personalidades delirantes que supieron siempre rodearse de fervientes adoradores. Pienso en Empédocles, a quien llamaban el dios nuevo, que vestía joyas y caros vestidos, y que disfrutó de una gran concurrencia de fieles que lo seguían a todos lados. Empédocles acabó sus días subiendo a la cima del Monte Etna y arrojándose a la lava hirviendo, aunque sus seguidores, claro, aseguraban que el maestro en cuerpo y alma había ascendido a los cielos.

En ese sentido, es casi la norma que el destino del líder sectario acabe en inmolación, voluntaria o forzada, como cuando en 1993, la policía incendió accidentalmente al rancho de David Koresh en Waco, Texas, cuando se volcaron sus tanquetas dando muerte por fuego y asfixia a 68 adultos, 17 niños y al propio David Koresh. Un accidente que nos deja la enseñanza que ni siquiera la policía sabe muy bien como lidiar con las sectas. Hay quien mata por dinero o por celos, pero ¿quién mata por puro anhelo de exaltación? ¿Quién sacrifica un bebé porque es el Anticristo? En el fondo, nadie sabe como encarar manifestaciones tan primitivas de religiosidad en los albores del siglo XXI, aunque esas mismas manifestaciones se las arreglan lo más bien para rondarnos.

Habitamos una época donde todas las épocas que han sido, saben coexistir secretamente con nuestro presente, donde conviven la razón y la sinrazón. El pasado reclamando siempre su parte. ¿De qué otra manera ese viejo libro medieval de torturas que es 50 sombras de Grey podría tener tanto éxito? Amor cortesano mezclado con sadomasoquismo.

“Todo lo interesante ocurre en la sombra, no sabemos nada de la verdadera existencia de los hombres” nos dice Celine. Vivimos encorbatados y correctamente vestidos pero después que se cierra las puertas de vecinos y amigos ya no sabemos lo que ocurre detrás. El horror primigenio del que hablaba Lovecraft que sigue impertérrito entre nosotros, como lo quiso decir Stanley Kubrick en su obra póstuma Eyes Wide Shut, donde las clases más acomodadas y poderosas (dermatólogos, políticos y gerentes), se entregaban a toda clase de rituales y juegos orgiásticos, vestidos de túnicas de seda y cubiertos con mascaras venecianas (para ver sin que nadie los pueda ver).

Al final solo nos queda la incertidumbre, la noción que bajo nuestro mundo que tanto se esfuerza por aparentar cordura y racionalidad no hay más que caos e ilusiones, el sueño enfermizo de ciertos hombres que no se resignan a ser simplemente hombres y juegan a ser dioses, práctica que podría ser comprensible y hasta soportable, sino fuese porque en el camino hay inocentes que son sacrificados cruelmente, entregados al fuego o la tortura, para servir al delirio de unos pocos.

 

Foto: EFE

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