Revista Intemperie

La poesía chilena desaparecerá: una entrevista con Andrés González

Por: Intemperie
zodiaca

En entrevista con Andrés Olave, el poeta chileno radicado en México habla de la fusión de las distintas poesías latinoamericanas, y de su último libro, Zodiaca

 

En Chile hay una tradición muy compleja, rica, sincopada de poetas a los que muchas veces, por la poca difusión que reciben, tienden a perderse en la espesura, en esa jungla de nombres y títulos condenados a priori, al olvido. En un esfuerzo por visibilizarlos he comenzado una serie de entrevistas a autores chilenos, un poco intentando establecer una cartografía de las nuevas generaciones, poder echar un vistazo al futuro y ver lo que se nos viene.

En el caso del poeta Andrés Gonzáles (Santiago, 1986) y su segundo libro Zodiaca, estamos en presencia de una obra originalísima que hace conexión con las místicas tanto orientales como de la America precolombina, un sueño primigenio que se desborda hacia horizontes inesperados.

¿Cómo fue que llegaste a Zodiaca? ¿Qué pistas tuviste que seguir?

Zodiaca tiene un origen bien claro que fue juntándose desde distintas partes. Viene desde mi novela el tema de los niños, las nubes y los espejos. Ahora recuerdo que en una versión había un epígrafe de un minnesänger que hablaba de un niño que tocaba y tocaba un espejo hasta romperlo. Luego está la hija vertiginosa de Díaz Casanueva, que, según cuenta, ocurrió en primera instancia una vez que se asomó a una habitación de la casa y espió a su hija frente al espejo de pronto poniéndose a bailar, como si la chispa de la vida total hubiese advenido a ello en ese preciso instante.  También hay por ahí un verso de Residencia en la tierra que es bien fundamental para el libro, en el fondo, a ese espejo que es la novela o cualquier tematización, cualquier apelación por intrincada que sea, había que disolverlo, pasarse al otro lado, encarnar, pero lo bello es que el encarnar, que tiene una connotación presidiaria, en la teoría de la sólo conciencia (la que postula la existencia de la octava conciencia, alayavijñana) hay semillas y perfumes, todo se eleva, se hace aéreo, se hace nube y de esa manera me gusta pensar en una reencarnación jubilosa, como en Nietzsche es gozo el eterno retorno.

Hay en Zodiaca un imaginario muy vasto, exuberante. Hay un verso donde dices: “pretendía (…) oponer al sol que veo negro/ la centella de un lomo también negro /pero iniciado / en las crestas de lo incandescente”. Cuéntame de esa búsqueda por aquel fulgor remoto (acaso la madre de todas las búsquedas), qué es lo que ocurre cuando estiramos al limite nuestro horizonte de comprensión.

Tensionada al máximo la cuerda en el arco, flecha y arco giran y se transmutan en escudo de Aquiles: no simulacro sino un mismo y otro mundo, un mundo que renace vertiginosamente dentro del mundo y lo multiplica al infinito. Estamos en trance de transformarnos en un mundo que quiere y no quiere llamarse lenguaje. El fulgor sólo aparenta ser remoto: corusca las gradas del oído, pasa entre ellas como el Ganges entre los Ghats de Benarés. El fulgor está de viaje: somos nosotros los que nos decidimos por la parálisis. Ahora bien, ese viaje es una migración. Volverán, como las aves, en verano y fundarán por todas partes panales y humedales.

El viaje de Zodiaca es también un viaje a través de las eras; hay una conciencia del Samsara, la Rueda de la Vida. La poesía, parece poder otorgarnos una salida a una cotidianeidad secuestrada por la conciencia del aquí y el ahora, de la inmediatez, configurando al libro como una ventana al infinito. ¿Compartes esta visión?

Más que una salida, pareciera que la poesía siempre entrega otras configuraciones de los elementos que conforman el cotidiano, sea el que sea. El horizonte, el tablero, es el de la soberanía. Entre el tigre y el erotismo (Bataille, La parte maldita) no cesa de ensancharse el lezámico Ygdrasil de la poesía. Lo secuestrado es, entonces, recuperado en tanto soberano, es decir: como niño que juega.

Si bien hay toda una nueva generación de poetas en Chile, ésta es más bien invisible, como una célula secreta. ¿Cómo ves el devenir de la poesía chilena en los próximos tiempos? ¿Qué profecías se pueden hacer al respecto? 

Hay una profecía muy clara: la poesía chilena desaparecerá. Y no sólo será la poesía chilena sino también la peruana, la boliviana, la mexicana. En los próximos diez a veinte años veremos surgir una miríada de archipiélagos y continentes desconocidos entre los poetas latinoamericanos. Esto ya está sucediendo. Es una lemuriamérica, algo prehumano, no humanista, son los cetáceos como escrituras de otra dimensión, son los hongos como libros de otras galaxias. No, ya no habrá poesía chilena.

¿Cuál es el destino del poeta bajo este panorama? ¿Luchar? ¿Huir? ¿Volver a subir a las montañas como propone Lars Iyer?

Creo que es pretencioso a la vez que sumamente urgente y necesario (en todos los sentidos del término “necesario”) plantearse el destino del poeta del mismo modo que el destino del planeta: entre ambos corre un cordón umbilical, kuxan suum, que es la profecía, el lenguaje de los pájaros, cordón umbilical que, como en la tradición mexica, se ha enterrado en región enemiga (porque el futuro es como enemigo). Ya no hay ni lucha ni huida posible, todos los viejos lugares se evaporan para alcanzar de nuevo el diamante, el nautilo coral, advienen de otras (ristras) dimensiones, son ya pleamar. Los poetas desplegaremos un nuevo diluvio pero ahora como juego y goce, como un echarlo todo a la chuña, todo lleno de challas, todo sonando como chaccha.

Última pregunta: ¿cual es tu parte favorita de Zodiaca? 

Creo que esta:

“el verano era enorme, los sueños infinitos, las pesadillas bellísimas: el fuego tenía tres colas emplumadas de crisantemos y dalias.  En las colinas había ruinas de antiguos templos octogonales y allí, entre risas desorbitadas y feraces, risas de ceibas cercenadas en la eternidad, aprendimos a jugar y jadear como los animales del zodiaco del trópico de los dioses migratorios.  Los vestidos eran ligerísimos: el sol era la desnudez gloriosa.  Íbamos a transformarnos en nubes y saltar cada vez más alto en el cielo, mascando cada vez más enamoradamente –el vuelo bullente.”

 

Foto: portada Zodiaca (2012 editorial) de Andrés González

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