Revista Intemperie

Isidora Aguirre: no hay muerte si no hay olvido

Por: Isidora Palma
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Lautaro y Guacolda yacen muertos tras ser atravesados por lanzas españolas, pero sus almas llegan a encontrarse más allá de la vida, donde entablan un diálogo de voces blancas. En esa atmósfera irreal Guacolda toma la mano del caudillo quien continúa torturándose por haber sacado a su pueblo de La Araucanía. Ella busca apaciguar sus tribulaciones: “Cumpliste ya lo tuyo. Deja tus tormentos. (…) Lautaro; siempre estamos naciendo.” A lo que él con voz suave responde: “¿A qué estás jugando ahora, pajarita de los bosques? ¿A sujetar la muerte?” Y Guacolda replica: “No hay muerte, ¡si no hay olvido!”. Así finaliza Lautaro. Epopeya del pueblo mapuche, escrita por Isidora Aguirre, considerada una de las matriarcas de la escritura teatral en América del Sur.

A dos años de su muerte y en el mes del libro se vuelve necesario recordar a una dramaturga que dedicó su vida a la escritura, una autora que fue mucho más que La pérgola de las flores y que no necesitó del reconocimiento oficial (Premio Nacional de Artes de la Representación) para ser profundamente valorada entre su público, sus pares y quienes admiramos su forma de hacer y de entender el teatro.

Hacedora, tejedora y creadora de un teatro social, políticamente comprometido, escribió sus obras no solo investigando en la historia, sino que conociendo a los sujetos de su padecimiento. Antes de escribir Lautaro. Epopeya del pueblo mapuche, vivió durante un tiempo con la familia Painemal en una ruca cerca de Temuco, para escribir Los Papeleros pasó días enteros conversando con los trabajadores del basural de Guanaco Alto y con los que recolectaban papel en la toma de una población llamada La Feria, hoy La Victoria. Viajó a Ranquil para conocer el entorno y tener contacto con esos campesinos aislados de la cordillera que serían los protagonistas de su obra Los que van quedando en el camino, años después iría a Lota a conversar con los ex mineros del carbón y sus esposas, bajó al Chiflón del Diablo para documentarse y así comenzar a dar vida a la obra ¡Subiendo… último hombre! que habla sobre el dramático cierre de la mina de carbón en Lota.

Isidora Aguirre, la mujer que escribió hasta las noventa y dos años y creó cuarenta obras de teatro, logró plantear en clave teatral una posible historia chilena al transitar por iconos que forman parte de nuestra memoria histórica como son Almagro, Balmaceda, Valdivia y Lautaro, intercalando su producción con textos que versan sobre las luchas populares y que tienen como protagonistas a aquellos sujetos silenciados, como los campesinos de Los que van quedando en el camino, los detenidos desaparecidos en Retablo de Yumbel, los allegados de Población Esperanza, la clase obrera en Subiendo… último hombre, La pérgola de las flores y Los papeleros.

Quien fue considerada una de las discípulas más aventajadas de Bertolt Brecht en Chile comprendió que el teatro es, ante todo, una herramienta de lucha que contribuye a la permanente transformación de la sociedad y del hombre. Sus obras proponen un movimiento continuo para reflejar que no habrá resignación y que la denuncia será constante; visibilizan una esperanza transformadora, incitan y alientan el actuar colectivo. La dramaturga era consciente de que las transformaciones sociales nunca han sido graciosa concesión de quien detenta el poder y que, por lo tanto, está en la lucha popular la posibilidad de algún tipo de cambio.

Conservó las técnicas narrativas del modelo brechtiano adecuándolas a la idiosincrasia local, enriqueció el lenguaje con décimas y liras y la música dejó de ser la del famoso compositor alemán Kurt Weill, para escuchar la de Francisco Flores, Los Jaivas, Quilapayún y otros tantos músicos nacionales.

Quienes han leído sus obras saben que están lejos de ser un derrame de sentimentalismo “Se aleja de ese teatro basado en la proyección de problemáticas individuales, pues comprende su arte como herramienta política, por eso es que sus obras están puestas al servicio de una causa”, dice Andrea Jeftanovic en Conversaciones con Isidora Aguirre.

Aguda observadora, supo olfatear la realidad y retratarla tal cual era. Dialogó directamente con los sujetos que luego se convertirían en personajes de sus obras y escribió procurando siempre ser clara para que todos pudieran comprender lo que se estaba queriendo decir.

Isidora, la dramaturga, le habló al pueblo de su verdad y no de su ilusión. Luchó contra los discursos dominantes, pues comprendió que el aturdimiento social nunca es tan absoluto como para denunciar que algo injusto está ocurriendo.

Confesó tener la capacidad de traducir las verdades reales en verdades teatrales asegurándose estar lejos del panfleto y del simple quejido. Supo conjugar las palabras que consideró precisas para poder decir aquello que ha de decirse, en el momento que tenga que ser y en la forma que se considera conveniente, sin rendir la palabra al servicio de la adulación. Desde esta perspectiva, sus obras demuestran un compromiso con la verdad y una rebelión contra el apaciguamiento del teatro.

La dramaturga murió el 25 de febrero de 2011 tras haberse dedicado más de medio siglo a la escena -algo de lo que pocos pueden jactarse-, siendo una de las más destacadas sobrevivientes de la generación del cincuenta. Sus obras han sido traducidas al inglés y al alemán, montadas en Cuba, México, Argentina, Canadá, Austria, Holanda, Alemania, entre otros, y es la autora de una de las obras más representadas y aplaudidas del teatro chileno: La pérgola de las flores. En sus innumerables viajes por el mundo declaró haber tenido encuentros inesperados con grandes personajes, como André Bretón, Eugène Ionesco, Jean-Louis Barrault, José Lezama, Fidel Castro y el Che Guevara a quien dedica su obra Los que van quedando en el camino, sobre el levantamiento de los campesinos de Ranquil.

Sus obras eran de total coherencia con su actitud frente a la vida. Militó activamente en el Partido Comunista. Allí conoció a Gladys Marín, quien le pidió que escribiera un libreto sobre la historia de “la Jota” para presentar en el Estadio Nacional bajo la dirección de Víctor Jara. En la obra participaron más de cien personas y se presentó a estadio lleno. Anteriormente había trabajado codo a codo con Salvador Allende, llevando teatro a las poblaciones y declaró haberse hecho comunista más por instinto maternal que por las teorías de Marx. Usando la vía emocional intentó siempre que su teatro fuera un vehículo de ideologías.

En una carta que le escribe en 1985 a su nieta Micaela, confiesa no saber vivir sin estar escribiendo o trabajando en algún montaje. Ese inmenso amor por su oficio le fue enseñando a compatibilizar el trabajo con la crianza de los hijos, “vas aprendiendo cómo defender tu derecho a crear, es decir, tiempo y libertad.”

A este tema se refirió en 1980 cuando fue invitada al encuentro Women Playwright en Estados Unidos, al que asistieron más de cincuenta mujeres dramaturgas provenientes de Europa, Asia, América Latina y África. En su ponencia explicó la importancia del teatro social y el rol de la mujer, basándose en las ideas de la feminista chilena Amanda Labarca y reflexionó públicamente respecto de la escritura de mujer y la influencia que tiene en ella el grado de desarrollo cultural del país, el momento histórico en que se vive, la clase social, el grado de independencia y oportunidades.

Sus personajes femeninos son importantes agentes de cambio, mujeres que llevan a la acción y que generan pequeñas revoluciones. Estas ciudadanas y guardianas de su clan luchan activamente por lo que más quieren y su espíritu de combate es removido por las carencias y la necesidad de bienestar. Así lo demuestra la Guatona Romilia en Los Papeleros. Para este personaje la dramaturga se inspiró en esas mujeres que encabezan las tomas de terrenos y corren cualquier tipo de riesgo con tal de conseguir un hogar para sus hijos. Mujeres trabajadoras que, en consecuencia, exigen un trato igualitario respecto a los hombres.

La dramaturga moviliza su mirada hacia las fronteras y fija la vista en los sujetos y experiencias que se desarrollan en los márgenes para situarlos en el centro, visibilizando así lo que había permanecido oculto. Desde esta perspectiva, la actividad creadora logra romper el silencio a través de la conjuración tanto individual como colectiva. En sus obras encuentran una voz los personajes históricos que toma del pasado para re-significar el presente y también esos seres anónimos que no encuentran su lugar de enunciación, evitando que estos se replieguen en el silencio o que caigan en el olvido. Sus relatos, llenos de humor y de un lenguaje bello pero sencillo, destapan, exponen y denuncian.

Sus obras y personajes quedan ahora en nuestras manos esperando ser leídas, reinventadas y montadas, pues mientras sigan existiendo Romilias, Rosauras, Lorenzas, jefes como el Perro Sepúlveda e inagotables Guerreros del sur -glosando el título de su novela póstuma-, su teatro seguirá siendo necesario y contingente, continuará funcionando como una trinchera en defensa de la dignidad humana.

 

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Un comentario

  1. DIEGO ARRIAGADA MENA dice:

    tuve la posibilidad hace unos 12 años atras, si mal no calculo, de poder participar de un ciclo de encuentros con destacados escritores nacionales… Debo reconocer que más allá de la Pergola de las Flores, no sabía de su legado. Desde ese día soy un ferviente devoto de sus textos y de su representación de la realidad nacional… guardo incluso como testimonio entre mis libros, un autógrafo. Se necesitan escritores y artistas capaces de llevar, mediante sus diversas disciplinas,la realidad y la humanidad a manos de todos. Isidora Aguirre… simplemente una Maestra.

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