Revista Intemperie

La política cultural dañina

Por: Fernando Gaspar
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Fernando Gaspar, Director del Programa de Políticas Culturales Fundación Chile 21, apunta a la falta de profundidad en el análisis y en la exigencias que como sociedad hacemos de las políticas culturales en el Chile de hoy

 

En el reciente debate cultural sobre la crisis de los teatros del Puente, la Memoria y la Palabra han abundado una serie de consideraciones sintomáticas de la situación artística y las características de las políticas culturales en Chile. Lo primero es constatar algo que Marco Antonio Coloma ha definido como la “fondartdependencia”, un problema anunciado y descrito desde hace varios años pero del cual se ha hecho muy poco: el instrumento que fue ideado hace más de una década para paliar la carencia creativa en Chile después de la dictadura ha generado con el tiempo síntomas perversos de excesiva dependencia en los creadores y una tremenda parálisis estatal para responder mejor a las necesidades del sector.

Es urgente la necesidad de una evaluación seria y la implementación de cambios profundos en el Fondart y los fondos concursables. Nada o muy poco se ha hecho al respecto. Con los años, lamentablemente el sistema ha generado perversiones y consideraciones que hoy distraen y desvían la discusión a una exigencia casi particularista: la legítima, pero no por ello justificada, necesidad de algunos creadores de recibir financiamiento estatal de forma permanente para subsistir.

La defensa de la inversión estatal para el desarrollo de las artes y la cultura, no debe ser sinónimo de la falta de una actitud crítica y una simple demanda de mecenazgo. Desgraciadamente en la actual defensa de muchos agentes culturales por los teatros con problemas económicos, se pueden malinterpretar las demandas como una retórica que busca un camino sin retorno en el cual la inversión pública tenga discrecionalidad infinita y no se someta a ninguna lógica pública o ciudadana y menos de observación o evaluación.

Sin duda que se requiere inversión estatal en muchas áreas del arte y la cultura, sobre todo en aquellos nichos que no atiende el mercado (como las curatorias independientes y arriesgadas estéticamente), pero no puede equipararse la exigencia por una política pública integral a la simple necesidad de financiamiento directo: ¿cómo se justificaría que el Estado financie discrecionalmente un creador o proyecto creativo de modo indefinido?

Una política cultural seria para el teatro no sólo debe atender el “impulso inicial” para dar forma a una puesta en escena. Debiera también crear los puentes que permitan llegar a más audiencias y posibilitar la progresiva autosustentabilidad de la mayor cantidad de iniciativas que se financiaron de forma sólida en su inicio. Una política cultural debiera atender la ausencia de espacios en los medios de comunicación que permitan la difusión de una amplia cartelera, crítica en su oferta y abarcando la mayor parte de los espacios teatrales y no exclusivamente los mejor posicionados comercialmente. Esa política debería fortalecer como señala Coloma, la vinculación con la educación formal, pero también apuntar a formas innovadoras de creación de públicos, utilizando recursos permanentes que estén dirigidos a la difusión, a la promoción, a la reflexión y crítica sobre el sector.

Es preocupante que las autoridades hagan oídos sordos a la crisis que vive desde hace varios años el sistema de fondos concursables. Lo es también que los espacios con curatorías independientes o arriesgadas, se encuentren en peligro permanentemente. Sin embargo, la solución no es sólo que la autoridad de turno firme unos cheques o tuerza la mano para que determinado artista obtenga algún fondo. Se requiere una política integral, un debate de fondo, un cuestionamiento a la forma en que se entrega el financiamiento público, iniciativas orientadas a la difusión, a motivar una mayor participación de privados. Se requieren políticas audaces en conjunto con autoridades locales como los municipios y otras instituciones. Hace falta apoyar a los creadores en otros aspectos que no necesariamente tienen que ver con su calidad artística y sí con su subsistencia en el competido y estacional público asistente al teatro en Chile.

La iniciativa de los artistas por exigir una mejor política cultural es un aspecto positivo del debate actual. Falta profundidad en el análisis y en la exigencia, pero ya es un gran avance que se venza el conformismo y la dejadez. La autoridad tiene que responder por su inoperancia para atender estos problemas, los cuales existían desde su llegada al gobierno. Sobre todo, si se cuenta con una “Política de Fomento del Teatro 2010-2015” la cual fue discutida y consensuada con el sector. ¿Qué se ha hecho de todos los objetivos específicos y propuestas de implementación que están en ese documento? El mundo de la cultura debe exigir respuesta. La exigencia ciudadana y artística porque las autoridades hagan bien su trabajo no tiene que ver con orientación política alguna, sino con el cumplimiento de sus obligaciones públicas.

Por lo mismo, en un año electoral, es esperable que se den a conocer propuestas serias que den forma a una política cultural de avanzada y no simplemente iniciativas asistencialistas para el medio o, lo que sería peor, más pirotecnia mediática y autoridades de la farándula de los cuales el sector ya está cansado.

 

Foto: Teatro La Memoria, Red Salas de Teatro

Fernando Gaspar, es Director del Programa de Políticas Culturales Fundación Chile 21.

 

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