Revista Intemperie

Predicar en el desierto

Por: José Ignacio Silva A.

una-vida-critica

José Ignacio Silva ve en Una vida crítica, de Héctor Soto, la última posibilidad para salvaguardar el papel del crítico ante el desconocimiento del público, el desprecio del artista, y el ninguneo del establishment periodístico nacional.

 

En momentos en el que la crítica es una de las actividades más denostadas en la cadena cultural nacional, no puede ser más oportuna la aparición de Una vida crítica. Cuarenta y cinco años de cinefilia (Ediciones UDP, 2013), recopilación de reseñas del crítico de cine Héctor Soto (Valparaíso, 1948), un contundente libro blanco de casi de 800 páginas, que se acerca en tamaño a una guía telefónica y que compendia más de cuatro décadas de reseñas de películas, más otros textos sobre cine y sus protagonistas, y también acerca del oficio del crítico.

En Héctor Soto –y en este libro- tenemos la última posibilidad, el último bastión, los últimos cartuchos que emplear para salvaguardar el papel del crítico en la sociedad. Eso representa Soto hoy, una de las escasas pruebas vivientes en Chile del valor y triunfo de la crítica y su resistencia, ya sea ante el desconocimiento del público o el desprecio del artista, o bien en su quintaesencia: el ninguneo, sobre todo desde el establishment periodístico. Basta revisar que, en lo que entre cuatro paredes se considera periodismo “de excelencia”, la crítica simplemente no califica. En ninguna de sus variedades. De todas formas, es una ausencia que a nadie le llama mucho la atención. Así las cosas, Héctor Soto encarna el eslabón perdido, la rareza extrema: el crítico respetado. Tal vez cuando Soto ya no esté horneando una entrega periódica, la actividad crítica en Chile perderá, tal como se desvanece un lenguaje, al morir el último representante de una etnia, presa de la ignorancia de los bárbaros. Se perderá ese lenguaje, esa forma de ver y decir. Por fortuna, libros como Una vida crítica (reedición del texto publicado en 2007) permiten atesorar los trabajos y los resultados del ingenio, la imaginación, el estilo y la desenvoltura que Héctor Soto ha entregado a lo largo de su carrera como crítico de cine.

Las palabras preliminares de este libro sencillamente no tienen desperdicio. Más aún, constituyen, en breve, el hic et nunc de la crítica, de cualquier índole. “La crítica lleva largas décadas poniéndose a sí misma en entredicho, pero quizás no ha asumido ese emplazamiento con el debido dramatismo y urgencia (…) no tiene mucho sentido negar que los críticos nos sentimos algo perdidos y extraviados (…) el primer deber de un crítico es elegir a sus interlocutores. Como antes, pero más que antes, la crítica es ahora un pacto de lealtad y confianza, hecho de rigor y convicciones, de complicidades y buena fe (…) En cuanto a los directores (en el caso de los libros, los escritores), mi percepción es que -excepto casos aislados- a estas alturas les interesa un rábano lo que un crítico les pueda decir, salvo que sean puros elogios emitidos desde la incondicionalidad (…) Creo que para distinguir el diamante de la pedrería falsa se necesitó de la crítica ayer y se seguirá necesitando mañana (…) No es tarea del crítico llevar público a las salas de cine. Pero pienso que sí debiera serlo el hecho de salvar las películas que están en riesgo de ser pulverizadas por la industria del espectáculo (…) es fundamental que el crítico sea capaz de distinguir entre lo que vale la pena y lo que parece de calidad pero que de pronto se revela como estafa”.

Si algo nos imprime la revisión de estas colosales páginas es el carácter de Soto, un crítico inspirado y lúcido que entrega la conjunción insuperable de juicios bien fundamentados y placenteramente expuestos. Es curioso, en el perfil que el autor compone de la crítica de cine estadounidense Pauline Kael, involuntariamente delinea alguno de sus rasgos más ostensibles: “escribía notablemente bien –elegante en los adjetivos, cruda en las comparaciones, eficaz en la síntesis- y por eso sus libros se siguen leyendo bien, incluso cuando equivoca los juicios”. Soto triunfó y triunfa ahí donde una piara principiante pasada de rosca vende el humo de la jerigonza técnica, y vegeta en la postura cómoda y políticamente impecable del antiestablishment hollywoodense, o del chovinismo pasado por agua de una industria local que tiene más de un bemol.

Algunas muestras de lo antedicho: “(Stanley) Kubrick siempre ha pretendido ser más de lo que es y no faltan quienes lo tienen poco menos que como un pensador”; “En honor a la verdad, la tentación de Woody Allen nunca fue treparse al pedestal del cineasta social, sino la de parecer ingenioso a toda costa”; “(Sobre E.T.) Es un éxtasis casi religioso, cercano a la comunión con la trascendencia y permeable al tenor de la gran fraternidad interplanetaria. Así Steven Spielberg se está transformando, como sólo un norteamericano puede hacerlo, en un evangelista de otros mundos”; “Es por películas como ésta (Volver al futuro) que todavía el cine es un fenómeno cultural capaz de calificar en la vida y en el imaginario de la gente. Es por películas como ésta que el cine conserva algún magisterio y las salas de proyección aún huelen a testosterona. Son éstas las realizaciones que le dan al cine una fuerza todavía salvaje, una bravura que lo induce a hincar los colmillos en donde importa o donde duela”; “Como experiencia, Amélie tiene una sola cosa buena: recordar que los franceses también pueden ser canallas al momento de filmar películas miserables y antipáticas”.

Una vida crítica es acertado y necesario. Por lo mismo se erige como un hito valioso en más de un aspecto, ya sea como el repaso a la actividad cinematográfica de la segunda mitad del siglo XX y lo que va corrido del XXI, como un manual de estilo (aunque el propio Soto no crea que el escribir reseñas sea escribir creativamente), como una fuente de ejercicios de juicio y apreciación, y también como la escuela para quienes deseen aprender a reseñar cualquier producto o manifestación cultural. Esto último porque Soto trasciende su campo de observación y aporta no solamente su forma y capacidad de ver cine y hablar de ello, sino cómo se despliega el talento de un ojo entrenado, una inteligencia enciclopédica y selecta, y un gusto en plena forma, listo siempre para ser puesto a prueba. En Una vida crítica podemos asimismo apreciar cómo la mirada y los juicios no son impermeables al paso del tiempo, y el caso de Soto no es distinto a la regla. Su mirada evoluciona, muta, puede variar. La diferencia con otros críticos (algunos literarios, especialmente) es que Soto es lo suficientemente honesto para hacerse cargo de esas variaciones, por muy desagradables que le puedan parecer. Hay grandeza en reconocer y miseria en desconocer, especialmente en críticos que se arrogan la tarea de hacer cánones.

Caben también, desde luego, créditos y aplausos a Christian Ramírez y Alberto Fuguet, quienes ensamblaron este morrocotudo conjunto. Vinculados al cine ya sea por la estable parcela del comentario de prensa, en el caso del primero, o bien por la inconstante de usar filmes como punto de fuga para escribir ficción, como es el caso del segundo, el haber materializado este volumen supera con largueza sus empresas personales en el terreno cinematográfico. Así pasa cuando se habla de Héctor Soto, ante quien solamente toca escuchar, leer y aprender. Por esto, Ramírez y Fuguet han hecho un aporte macizo e incuestionable no solamente al entendimiento del cine, sino también a la crítica y la cultura, hoy en franco bajón en Chile.

 

Una vida crítica. Cuarenta y cinco años de cinefilia

Héctor Soto
Ediciones UDP, Santiago, 2013.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.