Revista Intemperie

Campo de tiro: colonialismo y simulacro

Por: Gastón Carrasco

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Gastón Carrasco elogia la primera novela de Leonardo Videla, una ficcionalización de la historia que le recuerda los poemas de Leonardo Sanhueza y Gloria Dunkler.

 

En dos líneas narrativas, Videla va trazando la historia Roberto Hitschmann, un estudiante de ciencias de Valdivia radicado en Santiago que, a su vez, narra el proceso de instalación en el país de sus antepasados, con especial fijación en Carlos Hitschmann, tío abuelo relacionado al proyecto científico del Tercer Reich en constante combativa con el proyecto de la ex URSS.

En un tono más bien biográfico, el protagonista hace uso de la primera persona para dar cuenta de sus soliloquios de infancia frente a la ventana, sus fabulaciones como pensador o conferencista ante un público imaginado. Su puesta en escena ciertamente se presenta como una dramatización descontextualizada para la provincia, una situación ajena, propia de los centros de poder (cultural, intelectual, etc.). De soslayo, la historia familiar viene a reafirmar esta condición de centro-margen: inmigrantes del primer mundo escapando al tercero por trabajo, cegados ante una utopía de confort respaldada en los discursos de gobierno.

En el esbozo de una historia conocida a medias, por relatos familiares, cartas e inventiva personal, el protagonista va haciendo un registro de la creación de su novela: “La historia era, como todas, una historia heredada”.

Su tío abuelo Carlos Hitschmann, hastiado de las limitaciones de estar al fin del mundo, se las ingenia para hacer ciencia en tierras germánicas. El contexto de guerra añade un elemento particular a la historia. El proyecto por dar con semillas capaces de alimentar a toda una nación (proyecto que, al parecer, la URSS hubiese alcanzado adelantándose a Alemania), dejan al pariente en un sitial de excepción. Lo suyo ya no será solo un avance de la ciencia, sino un trofeo de guerra. Pero las vicisitudes de la guerra y las inclemencias del clima y geografía rusa hacen que el proyecto no dé frutos (o semillas, por lo cierto).

Vemos, de esta manera, cómo la historia personal, provincial, se va entroncando con la historia mundial. Algo parecido le había pasado al tatarabuelo de Roberto, Alfredo Hitschmann, al aprovechar la coyuntura de 1914 para exportar botas para el Reich desde el sur de Chile, dando trabajo a más de 100 obreros de Isla Teja. “¿Cómo podría leerse eso sino como pura pretensión aspiracional, como un rasca deseo de inscripción en el Aparato Literario Universal”,  se pregunta metatextualmente Roberto.

Esto mismo le ocurre a Roberto a nivel personal. Desde Valdivia a Santiago para estudiar, y luego a una conferencia en Brasil para posiblemente trabajar becado junto a Lázzaro uno de los científicos más importantes del mundo, candidato fijo al Nobel, con bastantes fanáticos y detractores. La posibilidad de incluir a Chile en un proyecto científico nuclear de categoría mundial hace que Adolfo Cartán, profesor tutor de nuestro protagonista, mueva sus piezas para que Lazzaro se entere de la tesis de Roberto y lo invite a Brasil para conversar sobre su carrera como científico.

Digamos que en una suerte de guerra fría entre el prominente estudiante y el posible nobel nada llega a puerto. Roberto lo evita. La decisión de irse a Italia a trabajar a como becario, si bien atrae, no convence.

Ser Hitschmann, Andwanter o Kunstmann en el sur de Chile puede resultar incómodo. Es decir, a Carlos Hitschmannle parecía incómodo, le causaba una cierta extrañeza necesaria de aplacar. La falta de familiaridad con el lugar le da para pensar en algo distinto: “¿cómo decirlo?, más limpio, más puro, y para siempre”.

La idea de ficcionalizar la historia de este tío abuelo, anónimo antihéroe de guerra, parte de un impulso de reconstrucción. Un poco a la manera de Leonardo Sanhueza con su “Colonos” o Gloria Dunkler con “Füchse von Llafenko” y “Spandau”, más allá de aproximarse a una configuración real de los hechos, vale la pena tomar los fragmentos y fabular con las imágenes y recuerdos heredados, hacerse cargo del material que se tiene, si al final, “todo lo que nos queda es la literatura”.

Una de las premisas de Adorno en su Literatura después de Auschwitz es que el lenguaje ya nada tiene que ver con la experiencia (sea guerra o catástrofe), las ideas de testimonio o reportaje adquieren otro sentido y mayor pertinencia a la situación. Y Campo de tiro nos da cuenta de esto. Las cartas de su tío son el registro y antecedente necesario, pero no bastan, la literatura debe entrar y hacer su trabajo.

En una segunda línea de análisis, es destacable el trabajo que hace Videla a propósito de la noción de simulacro. Esa imagen hecha a semejanza de una cosa o persona es una práctica frecuente de Roberto, desde su infancia como conferencista imaginario, hasta las noches en que simula dormir o roncar ante Lazzaro, todo por evitar tomar una decisión: “Simular, como lo habría querido hacer siempre”.

No tomar esa decisión, en cierto sentido, es también parte del simulacro. Lazzaro también lo hace, supone que Roberto duerme, toma su rifle y apunta a quién sabe qué criatura de la noche. Todo esto me hace pensar en la propuesta poética de Videla, pues en su libro “Safari” el autor instala el tema del simulacro: turistas vestidos como cazadores ingleses apuntando con sus binoculares a fieras acostumbradas al ruido del motor de un jeep armado hasta los dientes. La sola presencia delata el simulacro. No existe la sabana tal como se la imagina, todo es parte una escenificación expuesta para cobrar por una experiencia “límite”. Esto el autor lo traslada a la ciudad, pues parecemos turistas en un espacio a veces hostil, a veces amable. Peligroso y ajeno hasta en la vuelta de la esquina, pero en cierto sentido nuestro. Imagino que Santiago es una suerte de safari para quienes vienen de regiones.

Roberto asume que sus creaciones han sido por descuido (la novela en la que trabaja, su tesis sobre aspectos matemáticos en la fusión nuclear en TOKAMAKs) o negligencia. Podría volver perfectamente a su casa. Seguir con sus “mímicas” de infancia: conferencista, matemático, escritor tal vez. La historia familiar perfectamente puede ser una mímica o simulacro más. Un buen cazador debe cuidarse las espaldas antes de fijar la mira hacia su presa. El momento de mayor precisión ante el gatillo es también el de mayor posibilidad de ser atacado.

Digamos que estoy de acuerdo en las apreciaciones de algunos comentaristas sobre la difuminación de Roberto como personaje, en la poca novedad de entrelazar dos historias, una dentro de la otra. Sin embargo, ese problema de la ejecución técnica, del cual es bastante consciente el autor, se ve mermado por un afinadísimo ojo literario de Videla. Pues, definitivamente, Campo de tiro es mucho más que un simulacro de novela.

 

Campo de tiro

Leonardo Videla
Alquimia Ediciones, Santiago, 2012

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